Cuando los niños tienen miedo a los Reyes Magos

Es lógico que sientan miedo cuando aún no han tenido tiempo de familiarizarse con la tradición y con sus personajes

Armando BastidaArmando Bastida4 min de lectura
Cuando los niños tienen miedo a los Reyes Magos

Ya es 4 de enero y, un año más, miles de familias se disponen a salir mañana a las calles ver la cabalgata de sus majestades los Reyes Magos de Oriente.

En los días previos, muchas otras han pasado por el mismo ritual con el Cartero Real, animando a niñas y niños a entregar su carta. Algo muy similar ocurre también con Papá Noel o Santa Claus, una tradición de origen nórdico cada vez más extendida.

Pero… ¿qué pasa cuando, en lugar de ilusión, lo que aparece es miedo?

No es raro ver escenas de familias intentando inmortalizar el momento: el peque sentado en el regazo del Rey Mago, la cámara preparada… y, de pronto, el llanto. O una cara de auténtico pánico. O una expresión de resignación que poco tiene que ver con disfrutar de una experiencia mágica.

Y entonces surgen las dudas: ¿Por qué algunos niños tienen miedo a los Reyes Magos? ¿Estamos haciendo algo mal? ¿Deberíamos insistir o dejarlo pasar?

Miedo a los Reyes Magos

El miedo es una emoción básica y profundamente adaptativa. No está ahí por casualidad. Su función es protegernos de posibles peligros y prepararnos para reaccionar ante ellos. Cuando sentimos miedo, nuestro cuerpo libera una cascada de hormonas que nos colocan en modo alerta, facilitando respuestas como la huida, la parálisis o la defensa.

Gracias al miedo, la especie humana ha sobrevivido durante miles de años. El problema no es sentir miedo, sino invalidarlo o forzarlo cuando aparece en situaciones que, aunque a nosotros no nos parezcan peligrosas, el cerebro infantil vive como amenazantes.

Gracias al miedo, la especie humana ha sobrevivido durante miles de años. El problema no es sentir miedo, sino invalidarlo o forzarlo cuando aparece en situaciones que, aunque a nosotros no nos parezcan peligrosas, el cerebro infantil vive como amenazantes.

Cuando los niños tienen miedo a los Reyes Magos

Durante la infancia, los miedos son normales y esperables. El cerebro de los niños y niñas aún está en desarrollo y no tiene la capacidad de discriminar entre un peligro real y uno imaginado como lo hacemos los adultos.

Un ejemplo clásico es el miedo a la oscuridad. Hoy, dormir en una habitación a oscuras no entraña prácticamente ningún riesgo. Pero durante miles de años, la oscuridad sí suponía un peligro real. Nuestro cerebro conserva esos mecanismos de alerta, y el infantil todavía no sabe “desactivarlos” con lógica adulta.

Pues bien, con los Reyes Magos ocurre algo parecido. Desde el punto de vista de un niño pequeño, estamos hablando de personas desconocidas, con un aspecto poco habitual: barbas largas, coronas, túnicas, capas brillantes… No es algo que vean en su día a día. Y el miedo a los extraños es, además, un mecanismo evolutivo de protección perfectamente descrito en psicología del desarrollo, especialmente intenso durante los primeros años de vida.

A esto se suma una contradicción importante: pasamos mucho tiempo enseñándoles que no deben acercarse ni sentarse con desconocidos… y, de repente, les pedimos que se sienten en el regazo de uno, sonrían y posen para una foto. No es incoherente que se sientan confundidos. Y mucho menos que sientan miedo.

Cómo debemos actuar en estos casos

En la Tribu CSC siempre insistimos en lo mismo: acompañar y validar las emociones.

Forzar nunca ayuda. Si nuestro hijo o hija muestra solo desconfianza, podemos intentar transmitir seguridad desde nuestra propia actitud. Acercarnos nosotros primero, hablar con calma, mostrar que confiamos en la situación. Los niños leen constantemente nuestras reacciones para entender el mundo. Muchas veces, nuestra presencia tranquila es suficiente para que se animen a acercarse, aunque sea poco a poco y con cautela.

Pero si, a pesar de ese acompañamiento, el miedo persiste y las señales son claras —llanto, rigidez corporal, intento de huida—, lo más respetuoso es no insistir. El miedo no se elimina con explicaciones racionales.

Decir “no pasa nada” no hace que el sistema nervioso infantil se calme. Lo que sí ayuda es sentirse comprendido.

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Podemos decirles que entendemos que les asuste, que es normal tener miedo a cosas nuevas, y que no pasa nada por no acercarse. Con el paso del tiempo, la repetición y la familiaridad, ese miedo suele desaparecer de forma natural. A menudo, al año siguiente —o como mucho al otro— la experiencia ya se vive desde un lugar muy distinto.

No merece la pena hacerles pasar un mal rato por una foto. Y mucho menos convertir un recuerdo de la infancia en una escena de angustia.

Será siempre mejor que recuerden unas Navidades en las que sus emociones fueron respetadas, en las que nadie les obligó a ir más rápido de lo que podían, y en las que se sintieron seguros acompañados por su familia.

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