Hay una verdad incómoda que aparece cada diciembre: el consumismo se nos mete en casa por todas partes. Las luces, los catálogos, los anuncios a todas horas… todo parece empujarnos a comprar más, aunque no lo necesitemos. Y nuestros hijos tampoco están a salvo de ese bombardeo; de hecho, son el objetivo perfecto.
En estas semanas, en la Tribu CSC lo hemos hablado mucho: si a las personas adultas ya nos cuesta contener el impulso de comprar, imaginad a un peque que aún no tiene las herramientas para ordenar sus deseos. Claro que quiere pedir cien cosas… ¡acaba de ver trescientas! Bastante hace quedándose “solo” con esas cien.
Por eso, en lugar de luchar contra la marea, podemos acompañarla con sentido común.
Escribir la carta juntos: el primer regalo es la reflexión
Sentarnos con ellos a escribir la carta a Papá Noel o los Reyes Magos es una oportunidad maravillosa para ayudarles a pensar:
¿Esto lo quiero de verdad? ¿O lo he visto en un anuncio y me ha entrado por los ojos? ¿Lo usaré? ¿Me hace ilusión de verdad o lo pido porque todos mis amigos lo han pedido?
No se trata de decirles qué pueden pedir y qué no, sino de guiarles para que ellos mismos descubran qué desean de verdad. Es un ejercicio de autoconocimiento que, curiosamente, en la vida adulta seguimos necesitando.
Por supuesto, cada familia decidirá cuántos regalos son razonables según su realidad y sus valores. Pero acompañarles para que seleccionen lo que ponen en la carta es una manera muy efectiva de que elijan desde la ilusión y no desde el impulso.
¿Cuántos regalos debe recibir un niño en Navidad?
No existe un número mágico. Ni 1, ni 4, ni 10. Existe lo que cada familia considera sensato. Pero sí es cierto que, si queremos huir del consumismo desenfrenado, debemos intentar evitar sobrerregalar a los niños y niñas.
Porque el exceso abruma, resta valor, y hace que muchos juguetes acaben olvidados a los dos días. En psicología del desarrollo se habla desde hace años de que demasiados estímulos reducen la capacidad de concentración y creatividad (algo que asociaciones como Waldorf o Montessori han repetido hasta la saciedad). La famosa regla de los cuatro regalos puede servir como guía, y esta es la naturaleza que deben tener estos cuatro regalos:
- Algo para llevar puesto: ropa, zapatos, complementos...
- Algo para leer: libros en general; cuentos, álbumes ilustrados, cómics...
- Algo que deseen de verdad: algo que realmente tengan muchas ganas de tener.
- Algo que necesiten: una mochila para el cole, un juego de pinceles para sus clases de arte…
No hace falta seguirla al pie de la letra, pero sí puede ayudarnos a equilibrar la carta y a diversificar. Y, sobre todo, a que no todo sea juguetes.
Claves para elegir los regalos de Navidad para niños con sentido
Además de tener en cuenta todo lo anterior, hay algunas claves que podemos tener en cuenta a la hora de elegir los regalos de nuestras hijas e hijos en Navidad y en cualquier época del año:
Que se adecúen a su edad
Las recomendaciones de edad no están ahí por capricho. Cada etapa tiene su forma de jugar, sus intereses, sus habilidades. Adelantar juguetes “para mayores” suele generar frustración y reduce la experiencia de juego.
La evidencia es clara: el juego ajustado a la etapa evolutiva favorece el aprendizaje significativo y la autonomía (UNICEF, AAP).
Que sean seguros
Sobre todo en menores de 3 años: nada de piezas pequeñas (riesgo de atragantamiento), cuerdas largas, bordes cortantes ni materiales dudosos. El juego debe ser exploración, no una situación de riesgo.
Que sean sencillos
Aquí te sale la vena Montessori aunque no quieras: cuanto menos hace el juguete, más hace el niño. Los juguetes que hablan, cantan, bailan y prácticamente juegan solos, dejan poco margen a la imaginación. Y el juego simbólico es oro puro para el desarrollo emocional y cognitivo.
Materiales naturales siempre que se pueda
Madera, telas, metal… son agradables al tacto, resistentes y sostenibles. Además, ofrecen una variedad sensorial más rica y real. No es imprescindible, pero suma mucho.
Que respondan a sus intereses reales
A veces compramos lo que nos gustaría que les gustara. Pero el juego tiene que nacer de la curiosidad del niño, no del deseo adulto. ¿Le encantan los animales? ¿Es de construir? ¿Disfruta pintando durante horas? Ahí está el regalo perfecto. Observar y ser conscientes de cuáles son sus intereses y sus gustos nos ayudará a acertar con los regalos.
Que fomenten el juego cooperativos
Los juegos de mesa cooperativos son un tesoro: ayudan a trabajar en equipo, gestionar frustraciones y celebrar logros compartidos. Y de paso, pasáis un rato juntos. Eso también educa.
Que no sean contrarios a los valores que queremos transmitir
Todo educa: también los juguetes. Si promovemos el respeto, la igualdad o la resolución no violenta de conflictos, tiene sentido evitar juguetes sexistas o violentos. No es moralismo: es coherencia.
Que fomenten el movimiento
Patinetes, bicis, camas elásticas (a partir de los 6 años), juegos de exterior… Regalar movimiento es regalar salud, regulación emocional y bienestar. La actividad física reduce estrés, mejora el sueño y potencia la autoestima (OMS, 2020).
Que no falten los cuentos
Los cuentos son una forma de vínculo, de calma, de aprendizaje y de imaginación. Un buen cuento no caduca. Y deja huella.
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Ten en cuenta el espacio
Esto también es sentido común: nuestras casas no tienen metros infinitos. Antes de comprar algo gigante, conviene preguntarse dónde irá… y si realmente hace falta.
Que sean manipulativos
Tocar, construir, desmontar, unir, doblar, experimentar… En la primera infancia, la manipulación es el método científico del niño. Todo lo que se explore con las manos, se entiende mejor con el cerebro.
Que sean coeducativos
Los juguetes no tienen género. Lo tienen las miradas adultas. Si tu hijo quiere disfrazarse de Elsa, adelante. Si tu hija quiere coches o una diana, también. El juego no entiende de rosa o azul. Entiende de ilusión.
Y lo más importante: que no falte lo que no puede envolverse
Los regalos suman. Pero no sustituyen lo esencial: nuestro tiempo, nuestra presencia, nuestra conexión y nuestro amor. Un juguete puede acompañar un rato. Pero una infancia acompañada por adultos que miran, escuchan y están… eso sí que es un regalo para toda la vida.
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