Este es el último artículo sobre el apasionante tema de
la exterogestación, (si te perdiste los anteriores
aquí puedes leer el primero y
aquí el segundo), y hoy quiero plantearte esta interesante
reflexión:
¿Por qué los humanos somos la única especie que duda sobre su estilo de crianza? ¿Porqué cuando nos convertimos en madres parece que al mismo tiempo nos sacamos el “carné de culpabilidad”?
Vivimos en una sociedad aún muy
patriarcal en la que se nos sigue educando a las mujeres en la idea de que tenemos que “estar para todo el mundo”, cuidar a todos (tanto a nuestros hijos, como a nuestra pareja y a nuestros mayores). Y no sólo eso, tenemos que mantenernos guapas y delgadas, ser capaces de mantener la casa limpia y ordenada y atender a incontables visitas nada más dar a luz, y por supuesto teniendo algo para ofrecerles en casa.
Además, escuchamos opiniones de todas esas visitas que constantemente nos aconsejan sobre la mejor forma de criar a nuestros propios hijos, que a veces incluso sin haberles preguntado
emiten juicios sobre si hacemos las cosas bien o mal, si estamos “perjudicando” a nuestros pequeños por tomarlos mucho en brazos o responder de forma activa a sus necesidades.
Aunque prestemos mayor o menor atención, es cierto que todo hace eco en nuestra mente, en
un periodo además muy sensible como es el
puerperio, y a veces dudamos incluso de nuestro propio instinto y nos planteamos si realmente lo estamos haciendo bien.
Malcriar o “bien criar”
El ser humano siempre ha cargado y amamantado a sus bebés, y de hecho se sigue haciendo en muchas culturas de forma natural. Sin embargo, durante los últimos años se ha extendido en el mundo occidental la creencia de que puede ser algo perjudicial porque los "
malcriamos" y "
se acostumbran" (o se “
embracilan”, como se dice a veces en México).
Muchos bebés pasan la mayor parte de sus días solos en cucos y cochecitos, y sus noches privados del contacto y la presencia de su madre porque en la cultura donde les ha tocado nacer se considera que
“llevarlos demasiado” puede resultar perjudicial, y esta creencia hace mucho daño.
¿Hemos reflexionado a fondo sobre lo que es malcriar? ¿A qué tememos que se acostumbren? ¿Al cariño, al contacto, a sentir cerca a sus cuidadores y desarrollar
un vínculo afectivo adecuado?

Los primeros homínidos aparecieron hace más de seis millones de años y apenas hace 10.000 de la sedentarización. Llevar a los bebés encima es la adaptación a la vida nómada.
El bebé humano espera ir en brazos.
Podemos compararnos con otros mamíferos?
Voy a explicar algunas cosas que espero que ayuden a entender cuáles son las necesidades de los bebés humanos.
Hasta los años 70, los mamíferos se clasificaban de una forma similar a las aves, en función de su tipo de
nidificación.
- Nidífugos: aquellas especies, como las gallinas, que al romper el cascarón abandonan en seguida el nido, se desplazan con el resto de la camada y pican alimento por sus propios medios. Nacen con su sistema nervioso mucho más desarrollado. Son como los adultos, tienen su pelaje, ven, oyen, pueden moverse y regular su temperatura, emitir sonidos.. Su seguridad depende de su capacidad de seguir a su madre y a la manada, porque se mueven en busca de alimento. Gritan si se alejan de su madre, ya que pueden ser depredados.
- Nidícolas: son aquellas especies, como las águilas, que permanecen en el nido. Lo único que pueden hacer prácticamente es piar y abrir el pico para ser alimentados. Necesitan el calor y el alimento de sus progenitores. Esta necesidad de cuidados reduce el número de crías. Nacen en un nivel de desarrollo inferior. No tienen el pelaje adulto, suelen tener ojos y oídos cerrados. No pueden regular su temperatura ni son capaces de desplazarse. Su seguridad depende de su silencio, porque no son capaces de huir por sus propios medios. La leche materna es grasa y sacia mucho, permitiendo a la madre abandonar el nido en busca de comida mientras los cachorros quedan tranquilos.
Los animales llevadores
En los años 70, el biólogo y zoólogo
Bernhard Hassenstein propuso una tercera categoría en la clasificación: aquellos animales que tienen crías que son llevadas por sus madres, (primates y algunos marsupi), que se dividen en dos tipos:
- Portadores activos: se agarran al pelaje de su madre.
- Portadores pasivos: el bebé no se agarra y es la madre la que asume toda la acción de portear.
¿Cómo somos los humanos?
Nos parecemos a los
mamíferos nidífugos: ojos abiertos, piel de adulto, nuestras crías lloran si la madre se ausenta. Pero al igual que los nidícolas, no podemos seguir a nuestra madre ni regular la temperatura, no nacemos desarrollados por completo, nos mantenemos a salvo junto a nuestra madre y, si se aleja, chillamos para avisar.
Se podría decir que somos
nidífugos con un parto muy prematuro, y es por ello que tenemos una
dependencia extrema al nacer.

Pero no; en realidad somos
llevadores pasivos tipo marsupial. Las mamás no tenemos pelo en el que puedan agarrarse nuestros bebés ni tampoco bolsa marsupial, pero sí tenemos brazos para cargar y hoy en día muchísimos
sistemas de porteo ergonómico para mantener a nuestros bebés cerquita de nuestro cuerpo.
En el
primer artículo sobre exterogestación te contaba que debido al
dilema obstétrico los bebés humanos nacen cuando el cerebro se ha desarrollado apenas un 25%.
Si hacemos una comparación con otras crías de simios, observamos
que nacen con un 50% del cerebro del adulto y maduran más rápido que los bebés humanos.
A pesar de ello, las crías de estas especies todavía permanecen en continuo contacto con sus madres durante un período prolongado de tiempo, normalmente hasta que finaliza la lactancia (un promedio de duración de tres años).
Así pues, la naturaleza humana fue diseñada para asegurar un “
continuum” sin interrupción hasta que el peso del bebé se haya al menos duplicado.

¿Recuerdas la pirámide de Maslow que estudiábamos en el colegio? Pues la necesidad de sentirnos queridos y seguros es tan importante como la de comer o dormir, y
mucho más en un bebé que está descubriendo su nuevo mundo fuera del útero.
Si entendemos todos estos conceptos no nos sentiremos culpables de
atender las necesidades de nuestro bebé,
desde el punto de vista de su salud, tanto física como psicológica y emocional, y para ello facilitaremos el contacto necesario con sus cuidadores, especialmente con nosotras las madres, durante todo el tiempo que lo demande, permitiéndonos disfrutar de la experiencia y del afianzamiento del
vínculo afectivo.
Descubre con este seminario cómo la crianza puede afectar a la salud de nuestras/os hijas/os.
¿Qué te ha parecido? ¿Ya tienes claro qué es la exterogestación?
¿Cómo crees que reaccionarás si te vuelven a decir que tomas demasiado en brazos a tu bebé y se te va a acostumbrar?
¡Te leo en los comentarios!