Los trastornos genéticos y neurobiológicos dan forma al
desarrollo de los trastornos alimentarios antes de lo que se creía. Según una
investigación de la Universidad de Yale, han surgido
en niños y niñas de tan solo 9 años, lo que resalta la necesidad de una detección e intervención temprana.
¿Cómo influyen los factores genéticos y neurobiológicos en el desarrollo de trastornos alimentarios en niños?
Los trastornos alimentarios como la
anorexia y la bulimia nerviosa suelen aparecer en la adolescencia. Es cierto que ya otras investigaciones anteriores habían demostrado que estos trastornos tienen
componentes genéticos que se sitúan entre el 40 y el 70%, además de aspectos neurológicos.
Pero en esta nueva investigación, descubrieron que los factores genéticos y neurobiológicos dan forma al desarrollo de los trastornos alimentarios a una edad muy temprana, concretamente a los 9 años. Por ello, los responsables reclaman
realizar pruebas de detección en las escuelas y en los centros de salud, así como una
intervención temprana para evitar problemas de salud mental o enfermedades a largo plazo.

Sin embargo,
las relaciones entre los factores sigue siendo un misterio para los expertos que no llegan a comprenderla por completo. Así lo explica la autora principal del estudio y profesora de la Universidad de Yale,
Margaret Westwater.
"Sabemos que, como muchas otras afecciones de salud mental, las tasas de trastornos alimentarios aumentan en la adolescencia, y eso podría estar relacionado tanto con cambios en la forma en que se desarrolla el cerebro durante este período como con factores genéticos.
Pero no entendemos completamente los mecanismos por los cuales el riesgo genético o la estructura cerebral pueden influir en el riesgo de sufrir trastornos alimentarios, particularmente durante el período crítico de desarrollo de la adolescencia".
Un IMC alto se asocia con síntomas de trastorno alimentario, pero no con ansiedad o depresión en los niños
Para llegar a entender qué factores biológicos podrían entrar en juego en el desarrollo de los trastornos alimentarios, los investigadores utilizaron datos del
Estudio del Desarrollo Cognitivo y Cerebral de los Adolescentes de los Institutos Nacionales de Salud, la investigación a largo plazo más grande sobre el desarrollo cerebral y la salud infantil en los Estados Unidos.
Evaluaron el riesgo genético, la estructura cerebral y los síntomas de los trastornos alimentarios en más de
4.900 adolescentes de entre 9 y 11 años.
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¿Qué encontraron? Que el riesgo genético de
tener un índice de masa corporal (IMC)
alto se asociaba con síntomas de trastorno alimentario, pero
no con síntomas de ansiedad, depresión o trastorno obsesivo-compulsivo. Para Westwater
"fue un poco sorprendente porque hay evidencia en adultos de que el riesgo genético de un IMC alto se asocia con la depresión, pero no encontramos eso entre los niños y adolescentes".
Además, encontraron que los
riesgos genéticos de IMC y anorexia se correlacionaban con
diferentes estructurales cerebrales. Así, un alto riesgo de IMC se asocia con un mayor espesor cortical en ciertas regiones del cerebro y reducciones generalizadas en el área de la superficie cerebral.
Mientras, los
riesgos de anorexia se asocian con un volumen reducido del caudado. El caudado se encuentra en la parte profunda del cerebro y está asociado con el control motor y la cognición de orden superior como el aprendizaje y la toma de decisiones. Según Westwater:
"Sabemos por investigaciones anteriores que probablemente esté sucediendo algo con el caudado en términos de la patogénesis de la anorexia nerviosa. Pero aquí estamos encontrando un vínculo en niños que tienen un mayor riesgo genético de anorexia, pero que no tienen anorexia en sí. Podría sugerir que un volumen caudado reducido podría ser un factor de riesgo para la transición a esta enfermedad".

Además, los investigadores descubrieron que los
síntomas del trastorno alimentario se asociaban con un
mayor espesor de la red cerebral visual y un espesor reducido en una red cerebral que está activa cuando alguien está en un estado de mayor descanso cognitivo y no se concentra en su entorno externo.
"Los pacientes con trastornos alimentarios luchan con pensamientos intrusivos sobre la imagen corporal o la comida. Por lo tanto, podría ser que alguna diferencia subyacente en la estructura de estas redes cerebrales esté contribuyendo a esos síntomas", señala Westwater.
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