Navidad tormentosa: Cuando en vez de un feliz Año Nuevo, despedimos el año con rabietas

Rebajar nuestras expectativas y ser empáticos con los más peques de la casa son puntos imprescindibles para no acabar despidiendo el año con rabietas

Silvia Guijarro4 min de lectura
Navidad tormentosa: Cuando en vez de un feliz Año Nuevo, despedimos el año con rabietas

Nochevieja y Año Nuevo son días especiales. Días en los que se trasnocha, se come a deshoras, se cambian rutinas y se rompe por completo el ritmo habitual de los peques. Y aunque para los adultos eso suele ser sinónimo de celebración, para muchos niños y niñas puede convertirse en un cóctel perfecto para el desbordamiento emocional.

No es que “se porten mal”. Es que su sistema nervioso aún es inmaduro y tiene una capacidad limitada para gestionar el cansancio, la sobreestimulación, el ruido o los cambios constantes. Como explica el neuropsiquiatra infantil Daniel J. Siegel, “cuando un niño se desregula, no necesita corrección, sino conexión”. Y en días como estos, esa conexión es más necesaria que nunca.

Por eso, si queremos despedir el año sin berrinches (o al menos con los mínimos posibles), conviene tener en cuenta algunas claves.

Seis tips para no despedir el año con berrinches

1. Descansar y mantener las rutinas mas importantes

Aunque sea un día especial, el cuerpo del niño no entiende de celebraciones. El sueño sigue siendo una necesidad biológica.

Si sabemos que esa noche se van a acostar más tarde, podemos intentar:

  • Que duerman un poco más por la mañana.
  • Ofrecer una siesta más larga o adelantada.
  • Evitar planes excesivamente estimulantes durante el día.

Un niño con sueño es un niño sin recursos emocionales. Y ahí cualquier pequeña frustración puede convertirse en una explosión.

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La Asociación Española de Pediatría recuerda que la falta de sueño afecta directamente al comportamiento, al estado de ánimo y a la capacidad de autorregulación. No es mala conducta: es cansancio.

Además, dentro de lo posible, es importante mantener aquellas rutinas que les aportan seguridad: el baño, el cuento, el orden habitual antes de dormir… No se trata de hacerlo todo perfecto, sino de ofrecerles anclas en medio del caos.

2. Involucrar a los peques en los preparativos

Los niños y niñas no quieren ser espectadores pasivos. Necesitan sentirse parte de lo que ocurre.

Pueden ayudar a:

  • Poner la mesa.
  • Colocar la decoración.
  • Preparar algún plato sencillo.
  • Elegir servilletas, vasos o adornos.

Esto no solo reduce el aburrimiento, sino que refuerza su autoestima y su sensación de pertenencia. Sentirse útil y tenido en cuenta calma mucho más que cualquier distracción externa.

Además, cuando un niño participa, entiende mejor lo que está pasando. Y lo que se entiende, se tolera mejor.

3. Tener juguetes y materiales a mano

Especialmente si vamos a casa de familiares o amigos, es buena idea llevar:

  • Algún juguete conocido.
  • Cuentos.
  • Papel y pinturas.
  • Juegos tranquilos.

Si hay más niños, mejor aún: los juegos compartidos suelen ser una válvula de escape perfecta.

Y si la celebración es en casa, preparar una pequeña “zona de juego” puede marcar la diferencia. Un espacio donde puedan moverse, jugar y desconectar del ambiente adulto sin estar aislados.

4. Un menú adaptado a ellos

Las comidas especiales suelen ser poco atractivas para los peques: sabores intensos, texturas nuevas, platos muy elaborados…

Si no comen nada, es fácil que lleguen el cansancio, el hambre y la irritabilidad. Por eso, lo ideal es:

  • Ofrecer alguna opción que sepamos que comen bien.
  • No obligarles a probar.
  • Evitar presiones en la mesa.

Y, por supuesto, extremar la precaución con alimentos de riesgo de atragantamiento (uvas enteras, frutos secos, salchichas, etc.), especialmente en momentos de distracción y alboroto.

5. Ojo con el azúcar

El azúcar no es el demonio, pero sí un estimulante potente, sobre todo en grandes cantidades y en un sistema nervioso inmaduro.

Dulces, turrones, refrescos, chocolate… todo suma. Y aunque un día especial permite cierta flexibilidad, conviene hacerlo con cabeza.

Más azúcar + menos sueño + más estímulos = más probabilidad de desregulación emocional.

6. Ser realistas (y compasivos)

Esta es quizá la clave más importante. Un niño no va a estar sentado tres horas sin moverse. No va a comportarse como un adulto. Y no va a disfrutar si está agotado, sobreestimulado o desbordado. Pretender lo contrario solo genera frustración.

La mejor manera de vivir estas fechas es aceptar que habrá momentos caóticos, ruidosos, intensos… y que forman parte de la infancia. Acompañar, validar y sostener es mucho más efectivo que enfadarse o exigir autocontrol donde aún no lo hay.

Porque al final, de lo que se trata, es de crear recuerdos bonitos. De hacer tribu. De mirar a nuestros hijos y entender que están viviendo la Navidad desde su mirada infantil, no desde la nuestra.

Y dentro de unos años, cuando recuerden estas fechas, no recordarán si todo estaba perfecto… sino cómo se sintieron.

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