La educación emocional no es un complemento de la crianza. Es uno de sus pilares fundamentales.
Aprender a reconocer lo que sentimos y a transitar nuestras emociones de forma segura y saludable es imprescindible para cuidar la salud mental a lo largo de la vida. El problema es que muchas personas adultas no recibimos apenas educación emocional. En muchos casos, fue inexistente.
Por eso, para poder acompañar a niñas y niños, primero necesitamos hacer ese aprendizaje personal. No para hacerlo perfecto, sino para poder ofrecer presencia, palabras y calma cuando ellos todavía no las tienen.
En Criar con Sentido Común tenéis un curso sobre regulación emocional que os puede ayudar en este sentido y que podéis ver sin ningún coste adicional si formáis parte de la Tribu CSC. Son muchas las consultas que recibimos cada día en la Tribu que abordan estas cuestiones: cómo acompañar las rabietas o la frustración de los/as peques de la casa, cómo enseñarles a gestionar su rabia…
Son cuestiones que suelen preocuparnos y de las que, si tenemos las herramientas necesarias, podemos ocuparnos y saber cómo enseñar a los niños a gestionar las emociones .

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¿Cuáles son las 10 emociones básicas?
El primer paso es ampliar el vocabulario emocional. No hace falta convertirlo en una enciclopedia interminable, pero sí ayudar a los peques a reconocer y poner nombre a las emociones más habituales.
Cuando un niño sabe lo que le pasa, le resulta mucho más fácil gestionarlo. Cuando son pequeños, podemos empezar por estas 10 emociones básicas:
Alegría
Es lo que sentimos cuando algo nos resulta agradable, nos genera bienestar y ganas de reír, compartir y estar con quienes queremos.
Tristeza
Aparece cuando algo nos duele o nos genera malestar. Puede venir acompañada de ganas del llanto, de la necesidad de estar a solas o de buscar consuelo.
Miedo
Es la emoción que surge cuando percibimos peligro. Nos prepara para huir, protegernos o quedarnos paralizados.

Ira
La sentimos cuando algo nos enfada mucho o nos parece injusto. Puede ir acompañada de impulsos de gritar o golpear, que necesitan ser regulados, no castigados.
Sorpresa
Aparece cuando sucede algo inesperado. Suele generar curiosidad y, muchas veces, una emoción agradable.
Asco
Es la emoción que sentimos ante algo que nos resulta desagradable o repulsivo y nos lleva a rechazarlo.
Frustración
Surge cuando las cosas no salen como esperábamos o queríamos. Es una emoción muy frecuente en la infancia.
Decepción
Es lo que sentimos cuando esperábamos algo de alguna persona o situación en concreto y no se cumplen esas expectativas, provocándonos malestar.

Entusiasmo
Es lo que sentimos ante algo que nos motiva, nos ilusiona o nos despierta admiración.
Culpa
La sentimos cuando reconocemos que hemos cometido un error que ha tenido consecuencias negativas para otros.
¿Cómo enseñar a los niños a reconocer sus emociones?
Si queremos que niñas y niños aprendan a identificar lo que sienten, es imprescindible hablar de emociones en el día a día.
Una de las mejores maneras de hacerlo es nombrar nuestras propias emociones:
“Hoy estoy cansado”.
“Me siento frustrada porque esto no ha salido como esperaba”.
Pero también es fundamental validar las suyas. Ayudarles a poner palabras a lo que sienten y transmitirles que todas las emociones son legítimas, aunque no todas las conductas lo sean.

A veces nos equivocaremos. Pensaremos que están enfadados y en realidad están tristes. O que están decepcionados cuando sienten frustración. No pasa nada. Ese error también forma parte del aprendizaje. Con el tiempo, serán capaces incluso de corregirnos.
Para facilitar este proceso, podemos apoyarnos en:
- Tarjetas o imágenes con expresiones faciales
- Juegos de mesa o cartas sobre emociones
- Cuentos infantiles centrados en educación emocional
Todo lo que ayude a hacer visible lo invisible.
¿Cómo enseñar a gestionar las emociones?
Todas las emociones cumplen una función. Todas son necesarias. El reto no está en sentirlas, sino en qué hacemos con ellas.
Algunas emociones pueden venir acompañadas de conductas que resultan peligrosas o socialmente difíciles. Por eso es importante enseñar estrategias para atravesarlas de forma segura.
Acompañar la ira, la frustración o la culpa no significa permitir cualquier comportamiento, sino ofrecer herramientas: presencia, límites claros, alternativas, tiempo y regulación compartida.

Si observamos que un niño tiene mucha dificultad para gestionar una emoción concreta, o que se queda “enganchado” a ella durante mucho tiempo y esto interfiere en su día a día, pedir ayuda profesional es una buena decisión, no un fracaso.
Educar emocionalmente no es evitar que sientan. Es enseñarles que pueden sentir… y que no están solos cuando lo hacen.
