Se acerca el día de la madre y, como cada año,
El Corte Inglés ha lanzado su campaña publicitaria. Vaya por delante que no tengo ninguna animadversión particular ni contra la cadena en cuestión ni contra la celebración de este día. Asumo, además, que para vender hay que hacer campañas publicitarias y que esta en concreto se habrá hecho con la (buena) intención de
agradecer la labor impagable que realizamos las madres cada día. Eso es lo que parece que han argumentado.
Atrás quedan (o no tan atrás) aquellas campañas en las que los regalos sugeridos para el día de la madre estaban relacionados directamente con las tareas domésticas y nos lanzaban el mensaje, no solo de que
el cuidado del hogar era cosa nuestra, sino de que mientras ellos merecían recibir
relojes, corbatas y tecnología, a nosotras nos tocaba
ser felices con la aspiradora de última generación.
El problema del
machismo es que es estructural y se cuela en cada anuncio, en cada frase, en cada pensamiento... sin darnos cuenta. Durante siglos, en nuestra sociedad, la predominancia del hombre sobre la mujer y de lo masculino sobre lo femenino ha sido la norma. Las personas feministas también tenemos, en mayor o menor medida, actitudes machistas que intentamos desterrar de nuestras vidas. Y por tomar conciencia e intentar cambiar este sistema injusto se nos tacha de exageradas (cuando no de radicales o "feminazis").
Centrándonos en la maternidad
Hasta hace relativamente pocas décadas, era el hombre quien realizaba un trabajo remunerado que mantenía las necesidades de la economía familiar y la mujer quien se encargaba del cuidado de los hijos y las labores domésticas, así como de la organización familiar.
La incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral trajo consigo
la liberación de la mujer, que ya no dependía económicamente del hombre; y junto a la liberación, llegó
la sobrecarga de trabajo que implicaba seguir al frente de los cuidados y las tareas que ya ejercía antes, sumados a la nueva actividad profesional.

Si bien es cierto que en muchas familias hoy en día el reparto de tareas domésticas
se realiza de manera más igualitaria y que cada vez son más los padres que se hacen cargo de la crianza de los hijos, aún sigue recayendo sobre nosotras en casi todas las familias
la carga mental de la organización familiar.
Mientras que nadie admira a una mujer por tener un trabajo remunerado ni le dice a su marido que tiene mucha suerte porque su mujer gana dinero para aportar a la economía familiar, es muy habitual aún escuchar frases de este tipo en el caso contrario: "Tú es que tienes mucha suerte porque tu marido te ayuda en casa" (que ya la palabra ayuda implica que la responsabilidad de la casa es nuestra, como si ellos no vivieran en esa casa). O directamente
se califica de padrazo a cualquier hombre que lleva a los niños un rato al parque o se encarga de bañarlos o hacerles la cena.
De nosotras, sin embargo, se espera que sigamos haciéndonos cargo de los cuidados a tiempo completo, como hacían las generaciones anteriores, que no realizaban trabajos remunerados fuera del hogar; y, al mismo tiempo,
que nos dediquemos al mercado laboral a pleno rendimiento, igual que cualquier hombre o que las mujeres que no son madres.
¿Cómo puede conseguirse esto? Sacándole al día 48 horas sin pedir nada a cambio, como dicen en su spot publicitario. Pero como los días tienen las mismas horas para todas las personas, también para las madres, la realidad es que esto se consigue a base de
restarle horas al sueño, a base de nuestra salud mental y emocional, y a base de
sentirnos culpables por no llegar a todo lo que se espera de nosotras.
Los cambios sociales no se producen en dos días, lo sabemos. Pero
lo último que necesitamos las madres son campañas como esta.
Midiendo a las madres

97% entregada
3% egoísmo
0% quejas
100% MADRE
Esa es la fórmula de la maternidad para quienes han diseñado esta campaña. Porque por lo visto se puede ser madre al 100 % o en menores porcentajes. Y ya sabemos que
nosotras no vamos a ganarnos el título de madrazas por llevar a las niñas un rato al parque. De nosotras se espera que asistamos a las reuniones del colegio, que diseñemos los disfraces más originales, que horneemos las galletas más deliciosas y saludables, que organicemos las fiestas de cumpleaños más divertidas... siempre con amabilidad y ternura; y sin dejar de atender el resto de facetas de nuestra vida, por supuesto.
Porque
las madres debemos entregarnos al 97%. No es que debamos ser cariñosas ni respetuosas, no. Debemos ser
entregadas, porque la entrega implica esa
invisibilización que caracteriza a las madres. Invisibilización del valioso trabajo que realizamos criando, y también
invisibilización de las mujeres que somos y que a menudo quedan ocultas de manera forzosa tras la maternidad.
Pero no contentos con este porcentaje de entrega,
al 3 % restante le llaman egoísmo. No
autocuidado, ni realización personal, ni ocio.... no.
Egoísmo. Porque todas sabemos que esas dos horas que sacamos cada cuatro meses para ir a tomar un café con las amigas lo hacemos
porque somos unas egoístas capaces de desatender a nuestras criaturas por puro placer.
Ellos necesitan desconectar, descansar, hacer deporte, mantener el contacto con sus amigos... pero lo nuestro no son necesidades, queridas madres, lo nuestro es
puro egoísmo, aunque sea en cantidades tan ínfimas como un 3%.
Y el colofón lo pone ese 0 % de quejas. Que no sé si se refieren a que para ser 100 % madre
no tengo derecho a quejarme o a que mi labor como madre
no puede generar ninguna queja en mis hijos. Pues miren,
mis hijos tienen derecho a quejarse de lo que quieran, incluida mi labor maternal, porque no soy perfecta y porque pueden no gustarles mis decisiones.

Y porque tengo claro que a pesar de que la sociedad también espera
que los niños obedezcan sin rechistar, esta madre imperfecta
no les va a negar el derecho al pataleo que a todas las personas nos ampara. Y como a mí también me ampara ese derecho (al menos ese)
yo también me quejo.
Me quejo de esta sobrecarga y esta sobreexigencia que pesa sobre nosotras, las madres. Me quejo de
esta maternidad silenciada que se supone debe ser entregada pero sin que se note en el resto de los ámbitos de mi vida. Me quejo de
no poder conciliar mi vida laboral y familiar sin ser juzgada o perjudicar mi salud. Y me quejo de
campañas publicitarias como la vuestra que ponen otra piedra más en el camino y nos anclan en el tiempo, incidiendo en todas estas exigencias sociales que pesan sobre nuestras vidas. Porque las madres no nos medimos en porcentajes. Somos, simplemente,
madres.