Día Internacional contra el Bullying o el Acoso Escolar: Lo que no se debe hacer si nuestro hijo sufre acoso escolar

Tan importante como saber qué hacer, es saber qué no hacer

Armando BastidaArmando Bastida6 min de lectura
Día Internacional contra el Bullying o el Acoso Escolar: Lo que no se debe hacer si nuestro hijo sufre acoso escolar

Uno de los mayores temores de las familias hoy en día es que su hija o su hijo pueda sufrir acoso escolar. Y no es una preocupación exagerada. Los datos lo confirman: organismos como la UNESCO, la OMS o Save the Children llevan años alertando de que el bullying es un problema frecuente, infradetectado y con un impacto profundo en la salud mental, emocional y social de la infancia y la adolescencia.

El problema es que solo vemos la punta del iceberg. A los medios llegan los casos más extremos, los que terminan en tragedia o los que generan titulares, pero detrás hay miles de niños y niñas víctimas que conviven en silencio con el miedo, la humillación y la sensación de no valer nada.

Y entonces aparecen preguntas inevitables.

¿Y si le pasa a mi hijo? ¿Sabré identificarlo? ¿Haré lo correcto o sin querer empeoraré la situación?

A veces, incluso, se cuelan nuestras propias heridas: recuerdos de burlas, exclusión o violencia que vivimos en la infancia y que hoy resurgen convertidos en angustia. Por eso es tan importante entender bien qué es el acoso escolar y, sobre todo, cómo acompañar sin dañar.

Este es un tema que hay que tomarse muy en serio, por eso en la web de Criar con Sentido Común hemos escrito en otras ocasiones sobre cómo actuar en caso de sospecha de bullying e incluso qué cuentos leer a los más peques para prevenir estas situaciones en el futuro.

Pero hoy quiero detenerme en algo clave: qué no hacer cuando sospechamos que nuestro hijo o hija puede estar sufriendo bullying. Porque tan importante como saber cómo actuar, es evitar respuestas que, aunque nacen del amor, pueden aumentar su dolor.

Cómo no actuar frente al bullying

Aunque lo hagamos con buena intención, o pensando que estamos ofreciendo soluciones, equivocarnos en los procedimientos puede empeorar la situación. Por eso es importante no hacer lo siguiente:

Restarle importancia

El acoso no son "cosas de niños". No es una simple broma ni un conflicto puntual. La investigación en psicología evolutiva y educativa es clara: el bullying implica una dinámica repetida de violencia con desequilibrio de poder, y sus consecuencias pueden ser devastadoras.

Estudios liderados por Dan Olweus, uno de los grandes referentes en el estudio del acoso escolar, muestran que las víctimas presentan mayor riesgo de ansiedad, depresión, somatizaciones, bajo rendimiento académico e ideación suicida.

Cuando un niño se atreve a contar lo que vive, lo último que necesita es oír frases como:

  • “No es para tanto”
  • “Eso nos ha pasado a todos”
  • “Ignóralos y ya se cansarán”

Minimizar su dolor es invalidarlo. Y cuando invalidamos, cerramos la puerta a que vuelva a confiar en nosotros.

No mantener la calma

Es humano sentir rabia, impotencia, tristeza. Pero nuestro hijo no necesita que descarguemos el volcán delante de él. Nos busca porque está asustado, vulnerable, desbordado. Necesita sentir que somos su refugio, no otra fuente de inseguridad.

La evidencia nos dice que un adulto que transmite serenidad regula el sistema nervioso del niño. La seguridad no se predica, se encarna, se muestra. Debemos ser el espejo sobre el que queremos que nuestros hijos se reflejen. Que ellos se acerquen a nuestro modo de solucionar los problemas, y no al revés.

Podemos estar enfadados, por supuesto. Pero primero acompañamos. Primero sostenemos. Y luego actuamos.

No creerle

Puede que algunos detalles no sean exactos, que su relato esté teñido por la emoción o la confusión. Pero una cosa es matizar y otra muy distinta poner en duda su vivencia.

No creerle es devastador. Le refuerza la idea de que está solo, que exagera, que molesta, que es un problema. Que sus percepciones son incorrectas o inadecuadas.

Lo adecuado no es interrogarle como si estuviéramos en un juicio, sino escuchar, recoger, validar y exigir al centro educativo que investigue activando el protocolo de acoso correspondiente.

Si después se determina que no hay acoso, se trabajará desde otro enfoque. Pero dudar de entrada rompe la alianza más importante: la que tiene contigo.

Culpabilizarle

"¿Por qué no te defiendes?" "Algo habrás hecho" "¿Por qué dejas que te traten así" "Si fuera yo no se metían conmigo en su vida".

Estas frases no ayudan. Duelen. Y mucho.

La evidencia en trauma infantil muestra que la culpabilización incrementa la vergüenza y el aislamiento, dos emociones que perpetúan el silencio y cronifican el daño.

El acoso no ocurre porque la víctima sea débil. Ocurre porque alguien ejerce poder desde la violencia. Punto.

Aconsejarle que se defienda

El bullying no es un duelo entre iguales. Hay una relación de dominio, miedo y sometimiento. Pedirle que se defienda solo añade presión y sensación de fracaso.

El mensaje que recibe es: “Si no paras esto, es porque no puedes o no quieres”. Y eso es injusto.

La responsabilidad de frenar el acoso es de los adultos y de la comunidad educativa, no del niño que lo sufre. Es más, si está en inferioridad o minoría, defenderse puede hacer que aún le hagan más daño, y sienta que tus consejos le ponen en mayor peligro.

Mirar hacia otro lado o retrasar la intervención

El acoso raramente es puntual. Cuando se detecta, suele llevar tiempo ocurriendo. La investigación muestra que cuanto antes se interviene, menores son las consecuencias emocionales. Esperar para ver si se soluciona solo, o por tratar de verificar si sucede o no, si es grave o no, solo cronifica el sufrimiento.

Aunque no todo conflicto es bullying, toda sospecha merece atención inmediata, escucha y seguimiento.

Cambiarle de clase o de centro como primera opción

Sacarlo del entorno sin abordar la raíz no soluciona el problema, solo lo desplaza. Además, puede reforzar la idea de que quien debe marcharse es él.

Es cierto que, en situaciones graves donde el centro no responde o el daño persiste, cambiar de colegio puede ser una medida de protección urgente. Pero debería ser la última opción, no la primera.

Lo que sí necesita tu hijo o hija

Aunque este texto se centre en qué no hacer, hay algo que madres y padres debemos tener siempre en cuenta: Tu hijo/a necesita sentir que no está solo. Que le crees. Que su dolor importa. Que hay adultos que van a protegerle.

Porque cuando un niño se siente sostenido, comprendido y validado, su capacidad de resiliencia crece, su autoestima se repara y su herida empieza a cicatrizar. Necesita sentirse seguro para sanar y fortalecerse. Desde la soledad y los sentimientos de injusticia y desprotección es casi imposible que logre estar bien.

Un mensaje importante

El bullying no es un problema menor. Es una forma de violencia que deja huella. Y, como cualquier herida, cuanto antes se atiende, mejor se cura.

Si no sabes cómo actuar, pedir ayuda no es un signo de debilidad. Es una forma de amor. Profesionales formados, psicólogos infantiles, orientadores escolares o equipos especializados pueden guiarte y acompañarte en este proceso.

Y si estás leyendo esto con un nudo en el estómago, pensando en tu hijo, quiero decirte algo claro: estar preocupado ya habla de tu implicación. De que tu responsabilidad te lleva a pensar cómo abordar este problema si se está dando, o si un día se diera.

Y eso, créeme, ya es un enorme acto de protección.