Periodo de adaptación: Cuando en vez de ayudar a que quieran ir al cole ayuda a romper vínculos con sus padres

Cuando por llevarle/a al cole siente(s) que le/a estás traicionando

Armando BastidaArmando Bastida8 min de lectura
Periodo de adaptación: Cuando en vez de ayudar a que quieran ir al cole ayuda a romper vínculos con sus padres
El tema del periodo de adaptación es uno de los que más me preocupa y sorprende porque pasan los años y no veo apenas mejoría en los centros escolares. No puedo generalizar, porque sí hay escuelas infantiles que hacen periodos de adaptación extensos y flexibles (porque entran peques y tienen más empatía), y también algunos colegios, pero este año ha vuelto a pasar en cientos de centros de nuestro país: miles de niños han sufrido y llorado (y muchos siguen haciéndolo) sin necesidad. Lo que conocemos como periodo de adaptación se ha convertido un año más en un proceso que en vez de ayudar a que quieran ir al colegio, les obliga a resignarse a ir, a entrar llorando, a que pidan a sus padres que no los lleven y a que se empiecen a romper vínculos entre ellos. Por supuesto no sucede con todos los niños/as. Algunos entran bien desde el primer día y se podría decir que ni siquiera necesitarían periodo de adaptación; otros entran bien y cada día van un poco peor, cuando van viendo que eso de ir al cole se repite un día tras otro; y otros sufren desde el primer día.     En el segundo y tercer caso, y por extensión, también en el primero (porque nadie sabe cómo va a reaccionar una niña al empezar el cole hasta el día que la llevas), el periodo de adaptación es muy necesario, pero obviamente tiene que estar bien pensado para que con él se logre un objetivo muy claro: que niños y niñas quieran ir al cole cada día, o como mínimo que entiendan que es un lugar seguro en el que le van a tratar bien.

Centros con un periodo de adaptación que no cumple su misión

En realidad son mayoría. El primer día van un rato por la mañana o por la tarde, con pocos niños y niñas. El segundo día van otro rato en otro horario. El tercero, otro rato. Y el cuarto día ya van el día completo:
—Perdona, pero es que mi hijo tras estos tres días llora igual, y no quiere entrar —dicen muchas madres y padres. —Pues lo siento, pero el periodo de adaptación eran esos tres días.
Es decir, que si en esos tres días el niño ha aprendido que los niños, la clase y la persona docente son de confianza, y quiere ir al cuarto y quinto días, estupendo. Si por contra no quiere ir, pues es lo que hay (ya digo... no siempre es así, pero sí en muchos casos). Ya se adaptará... o ya se resignará. El periodo ya ha acabado. Esto, obviamente, no es un periodo de adaptación porque no es suficiente ni útil para que los niños se adapten.   Periodo de adaptación y vínculo con los progenitores   Y ojo, que aún podría ser peor: en muchos centros no se hace ni eso, o bien porque son los mismos padres y madres quienes solicitan que no se haga por los problemas de horario que les acarrea, o bien porque, como en Cádiz, se decide que solo se hará si un niño/a lo necesita, y previo informe del Consejo Escolar:
En la práctica, las familias en las que trabajan ambos progenitores se veían abocadas a días de locura para conciliar con el empleo, ya que este periodo no estaba recogido en ningún convenio laboral ni en nada parecido.
Vamos, que en vez de poner facilidades a nivel laboral para que madres y/o padres puedan acompañar a sus hijos en un proceso tan importante y complejo, lo quitan. ¿Y por qué? Porque nadie se ha parado a tratar de comprender qué es lo que sucede cuando niños y niñas, de repente, se separan de su contexto de referencia (se separan de su madre, sus madres, su padre, sus padres, el entorno que conocen, las dinámicas que están acostumbrados a llevar cada día, sus juguetes, sus horarios... de TODO), y en consecuencia no se le está dando a este proceso la importancia que merece.
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Y los vínculos empiezan a erosionarse

Los padres sufriendo porque querríamos verles entrar bien, pero lo hacen llorando, algunos días suplicando volver a casa, y muchos luchando por no quedarse ahí. Sabemos que tienen que ir, porque es lo que hacen todos los niños (aunque como sabréis no hay ningún tipo de obligación hasta los 6 años), o porque no tenemos otra opción al trabajar los dos, pero tampoco queremos que sufran. Y ellos sienten que no les escuchas, que te lo están haciendo saber por activa y por pasiva, llorando, tirándose al suelo y agarrándose al marco de la puerta para no repetir un día más "en soledad". Al día siguiente, al despertar, quizás te pregunte que para qué la/o despiertas. Y solo oír la palabra "cole" será suficiente para que empiece a llorar y a negarse a vestirse. Probarás con canciones, con promesas de todo lo que haréis cuando estéis juntas/os de nuevo, con paciencia y amabilidad, con mayor o menor suerte... hasta que algún día pierdas la paciencia y te veas forcejeando, hablándole con los dientes apretados, sacando lo peor de ti, al ver que llevas más de 20 minutos para ponerle tres prendas de ropa.   adaptación   Y cuando lo hayas conseguido, y le estés preparando el desayuno, te darás cuenta de que habría sido mejor hacerlo al final, porque te la encontrarás desnuda, aún llorando y huyendo de ti. Una secuencia que de ese o de otro modo se repetirá un día tras otro, añadiendo cada vez más tensión hasta el punto de llegar a ser enfermizo: que cada vez que salís de casa pregunta dónde vais, aunque sea fin de semana, que cuando estáis en casa está irritable y todo le molesta, que ha vuelto a hacerse pipí encima, que te grita y a todo te dice que no... y que, en resumen, esa ya no es tu hija. Porque se siente traicionada y porque tú sientes que la estás traicionando. Y todo ello sin necesidad, por llevarla a un sitio al que debería ir contenta porque se va a aprender y a jugar. ¿Y por qué? Por lo que ya he mencionado: porque no se tiene empatía hacia los niños y no se contempla el sufrimiento que puedan vivir al separarlos de sus padres de cuajo.
—¿Y si entro un ratito con ella y así lo lleva mejor? —No puede ser. El resto de niños no entenderán por qué sus padres no entran. Además, cuando te vas deja de llorar. Es solo este rato porque estás tú. —Ya, pero es que cada día es peor, y empieza a estar insoportable. —Te entiendo, pero es que no podemos hacer más. Luego no está tan mal. Y todos acaban adaptándose.
  Cómo acompañar a nuestros hijos durante el periodo de adaptación  

Los niños deberían decidir si ir o no al colegio

En una sociedad con permisos que alcanzan hasta las 16 semanas, que se olvida de que en la semana 17 el bebé sigue siendo bebé; en una sociedad que considera que el periodo de adaptación es un follón porque los padres tienen que trabajar y no tienen días para estar pendientes de ese tiempo; en una sociedad que piensa que es normal que lloren y sufran (ojo, es normal... lo que no es normal es que no hagamos nada al respecto), parece una locura decir que los niños deberían poder decidir si quieren ir o no al colegio. Y sin embargo, tiene todo el sentido del mundo. El colegio es el lugar al que los niños van a aprender porque quieren jugar y aprender. Y para que quieran ir, las escuelas tienen que conseguir que los niños se lo pasen bien, que se sientan queridos y respetados, que se sientan parte del grupo, que estén motivados para ir, con ilusión de entrar y ver de nuevo a sus compañeros y al docente... si no es ese sitio, entonces no es más que el lugar al que hay que ir, te guste o no.
Ayuda a tus hijos-as a desarrollar sus habilidades sociales trabajándolas en casa con la ayuda del Seminario Online "Cómo trabajar sus habilidades sociales en casa"   Para aprender algo lo primero es querer aprenderlo. Para ir al colegio contento, ese lugar en el que van a pasar toda su infancia, tienen que sentir que es un lugar agradable, tienen que sentirlo "un poco suyo", tienen que tener cierta confianza con la educadora y, por supuesto, con el resto de niños y niñas. Y eso no siempre se consigue en tres días, sino en un proceso que puede ser un poco más largo, y que por supuesto no empieza con una hora sin mamá ni papá, sino en compañía de uno de ellos, para poco a poco, al empezar a ver el potencial de ese nuevo lugar, irse despegando. Conocer el lugar, conocer a los niños y darse cuenta de que el docente es una persona amable que no le fuerza a hacer nada, que le escucha, que le respeta y que le ayuda si le necesita. Y que "oye, sería genial si estuvieran mamá y/o papá, pero esta persona parece bastante maja también, y este sitio es más chulo de lo que yo pensaba".