¿Es malo usar pantallas para calmar a un niño? Depende.

La Universidad Estatal de Ohio analizó ha descubierto que no existe una solución única para todos.

Redacción CSC9 min de lectura
¿Es malo usar pantallas para calmar a un niño? Depende.

Usar pantallas para calmar a los niños puede funcionar puntualmente, pero si se convierte en la estrategia habitual puede dificultar la autorregulación emocional. Te contamos qué dice la ciencia.

Usar pantallas para calmar a los niños: cuándo ayuda y cuándo puede convertirse en un problema

Estás en el supermercado, tu hijo está cansado, empieza a llorar, tú tienes prisa, hay gente mirando y todavía queda media compra por hacer. Sacas el móvil, pones un vídeo y, de pronto, todo se calma.

¿Está mal?

No necesariamente.

Ocurre con sueño, prisas, trabajo, cansancio, compra, comidas, llamadas, hermanos, rabietas, dolores de cabeza y días en los que no llegas a todo.

Por eso, hablar de pantallas para calmar a los niños exige prudencia. No se trata de culpabilizar a madres y padres por usar una pantalla en un momento difícil. Pero tampoco conviene ignorar lo que la investigación empieza a mostrar: cuando el móvil o la tablet se convierten en la herramienta principal para regular cualquier emoción intensa, el niño puede tener menos oportunidades de practicar otras estrategias de calma.

Un nuevo estudio de la Ohio State University, publicado en el Journal of Communication, analizó precisamente esta cuestión: cómo se relaciona el uso de pantallas para calmar a niños pequeños con el desarrollo de sus funciones ejecutivas, especialmente la flexibilidad cognitiva y el control inhibitorio.

Qué significa usar pantallas para regular emociones

Los investigadores llaman a este patrón media emotion regulation, es decir, usar tecnología para ayudar a manejar emociones difíciles: enfado, frustración, aburrimiento, tristeza, cansancio o desbordamiento.

No hablamos de poner una película una tarde de lluvia. Hablamos de usar el móvil, la tablet o los dibujos como recurso para cortar una emoción:

“Está llorando, le pongo un vídeo”.
“Se enfada, le doy la tablet”.
“No tolera esperar, le dejo el móvil”.
“Si no hay pantalla, explota”.

El estudio no plantea una respuesta simple de "pantallas sí" o "pantallas no". De hecho, una de sus conclusiones principales es que no todos los niños siguen el mismo patrón. La relación entre pantallas, regulación emocional y desarrollo cognitivo puede variar según el niño y el contexto familiar.

Las funciones ejecutivas: por qué importan tanto

El estudio se centró en dos habilidades clave:

  • Flexibilidad cognitiva, que permite adaptarse a cambios, cambiar de estrategia, resolver problemas y ver una situación desde más de un punto de vista.
  • Control inhibitorio, que ayuda a frenar impulsos, esperar, pensar antes de actuar y elegir una respuesta en lugar de reaccionar automáticamente.

Estas habilidades forman parte de las funciones ejecutivas, fundamentales para la conducta, el aprendizaje, las relaciones sociales y la regulación emocional. El artículo explica que estas capacidades son especialmente sensibles al entorno durante los primeros años.

Dicho de forma sencilla: un niño no nace sabiendo calmarse. Aprende poco a poco, con la maduración del cerebro y con la ayuda de adultos que primero regulan con él para que, con el tiempo, pueda regularse mejor por sí mismo.

El círculo que puede formarse con las pantallas

El estudio utilizó datos de Project M.E.D.I.A., un proyecto longitudinal de la Brigham Young University que siguió a niños desde los 2 años y medio hasta los 7 años y medio. Los investigadores analizaron si las pantallas usadas para calmar influían en las funciones ejecutivas, si las funciones ejecutivas del niño hacían que los padres recurrieran más a pantallas, o si ambas cosas se retroalimentaban.

En la mayoría de los niños apareció un patrón circular:

  • si el niño era más difícil de calmar, los padres tendían a usar más pantallas;
  • ese uso podía influir en el desarrollo de funciones ejecutivas;
  • y esas funciones ejecutivas, a su vez, influían en la frecuencia con la que se usaban pantallas para calmar.

Esto es importante porque cambia el enfoque. No se trata de decir: "los padres lo hacen mal". Se trata de entender que hay un bucle: los niños influyen en la crianza y la crianza influye en el desarrollo.

Por qué puede ser un problema si se convierte en la única estrategia

Una pantalla puede calmar rápido porque distrae, absorbe la atención y reduce el conflicto en ese momento. Pero regular una emoción no es lo mismo que apagarla.

Cuando un niño siempre recibe una pantalla ante el aburrimiento, el enfado o la frustración, puede practicar menos otras habilidades:

  • esperar;
  • respirar;
  • pedir ayuda;
  • poner palabras;
  • tolerar el malestar;
  • buscar una alternativa;
  • aburrirse un poco;
  • recibir consuelo;
  • resolver un pequeño problema.

Un estudio publicado en JAMA Pediatrics ya había encontrado que el uso frecuente de dispositivos móviles para calmar a niños de 3 a 5 años se asociaba con mayor reactividad emocional y más dificultades de regulación, especialmente en niños con temperamento más impulsivo o intenso.

La American Academy of Pediatrics también advierte que, aunque las pantallas pueden ser útiles en momentos concretos —por ejemplo, procedimientos médicos o viajes—, usarlas habitualmente como estrategia para calmar puede dificultar el establecimiento de límites y el aprendizaje de regulación emocional.

No todos los niños tienen el mismo riesgo

Este punto es clave. El estudio de Ohio State encontró que algunos grupos de niños no seguían exactamente el mismo patrón general. En uno de esos grupos, alrededor del 7%, el uso de pantallas parecía influir en cómo se desarrollaban las habilidades cognitivas, pero las habilidades del niño no predecían cuánto recurrían los padres a las pantallas. Lo que destacaba en esas familias era una mayor probabilidad de que los padres informaran de síntomas de depresión.

Esto es muy importante desde una perspectiva de crianza con sentido común. A veces una pantalla no aparece porque los padres "pasen" del niño. Aparece porque el adulto no puede más.

Porque está solo, porque está deprimido, porque no tiene red, porque no tiene recursos emocionales disponibles, porque necesita terminar una tarea básica... La investigadora Jane Shawcroft lo resume de una forma muy valiosa: apoyar la salud mental de los padres también es una forma de ayudarles a usar mejor la tecnología con sus hijos.

Entonces, ¿nunca deberíamos usar pantallas para calmar?

No hace falta irse al extremo. Hay situaciones en las que una pantalla puede ser una herramienta puntual:

  • un viaje largo;
  • una sala de espera complicada;
  • un procedimiento médico;
  • un día de mucho agotamiento;
  • una situación excepcional en la que el adulto necesita resolver algo urgente;
  • un momento en el que otras estrategias no han funcionado.

El problema no es el uso puntual, sino que se convierta en el recurso automático para cualquier emoción difícil.

Una buena pregunta sería:

¿Mi hijo está aprendiendo otras formas de calmarse o casi siempre necesita una pantalla para poder hacerlo?

Alternativas realistas para calmar sin pantalla

No todas las alternativas funcionarán con todos los niños ni en todos los momentos. Pero conviene tener un pequeño "menú" de recursos.

Para niños pequeños:

  • un objeto de apego;
  • un cuento pequeño;
  • una botella sensorial;
  • un muñeco;
  • un snack adecuado si hay hambre;
  • agua;
  • un paseo breve;
  • cogerlo en brazos;
  • nombrar lo que pasa: "te enfada esperar";
  • cantar una canción repetitiva;
  • jugar a buscar colores en el entorno;
  • dar una tarea sencilla: "ayúdame a poner esto en la cesta".

Para niños más mayores:

  • respirar juntos;
  • salir un momento del lugar;
  • hacer una pausa;
  • dibujar lo que siente;
  • escuchar música;
  • apretar una pelota antiestrés;
  • contar hasta 20;
  • anticipar cuánto falta;
  • ofrecer dos opciones razonables;
  • hablar después, cuando baje la intensidad.

Lo importante no es tener una técnica perfecta. Es que el niño vaya descubriendo que hay varias formas de atravesar una emoción.

Si usamos pantalla, mejor con intención

A veces la vas a usar. Y no pasa nada. Pero puede ayudar hacerlo de forma más consciente:

  • decir cuánto tiempo será;
  • elegir contenido adecuado;
  • evitar vídeos infinitos de reproducción automática;
  • no usarla como premio o castigo emocional;
  • retirarla con aviso;
  • acompañarla cuando sea posible;
  • no convertir cada espera en pantalla;
  • y no ponerla justo antes de dormir si altera el sueño.

La AAP recomienda que las familias no se centren solo en contar minutos, sino en revisar contenido, contexto, acompañamiento adulto y qué actividades están siendo desplazadas por las pantallas.

La pregunta no es solo “pantallas sí o no”

Este estudio deja un mensaje más amplio: la conversación sobre infancia y tecnología no debería reducirse a culpar a las familias. La investigadora recuerda que los niños con más riesgo de uso problemático de pantallas también necesitan más apoyo comunitario, más recursos y menos aislamiento familiar.

Porque para que un niño aprenda a regularse necesita adultos regulados. Y para que un adulto pueda regular, necesita descanso, salud mental, tiempo, red y apoyo.

Si una madre o un padre está sobrepasado, una pantalla puede ser el único recurso disponible en ese momento. Pero quizá la solución no es decirle "no uses pantallas", sino preguntarnos qué apoyos faltan para que no tenga que usarlas siempre.

Qué mensaje deberían llevarse las familias

Usar una pantalla para calmar a un niño alguna vez no te convierte en mal padre o mala madre, pero si la pantalla se convierte en el calmante principal, conviene revisar la rutina. No desde la culpa, sino desde la oportunidad. Podemos empezar por cambios pequeños:

  • una espera al día sin pantalla;
  • un recurso alternativo en la mochila;
  • un límite claro antes de encender;
  • más juego al aire libre;
  • más descanso;
  • más acompañamiento emocional;
  • menos reproducción automática;
  • más presencia adulta cuando sea posible.

El objetivo no es criar niños sin pantallas en un mundo lleno de pantallas, sino que las pantallas no sustituyan sistemáticamente a la relación, al juego, al aburrimiento, al consuelo y al aprendizaje emocional.

La regulación emocional se aprende con alguien

Los niños necesitan aprender a calmarse, sí. Pero no lo aprenden solos. Lo aprenden cuando un adulto les sostiene, les nombra lo que sienten, les ayuda a esperar, les acompaña en la frustración y les ofrece alternativas.

Una pantalla puede apagar el ruido durante un rato, pero no siempre enseña qué hacer con la emoción. Por eso, más que preguntarnos si usar pantallas para calmar es "bueno" o "malo", quizá deberíamos preguntarnos:

¿qué está aprendiendo mi hijo sobre cómo manejar lo que siente?

Y también:

¿qué necesito yo para poder acompañarle mejor sin tener que recurrir siempre al móvil?

Porque cuidar la relación de los niños con la tecnología empieza, muchas veces, cuidando también a quienes los cuidan.

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