En la crianza cotidiana hay escenas que se repiten sin que nos demos cuenta. Escenas que parecen inocentes, que forman parte de la vida social… pero que, sin pretenderlo, pueden dejar huella en nuestros hijos. Y no una huella cualquiera: una huella en cómo se ven a sí mismos.
Porque los niños construyen su autoestima, su identidad y su autoconcepto mirando cómo les miramos. Pero también escuchando cómo hablamos de ellos. Lo que decimos —y lo que dejamos de decir— cuenta. Mucho más de lo que imaginamos.
Y para explicarlo, basta con recordar situaciones muy frecuentes.
Cuando hablamos de ellos sin darnos cuenta
Sin darnos cuenta de que, si alguien hiciera lo mismo con nosotros, nos molestaría mucho.
En la cola del supermercado:
—“¡Qué niña más linda! Tiene carita de buena”
—“Sí, pues lleva una mañanita que me tiene frita”.
Con los abuelos:
—“Abuela, ¿sabes que a Jorge lo han castigado hoy en el cole? Venga, cuéntale, dile a la abuela lo que has hecho”.
Con la vecina:
—“Sí, esta es la mayor, que es súper responsable. Y este, el pequeño. Di hola, Aitor. Es un trasto".
No hay nada malo en compartir dudas de crianza o anécdotas del día a día. Lo problemático es hacerlo delante de ellos como si no estuvieran, como si fueran invisibles, o peor: como si sus emociones no importaran.
Y es que hay algo que la psicología lleva décadas recordándonos: Los niños construyen su autoimagen en buena parte a partir de lo que escuchan de sus figuras de referencia (Bandura, Bowlby, Coopersmith). Por eso, conviene tenerlo en cuenta.
No hables mal de mí delante de los demás
Porque duele. Y porque es humillante. Para entenderlo, basta imaginar la misma escena con adultos. ¿Quién ridiculiza a su pareja delante de una cajera, de un amigo o del camarero? ¿Quién cuenta intimidades de su compañero de vida mientras él o ella está delante?
Si ocurriera, ¿cómo nos sentiríamos? Humillados, ninguneados, expuestos. Pues nuestros hijos sienten lo mismo.
Si un niño ha cometido un error —algo natural, porque están aprendiendo— lo importante es acompañar y buscar soluciones, no exponerlo públicamente. Y si estamos enfadados, es legítimo, claro que sí, estarlo. Pero esa conversación pertenece a la intimidad familiar, a un espacio seguro donde puede haber llanto, reparación y comprensión. Intenta buscar un sitio apartado en el que poder expresarlo sin que se sienta expuesto.
Además, hay algo más grave: las etiquetas calan. Si un niño escucha repetidamente “es un desastre”, “es muy vago”, “es un llorón”… acaba haciéndolo suyo. Y la evidencia es clara: los niños tienden a comportarse según las expectativas que sienten sobre ellos. Se conoce como "el efecto Pigmalión".
No cuentes anécdotas “graciosas” si a mí no me hacen gracia
Los niños dicen cosas maravillosas, inesperadas, inocentes. Cosas que nos hacen reír. Y compartirlas con otros puede ser natural.
Pero a veces el niño dice: “No te rías de mí". O incluso: “No lo cuentes”. Y ahí tenemos la señal más clara: le incomoda.
Si es algo que forma parte de su intimidad, respetemos su derecho a que no se comparta. Pongámonos en su piel: imagina que te caes en la calle y tu pareja lo cuenta una y otra vez, aunque tú le pidas lo contrario. ¿Te haría gracia? ¿O sentirías que no te respetan?
Con los niños pasa lo mismo. Si no quieren que lo contemos, no lo contemos. O al menos, no lo hagamos cuando estén delante.
No te pases presumiendo: las etiquetas positivas también pesan
Y si hablamos bien de ellos… ¿tampoco?
Sí podemos, por supuesto. Pero cuidado con convertir cada halago en una etiqueta. Decir constantemente “es el mejor”, “es súper listo”, “saca siempre sobresalientes” puede generar una presión enorme.
El niño siente que debe estar a la altura de nuestras expectativas, no de las suyas. Los estudios sobre motivación infantil (Deci y Ryan, teoría de la autodeterminación) demuestran que cuando un niño depende demasiado del elogio externo, pierde autonomía, iniciativa y capacidad para tolerar la frustración.
Un dulce emocional de vez en cuando está bien. Pero no los convirtamos en diabéticos emocionales, dependientes del reconocimiento constante. Dicho de otro modo: que su motor no sea complacernos, sino crecer, aprender y sentirse orgullosos de sí mismos.

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No hables de mí como si yo no estuviera
Es muy habitual. Demasiado habitual. Hablamos del niño con la profesora, con la abuela, con la vecina… y él está ahí, escuchando todo, sin saber si debe opinar, callar o desaparecer. Es un papel incómodo y desconcertante.
En cualquier otra relación sería muy extraño. ¿Te imaginas hablándole a una amiga sobre ella misma, como si no estuviera delante? “Estoy preocupada por María, está muy rara últimamente…”
Mientras María te mira, sin saber qué hacer. O diciendo "¿Hola? ¡Que estoy aquí!".
Pues eso es lo que a veces hacemos con los niños. Es mejor involucrarlos: “Cariño, le estaba contando a la tita que no sabes si apuntarte a fútbol o a baloncesto. ¿Verdad que te gustan los dos?”. Así convertimos la conversación en una oportunidad de conexión, no de exclusión. E incluso en un diálogo a tres.
Habla conmigo, no de mí
En resumen, no se trata de dejar de hablar de nuestros hijos. Eso es imposible. Y, además, no tendría sentido: son parte esencial de nuestra vida. Se trata de hacerlo con respeto, con sensibilidad y con conciencia.
- Hablemos con ellos antes que de ellos.
- Tengamos en cuenta cómo se sienten cuando los mencionamos.
- Respetemos su intimidad, incluso cuando todavía son pequeños.
- Cuidemos la imagen que construyen de sí mismos, que empieza en nuestras palabras.
Porque no vamos a dejar de hablar de ellos… pero qué valioso es no perder la oportunidad de hablar con ellos.
