Ya hemos hablado en alguna ocasión sobre los progenitores que manipulan a sus hijos
inculcándoles el sentimiento de deuda. Hoy vamos a girar el foco de atención hacia el patrón contrario:
cómo son los hijos adultos manipuladores.
¿Cómo se convierte un niño en un adulto manipulador?
Como ya podréis imaginar, una persona
no se convierte de la noche a la mañana en un adulto manipulador. Por eso
es importante que les observemos desde pequeños y sepamos
detectar los intentos de manipulación.
Por supuesto, antes de ahondar en el tema, vamos a asumir que todos en algún momento de nuestra vida, consciente o inconscientemente, hemos podido utilizar la manipulación para conseguir algo. El problema es que,
cuando se convierte en un hábito, aparece la tendencia al victimismo y a fomentar el sentimiento de culpa en el otro.
¿Qué es un hijo manipulador?
Al principio, cuando los niños y niñas son pequeños, los
intentos de manipulación y chantaje emocional son burdos e inocentes. Comentarios como
“si no me compras eso, no te quiero”, “si nos quedamos en el parque, te doy un beso” o
“si no llevo todos los juguetes, no voy a casa de los abuelos” son frecuentes
en momentos de enfado o cuando quieren conseguir algo.

Si observamos este tipo de comentarios de manera frecuente,
es importante que hablemos con ellos para delimitar si estamos ante una necesidad no cubierta, ante una situación en la que se sienten inseguros o ante una excusa cuando no quieren hacer algo, pero tampoco quieren decepcionar.
A menudo,
este tipo de patrones se consolidan porque el niño o la niña ve que funcionan y, de esta forma, se convierten en adultos manipuladores.
El hijo adulto manipulador
ha crecido sin límites claros bien por haber sufrido abandono y posterior compensación en forma de permisividad, bien por haber sido
sobreprotegido durante la infancia. Así,
se convierten en adultos con dificultades para gestionar la frustración y sin capacidad para responsabilizarse de su propia vida.
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Sin embargo, la responsabilidad de llegar a este punto es de las dos partes, padres e hijos, puesto que
el problema se origina en el tipo de vínculo y en los
patrones de conducta que han sido consentidos a lo largo de los años. Veamos ahora cómo actúan los hijos adultos manipuladores con sus padres.
¿Cómo son los hijos manipuladores?
Los hijos adolescentes manipuladores ahogan emocionalmente a sus padres llegando incluso a manifestar conductas autodestructivas para conseguir lo que quieren.
Se victimizan, chantajean y distorsionan la realidad para aprovecharse de unos padres abnegados.
En los casos más severos, los hijos adultos manipuladores pueden llegar a
amenazar con autolesionarse para obtener la atención de los padres y conseguir sus deseos.
La
distorsión de la realidad se manifiesta a menudo
tergiversando conversaciones en favor de lo que quieren lograr.

En cuestiones prácticas, por ejemplo,
no se hacen responsables de asuntos como el dinero: piden dinero que no devuelven o exigen que se les dé. En este sentido, los padres pueden llegar a endeudarse o buscar un segundo trabajo para atender las exigencias del hijo.
También pueden aparecer las
faltas de respeto (portazos, gritos…) a las que los progenitores terminan acostumbrándose.
Al
considerar que la responsabilidad de sus vidas es de los padres, cargan sobre ellos la toma de decisiones y se instalan en la inmovilidad.
De esta forma,
los progenitores suelen presentar sentimientos contradictorios. De una parte, quieren a sus hijos/as, pero, al tiempo, sienten culpa e ira y
se muestran confusos. Muchas veces, la forma de actuar de los/as hijos/as es fruto de
haber heredado este tipo de patrones de sus padres.

Dado que
la responsabilidad es de ambas partes, veamos qué podemos hacer.
¿Qué hacer con un hijo adulto manipulador?
En primer lugar,
debemos pensar cuál es nuestro papel, si somos hijos adultos manipuladores o padres de hijos manipuladores.
Hijos adultos manipuladores
En el caso de darnos cuenta de estar manipulando a nuestros padres,
es importante que modifiquemos el vínculo que tenemos con ellos. Ser conscientes de cómo nos relacionamos con ellos es el primer paso para subsanarlo y
conseguir una relación saludable. Marcar objetivos que nos hagan
más independientes y ser capaces de lograrlos hará que nos podamos sentir orgullosos y que podamos tener
una vida más autónoma y libre.

Si no somos capaces de rehacer el vínculo, es fundamental
ponernos en manos de un profesional que nos ayude a mejorar la relación paterno-filial. Si lo deseas, puedes consultar en
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equipo de Criar con Sentido Común.
(P)madres de hijos manipuladores
Si, por el contrario, somos padres o madres de
hijos adolescentes manipuladores, es conveniente que podamos atajarlo desde la infancia,
no permitiendo que nos hagan sentir culpables o que se aprovechen de nuestras emociones y
poniendo límites con firmeza, serenidad y calma. Si aparece una conducta manipuladora, es importante hablar con ellos, por supuesto adecuando el lenguaje a a la edad, y no dejarlo pasar por ser pequeños.
Cuando los/as hijos/as son adultos, debemos ser conscientes de que
la culpa nos puede llevar a complacer a nuestros/as hijos/as sin límites y, eso, no es amar.
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Mantener la calma y poner distancia, en ocasiones, es necesario para
fomentar la independencia de los hijos y
rehacer el vínculo lejos de la manipulación y la culpa. Y, por supuesto,
buscar ayuda profesional para encauzar la relación.
Ayudar a los niños y niñas a
entender el no, ser asertivos con ellos y ponerles límites claros forma parte de la educación que debemos darles. No debemos olvidar que
educar no es hacerles felices siempre (si entendemos la felicidad como la satisfacción de deseos temporales) sino dar herramientas para que nuestros hijos e hijas
crezcan como personas autónomas y libres.
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