Cómo y por qué evitar el exceso de halagos en los niños

Condicionar a los niños de manera positiva perjudica su desarrollo tanto como hacerlo de forma negativa

Armando BastidaArmando Bastida5 min de lectura
Cómo y por qué evitar el exceso de halagos en los niños

“¡Qué listo eres!”, “¡Eres la mejor!”, “¡Qué guapo está mi niño!”, “¡Eres una artista!”.

Son frases que salen solas. Nacen del orgullo, del amor y de esa necesidad tan humana de felicitar a quienes más queremos. Sin embargo, lo que a corto plazo parece inofensivo —e incluso positivo— puede tener efectos menos visibles en el desarrollo emocional de los niños cuando se convierte en el lenguaje habitual.

Porque sí, los halagos gustan. A todos. Pero el exceso de halagos no construye una autoestima sólida; a veces la debilita.

Y no, no se trata de dejar de reconocer a nuestros hijos ni de convertirnos en padres fríos o distantes. Se trata de entender qué tipo de mensajes les ayudan realmente a crecer por dentro, no solo a sentirse bien por fuera.

Cuando el halago se convierte en etiqueta

Sabemos desde hace tiempo que las etiquetas negativas (“eres malo”, “eres torpe”, “eres desobediente”) pesan. Lo que cuesta más aceptar es que las etiquetas positivas también pueden hacerlo.

Decirle a un niño constantemente que es inteligente, responsable o bueno no describe solo lo que hace: define quién es. Y cuando definimos a un niño de esa manera, le colocamos una expectativa silenciosa sobre los hombros.

  • Si soy “el listo”, no puedo equivocarme.
  • Si soy “la buena”, no puedo enfadarme.
  • Si soy “el fuerte”, no puedo llorar.

Sin darnos cuenta, pasamos de reconocer conductas concretas a construir identidades rígidas. Y la infancia es, precisamente, la etapa en la que más necesitan experimentar, probar, equivocarse y descubrir quiénes son sin miedo a decepcionar.

El problema no es elogiar, sino depender del elogio

El halago funciona como un premio verbal. Refuerza conductas, sí, pero también puede crear algo menos deseable: dependencia de la aprobación externa.

Cuando un niño aprende que el valor de lo que hace depende de la reacción del adulto, empieza a mirar hacia fuera para saber si lo está haciendo bien. Deja de escucharse a sí mismo. Deja de preguntarse cómo se siente con lo que ha hecho, y en lugar de actuar por satisfacción personal, actúa para obtener reconocimiento.

Esa necesidad puede acompañarle muchos años: personas que no saben decir que no, que buscan agradar constantemente o que temen equivocarse porque su autoestima depende del aplauso ajeno.

La paradoja es que, el exceso de halagos, que pretendía fortalecer la autoestima, acaba construyendo una autoestima frágil, basada en lo que otros opinan.

La presión invisible de “no defraudar”

Cuando un niño interioriza que sus padres creen que es brillante, responsable o especial, puede aparecer algo que rara vez vemos desde fuera: miedo a no estar a la altura.

No es extraño que algunos niños con etiquetas positivas desarrollen perfeccionismo, ansiedad o evitación del error. Si equivocarse significa dejar de ser “el listo”, mejor no arriesgar. Por eso, cada vez más estudios en psicología educativa subrayan la importancia de centrar el reconocimiento en el esfuerzo, el proceso y la experiencia, no en el resultado, ni en la etiqueta:

  • No es lo mismo decir “eres muy inteligente” que “has pensado mucho para resolverlo”.
  • No es lo mismo “eres un artista” que “has dedicado tiempo y se nota”.

En el primer caso hablamos de lo que es. En el segundo, de lo que ha hecho.

Entonces, ¿no debemos elogiar nunca?

No, tampoco es eso. Decir “muy bien” de vez en cuando no va a perjudicar a nadie. Los halagos no son veneno; son más bien como los dulces: ocasionalmente no pasa nada, pero no deberían ser la base de la alimentación emocional.

Los niños necesitan reconocimiento, sí, pero sobre todo necesitan sentirse vistos, comprendidos y acompañados, no evaluados constantemente.

Hay una diferencia enorme entre juzgar y describir. Cuando describimos, ayudamos a que el niño tome conciencia de lo que ha hecho. Cuando juzgamos, le decimos si nos parece bien o mal.

Y la autoestima sana se construye desde dentro, no desde la opinión de los demás.

Qué decir en lugar de halagos vacíos

Cambiar la forma de hablar no es fácil porque muchos de estos mensajes los tenemos interiorizados desde nuestra propia infancia. Pero merece la pena intentarlo.

Podemos empezar por sustituir el elogio automático por mensajes que fomenten la confianza interna:

  • Señalar el esfuerzo: “Te ha costado, pero no te has rendido”.
  • Nombrar el proceso: “Has probado varias formas hasta conseguirlo”.
  • Validar la emoción: “Parece que estás orgulloso de lo que has hecho”.
  • Reconocer sin evaluar: “Veo que has ordenado todos los juguetes”.

Este tipo de mensajes no crean dependencia del aplauso. Refuerzan la percepción de competencia y autonomía, y sirven para enviarles un mensaje muy potente:

“No necesitas mi aprobación para saber quién eres. Te quiero siempre, hagas lo que hagas”.

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Sin embargo, merece la pena hacer el esfuerzo de aprender a dirigir otro tipo de mensajes a nuestros hijos e hijas que les permitan desarrollarse y tomar decisiones pensando en su propio criterio y en su satisfacción personal, en lugar de crecer pendientes de satisfacer nuestras expectativas.