No tomes decisiones en caliente. No escribas en caliente. Reflexiona antes de decir algo de lo que te puedas arrepentir, Armando.
Pues no. Hoy me da exactamente igual. Hoy no voy a esperar a mañana para decir esto, porque es hoy cuando lo tengo que decir.
A menudo, cuando doy alguna charla, alguna conferencia, acabo con dos frases que desde hace muchos años se convirtieron en
esa pequeña guía a la que me aferro cuando aparecen las dudas, o fallan las fuerzas:
¿Qué mundo dejamos a nuestros hijos?
¿Qué hijos dejamos a nuestro mundo?
Si me hago estas dos preguntas tengo muy pocas probabilidades de equivocarme en mi paso por la vida... como persona que se preocupa por el mundo en el que vive, el presente; y como padre que se preocupa por los tres hijos,
sus tres niños varones, que son presente y futuro.
Pues bien, estas dos preguntas son una estupenda guía, pero a la vez
una presión constante que a menudo ahoga mucho, demasiado. Porque uno querría poder llegar al final de sus días pensando que sí hizo algo que pudo ayudar en ambos casos, pero cada vez tiene menos esperanza, porque poco a poco va descubriendo que
la gangrena se extiende. Que la infección afecta cada vez a más personas. Que la podredumbre de esta sociedad enferma, que languidece, se extiende por momentos.
O eso, o es que siempre ha estado podrida y uno lo único que acaba de hacer es asomarse por la herida para ver hasta dónde llega el mal. Yo, que veía de lejos una herida que parecía poder curarse con el tiempo, ahora miro adentro y veo que se precisa hacer
mucha limpieza, pero mucha, para que empiece a crecer tejido sano.
Y lo peor es que mientras eso sucede, nos giran la cara para que miremos el granito que acaba de salir un poco más arriba. Y hala, todos a pasar días y días mirando el granito, mientras la herida huele cada vez peor. Y oye, que el granito ya no está, pero si te fijas, ahí hay otra lesión que parece una heridita.
Ya basta. Me da igual la heridita, me da igual el granito.
El enfermo se muere. Deja de hablarme de tonterías. Y no, no me digas que otros enfermos están peor. A mí me importa este, y empiezo a tener dudas de que seamos suficientes los que intentamos que mañana el enfermo pueda salir a la calle a respirar, notar el sol en su piel, sonreír y dar las gracias porque se encuentra mejor.
Se nos muere, se nos va. Con cada caso de corrupción, con cada político que se agarra a la silla aun cuando merecería acabar preso, por cada mentira, por cada juicio amañado, por cada robo a manos llenas, por cada engaño, por cada persona a la que le hacen creer que están luchando por nosotros... y por cada juicio en el que la persona que debería ser protegida, acaba siendo culpable.
Que
te violaron cinco indeseables, te destrozaron la vida cuando acababas de cumplir tu mayoría de edad, y la culpa fue casi tuya por no intentar algo.
No se aprecia dolor en los vídeos, dice. Vídeos que grabaron sin tu consentimiento. Vídeos que hicieron mientras te penetraban de todas las maneras posibles. Y cerrabas los ojos, deseando que acabara.
Necesitamos jueces que en vez de mirar y valorar los actos de la víctima,
miren al agresor. Y que en el momento de ver las pruebas, se sitúen en el centro de atención: "Esa chica soy yo. Soy un juez. Me han cogido cinco hombres que me hacen un gesto de silencio, para que ni hable ni grite. Me bajan los pantalones, me bajan los calzoncillos. Empiezan a penetrarme. Uno introduce su pene en mi boca. Ahora otro. Pienso en morderle, pero sé que son cinco y podrían acabar con mi vida. Tampoco podría escapar. Mantengo los ojos cerrados. He bebido. Aunque grite... ¿quién me va a oír? Pronto acabarán. Al menos estaré vivo. Siguen penetrándome. Se intercambian. Me están grabando. No sé quién tengo detrás. Jadea. Tiene un orgasmo. Eyacula dentro de mí. Otro se pone en su lugar. Basta, por favor. Otro me graba. Dejadme en paz. Vuelvo a oír jadeos... Parece que han acabado. Me dejan desnudo, mojado, pegajoso de sus sexos y su semen. Decido llamar para pedir ayuda. Me han robado el móvil. Pero ya no soy un juez. Soy un joven de 18 años al que le acaban de destrozar la vida."
Y ojo, que el símil jamás se aproximará a la realidad, porque hablamos de un joven, de un hombre joven, que aún podría decir que tiene suerte, porque es un hombre, y como tal
las probabilidades de volver a sentirse amenazado son muy pocas.
Educarlos para que no sean unos indeseables
En realidad yo venía a explicar lo siguiente... pero he empezado con la introducción y (lo siento), me ha quedado un poco más larga de lo que esperaba.
Yo venía a contar que
los que tenemos hijos varones tenemos mucho que hacer y decir. Porque una mujer no será agredida si no tiene delante a un agresor. Y la culpa es siempre de quien abusa, agrede, viola, daña, pega y mata.
¿Y qué podemos hacer? Pues a mí se me ocurre lo siguiente, asumiendo que podría estar equivocado y que podría hacerlo aún mejor, porque siempre se puede hacer mejor.
1. Ser un ejemplo
Educar es todo aquello que hacemos cuando no estamos educando, así que
lo que ven en casa es lo que consideran normal. Nuestros hijos tienen que ver que mamá respeta a papá y que papá respeta a mamá. Y tienen que ver que tanto mamá como papá les respetan a ellos. Nadie hace uso de la fuerza ni de la violencia verbal ni física para conseguir las cosas, sino que hacen todo lo posible para llegar a acuerdos por la vía del diálogo.
2. Papá y mamá tienen los mismos derechos y deberes

Si papá y mamá los cuida, si papá y mamá se encargan ambos de la casa, si ambos son co-responsables de las tareas del hogar y de su educación, estarán viviendo en un clima de igualdad.
3. Las cosas no se arreglan con amenazas, ni pegando
Ni entre los miembros de la pareja, ni con los hijos. Hay que evitar pegarles (ni siquiera aquello del cachete a tiempo) porque entonces estaremos consiguiendo lo que queremos mediante el daño y el dolor.
No deben pensar que está bien que arreglemos las cosas de ese modo porque no deben tener nunca la tentación de arreglarlas ellos con los demás de la misma manera.
4. Se sienten queridos y acompañados
Pasar tiempo con ellos, hablar de las cosas que a cada uno le preocupa y hacerles partícipes de nuestras vidas hará que
se sientan queridos, importantes y con un adecuado nivel de autoestima.
Los niños que se sienten apartados, ajenos, tienen más probabilidad de caer en el "mis padres no me escuchan, no les importo, nunca han estado por mí cuando los necesitaba... pasan de mí", a riesgo de que empiecen a buscar notoriedad allí donde no deberían, del modo que no deberían.
5. Sois importantes, pero no los más importantes
Acompañarles, pero no ser sus mayordomos. Si les evitamos cualquier frustración, si no los dejamos crecer y afrontar los problemas, porque se los solucionamos nosotros, pueden llegar a pensar que el mundo gira en su derredor y que tienen el derecho de exigir que los demás estén a su servicio.
Corremos el riesgo de que pasen de pedir a exigir, que nuestra relación con ellos sea de sirvientes y que, cuando busquen una pareja, pretendan hacer lo mismo, tener
una mujer que les sirva, a la que puedan y deban exigirle cosas. Nos necesitan como padres que los acompaña, con
nuestras necesidades, principios y deseos propios.
6. Qué y qué no es la amistad
Que sepan que tener un amigo es tener cerca a alguien que te da mucho a cambio de nada, y viceversa. Que los amigos y las amigas merecen todo el respeto por su parte y que ellos deben exigir el mismo respeto. No es amistad si hay un interés de por medio y no es amistad si se pierde el respeto.
7. Qué es el machismo
Que los hombres y las mujeres, aunque diferentes físicamente, somos
exactamente iguales. Iguales en cuanto a derechos y deberes. Iguales en cuanto al respeto que merecemos. Iguales a ojos de la sociedad. Iguales en una relación de pareja, donde ninguno de los dos tiene que controlar al otro, ni decir lo que tiene que hacer, porque
ninguno es posesión de nadie.
8. Nadie es de nadie
Ellos no son nuestros, como dice
Khalil Gibran, sino que vienen a través de nosotros para seguir aquí cuando nosotros nos vayamos. De igual modo, las mujeres no son nuestras. Están con nosotros porque quieren, porque nos une el amor, el cariño y el deseo de tener una vida en común.
9. El amor, a veces, se acaba
No es que haga falta mencionarlo explícitamente, pero si una pareja cercana o conocida se separa, se puede hablar con ellos. A veces se acaba el amor. A veces una pareja se da cuenta de que la cosa no ha funcionado y deciden seguir la vida por separado.
Y
eso está bien. Está bien porque cuando decimos "Qué hijaputa, que le ha dejado" o "Qué hijoputa, que la ha dejado", ellos pueden entender que
todo se reduce a un culpable y una víctima, y que la víctima puede tener deseos de venganza o derecho a vengarse.
10. No hagas a nadie lo que no quieras que te hagan

Debe ser una máxima en sus vidas, que
jamás le hagan a nadie nada que no quieran que les hagan, ni aunque sus amigos les inciten a hacerlo, ni aunque todos los demás lo hagan. Si creen que no está bien, si a ellos no les gustaría, que no lo hagan.
11. Que nunca permitan que hagan con su cuerpo lo que no quieran hacer
Deben saber que nadie puede ni debe obligarles a hacer algo que no quieran, y en consecuencia
ellos no tienen derecho a hacer nada a nadie que no les haya dado permiso para hacerlo. Deben respetarse a sí mismos, hacerse respetar y respetar a los demás.
12. No callar
Lo más probable es que ellos tengan claro que no tienen derecho sobre la vida de nadie, ni sobre su cuerpo. Pero sí son alguien para
no callarse, porque sí es probable que sean testigos de actos, o de conversaciones de otros chicos que sí hagan comentarios machistas. No deben callarse ni girar la mirada, pues el silencio no ayuda en absoluto, y como dijo Gandhi:
"Lo más atroz de las cosas malas de la gente mala es el silencio de la gente buena".
Somos actores principales, somos responsables
Los padres de hoy somos los
encargados de que la violencia de género no se siga transmitiendo. La generación anterior, la que nos educó a nosotros,
no lo consiguió, porque la violencia de género no está solo en una violación, sino en las cifras de asesinato, en cada agresión, cada insulto, cada humillación y casi, casi, en cada rincón.
Quizás no podamos cambiar el mundo (aunque no nos queda otra que seguir intentándolo, porque si no, ¿qué sentido tiene nuestro paso por la vida?), pero sí podemos actuar con nuestros hijos, y si nuestros hijos dejan de transmitir esa violencia,
ellos sí podrán cambiar el mundo.
Educarlos desde que son pequeños
Es un tema que me preocupa, por todo lo que he expresado en esta entrada. Por eso hace unos meses hablé con
Alma García, psicopedagoga, y le pedí que impartiera
un Seminario Online para madres y padres, sobre
la educación sexual al principio de todo. No esa que se da cuando el niño empieza a preguntar, o justo antes de la pubertad. Esa que debe iniciarse (que las madres y padres debemos iniciar), antes de que los medios, las revistas, la tele y la gente, empiecen a ofrecer estímulos,
inputs, lecciones, frases y sentencias, que moldeen los roles de género, sus ideas y sus creencias.

Ese Seminario
lo podéis ver ya en diferido, y es gratis si formáis parte de
la comunidad "Criar con Sentido Común", una comunidad en la que no pagas nada el primer mes, para que puedas conocernos, a un montón de
madres, padres y profesionales que seguimos preocupados por
el mundo que dejamos a nuestros hijos, y
los hijos que dejamos a nuestro mundo.