Un estudio preliminar sugiere que la depresión paterna durante la preadolescencia de los hijos podría asociarse con peores resultados educativos en los varones. La clave no es culpar, sino detectar y apoyar.
La depresión paterna también puede afectar al futuro escolar de los hijos
Cuando hablamos de salud mental en la crianza, casi siempre miramos hacia las madres. Hablamos de depresión posparto materna, de ansiedad materna, de agotamiento materno, de carga mental materna.
Y es lógico, porque durante años muchas madres han sostenido demasiado solas la crianza, el cuidado y el impacto emocional de la maternidad. Pero hay una parte que todavía miramos poco: la salud mental de los padres.

Y no porque sea más importante que la de las madres. Sino porque también importa. Porque los padres también influyen. Porque su presencia, su disponibilidad emocional, su regulación, su manera de vincularse y su estado psicológico forman parte del clima familiar en el que crecen los hijos.
Ahora, un nuevo estudio preliminar presentado en el Pediatric Academic Societies Meeting 2026, celebrado en Boston del 24 al 27 de abril, sugiere que la exposición a la depresión paterna durante la preadolescencia podría asociarse con peores resultados educativos en los hijos varones, pero no en las hijas.
Qué ha investigado el estudio
El trabajo parte de una idea sencilla, pero importante: ya sabíamos que la depresión en los padres se ha relacionado con distintos resultados negativos en la infancia, entre ellos más dificultades de conducta en el entorno escolar.
Pero se sabía menos sobre qué ocurre cuando esa depresión paterna aparece o está presente en la preadolescencia, y cómo puede relacionarse años después con los resultados educativos en la adolescencia y la juventud.
Para analizarlo, los investigadores realizaron un análisis secundario de una cohorte nacional urbana de Estados Unidos, el Future of Families and Child Wellbeing Study. En este estudio, los padres fueron evaluados para detectar síntomas depresivos cuando sus hijos tenían 9 años, utilizando una herramienta llamada Composite International Diagnostic Interview Short Form, conocida como CIDI-SF. Después, los resultados educativos fueron comunicados por los propios hijos a los 22 años.

Es decir, no hablamos de una foto tomada en un único momento, sino de una mirada longitudinal: se observa la salud mental paterna cuando el niño tiene 9 años y se analizan algunos resultados educativos mucho más adelante, cuando ese niño ya es joven adulto.
Los resultados: asociación especialmente clara en los varones
En conjunto, la depresión paterna no se asoció de forma clara con haber sido suspendido ni con abandonar la educación secundaria. Los datos generales no mostraban una relación suficientemente contundente cuando se miraba a todos los hijos juntos.
Pero cuando los investigadores analizaron la interacción entre depresión paterna y sexo del hijo, apareció una diferencia importante: en los varones, la exposición a depresión paterna se asoció con una probabilidad más alta de haber sido suspendidos y de abandonar la secundaria.

Según el artículo, en los chicos, la probabilidad ajustada de suspensión fue más del doble cuando el padre presentaba depresión, en comparación con quienes no estaban expuestos a depresión paterna. Y la probabilidad de abandonar la secundaria fue más de cinco veces superior. En las chicas, esa asociación no apareció de la misma manera.
Esto no significa que la depresión del padre "condene" a un hijo al fracaso escolar. Tampoco significa que todos los niños expuestos a depresión paterna vayan a tener problemas educativos. Significa que, en esta muestra, se observó una asociación fuerte en los hijos varones y que esa señal merece más investigación y, sobre todo, más atención clínica y educativa.
Asociación no es "culpa"
Aquí hay que decirlo con mucho cuidado. Un estudio así no debe utilizarse para culpar a los padres con depresión. La depresión no es una elección, no es falta de voluntad, no es "estar triste porque uno quiere" ni es una debilidad moral.
La depresión es un problema de salud mental que puede afectar a la energía, la paciencia, la capacidad de conexión, la disponibilidad emocional, el sueño, la irritabilidad, la motivación y la manera en que una persona se relaciona con los demás.
Y cuando esa persona es madre o padre, es lógico que pueda tener algún impacto en el sistema familiar. Pero el mensaje no debería ser: "si estás deprimido, estás dañando a tus hijos". El mensaje debería ser otro: si un padre está deprimido, necesita apoyo.
Y sus hijos también pueden necesitar una red que los acompañe.
Porque la solución no pasa por señalar o culpabilizar. Pasa por detectar, sostener y tratar.
Por qué puede afectar al rendimiento escolar
La investigación no demuestra exactamente el mecanismo que explica esta asociación, pero hay varias hipótesis razonables.
Un padre con síntomas depresivos puede tener más dificultades para estar emocionalmente disponible, participar en la vida escolar, sostener rutinas, poner límites con calma, acompañar frustraciones, conversar, jugar, mostrar interés o detectar a tiempo que su hijo empieza a desconectarse del colegio.

También puede haber más tensión en casa, más conflictos, menos previsibilidad o menos energía familiar para sostener hábitos importantes: sueño, asistencia escolar, seguimiento de deberes, comunicación con tutores o apoyo emocional. Y en la preadolescencia, todo eso importa mucho.
Los 9, 10, 11 ó 12 años son una etapa de transición. Los niños ya no son pequeños, pero tampoco tienen la autonomía emocional de un adolescente mayor. Necesitan presencia adulta, estructura, reconocimiento, límites y vínculo.
Cuando esa red se debilita, algunos chicos pueden expresarlo hacia fuera: más conducta disruptiva, más problemas en el colegio, más desconexión, más rechazo a la autoridad o más riesgo de acabar siendo sancionados.
Por qué podría afectar más a los chicos
El estudio encontró la asociación especialmente en los hijos varones, pero no permite afirmar con seguridad por qué ocurre. Podría tener que ver con diferencias en la socialización emocional de chicos y chicas, con la forma en que los varones expresan el malestar, con el vínculo específico con el padre, con expectativas de género o con cómo el sistema escolar responde a determinadas conductas.
A veces los chicos no dicen "estoy sufriendo". Lo muestran portándose peor, desconectando, retando, aislándose, bajando el rendimiento o metiéndose en problemas. Y muchas veces el sistema responde a la conducta visible, pero no siempre mira qué hay debajo.

Por eso este estudio es interesante: no solo habla de padres deprimidos. También habla de hijos que quizá necesitan ser mirados antes de que la dificultad se convierta en sanción, fracaso o abandono.
El papel de pediatría y escuela
La autora principal del estudio, la reconocida pediatra y académica Kristine Schmitz, de la Rutgers Robert Wood Johnson Medical School, señala que estos resultados apuntan a una oportunidad para que escuelas y pediatras trabajen juntos en el apoyo a los padres con síntomas depresivos y a sus hijos, especialmente a los varones que podrían verse más afectados.
También destaca que la identificación temprana y el apoyo centrado en la familia pueden favorecer el éxito escolar y el bienestar a largo plazo.
Esta idea es fundamental. Porque muchas veces la salud mental familiar se queda fuera de la consulta pediátrica y fuera del colegio. El niño llega con mal comportamiento, bajo rendimiento, absentismo o conflictos, y se actúa sobre el síntoma: castigo, parte, suspensión, sermón o etiqueta.
Pero quizá deberíamos preguntarnos más a menudo qué está pasando en casa, cómo está la familia, qué apoyos existen, cómo están los adultos que cuidan y qué necesita ese niño para no romperse por el camino.
Cuidar al padre también es cuidar al hijo
Durante mucho tiempo, la paternidad ha estado asociada a una idea de fortaleza silenciosa: aguantar, proveer, no quejarse, no mostrar vulnerabilidad.
Pero los padres también se deprimen. También se angustian. También se desbordan. También pueden sentirse solos, inútiles, irritables o desconectados de sus hijos.

Y cuando un padre no pide ayuda, no siempre es porque no quiera. A veces es porque nadie le ha enseñado que puede pedirla. Porque teme parecer débil. Porque piensa que su papel es resistir. Porque cree que, si cumple por fuera, nadie debe mirar lo que ocurre por dentro.
Por eso necesitamos hablar más de depresión paterna sin juicio y sin caricaturas. No para desplazar la atención de las madres. Sino para ampliar la mirada a toda la familia.
Qué pueden hacer las familias
Si un padre se siente apagado, irritable, sin energía, desconectado, con culpa constante, con tristeza persistente, con pérdida de interés, con problemas de sueño o con sensación de no poder más, conviene pedir ayuda profesional.
Y si en casa hay un hijo preadolescente que empieza a tener problemas escolares, sanciones, aislamiento, bajada brusca del rendimiento o rechazo intenso al colegio, quizá no basta con decirle que se esfuerce más. Puede ser necesario mirar el contexto familiar, emocional y relacional.
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No se trata de convertir cada dificultad escolar en un problema psicológico. Pero no deberíamos separar artificialmente la escuela de la vida emocional.
Los niños aprenden con el cerebro, sí. Pero también con el cuerpo, con el vínculo, con la seguridad y con el estado emocional que llevan encima cada mañana al entrar por la puerta del colegio.
El mensaje importante: cuidar a quien cuida es una forma de cuidar a la infancia
Este estudio es preliminar y necesita más investigación. No demuestra una relación causal directa ni permite decir que la depresión del padre sea la causa única del abandono escolar o de las suspensiones.
Pero sí señala algo que no deberíamos ignorar: la salud mental paterna puede tener relación con el bienestar y la trayectoria educativa de los hijos, especialmente en los varones. Y eso debería cambiar nuestra mirada.
Cuando un niño empieza a fallar en el colegio, tal vez no solo haya que preguntarse qué le pasa al niño. Tal vez también haya que preguntarse cómo está su familia.

Y cuando un padre está deprimido, tal vez no haya que pedirle que aguante más. Tal vez haya que ayudarle a estar mejor. Porque cuidar a quien cuida también es una forma de cuidar a la infancia.
