Es muy habitual, sobre todo cuando los niños y las niñas son pequeños, que las familias sientan la tentación de dejarles ganar. A veces para evitar un berrinche. Otras, simplemente por el placer de verles felices, orgullosos, celebrando la victoria.
Pero la pregunta es importante: ¿es conveniente dejarles ganar siempre? ¿Realmente les estamos ayudando? La respuesta es clara: no.
Aunque pueda parecer un gesto amable o protector, dejar ganar siempre a los niños no les beneficia. De hecho, suele ser una forma de sobreprotección que, sin darnos cuenta, limita aprendizajes fundamentales. No solo dificulta que puedan enfrentarse a la frustración —algo inevitable a lo largo de la vida—, sino que también les priva de la oportunidad de analizar, equivocarse, ajustar y mejorar.
Por qué no deberíamos dejar ganar a los niños
A la mayoría de niños y niñas, como a las personas adultas, les gusta ganar. Vivimos en una sociedad muy centrada en el éxito, donde ganar parece sinónimo de valer. Sin embargo, el éxito real casi nunca aparece de la nada: suele ser el resultado del esfuerzo, la práctica y haber atravesado muchas experiencias previas… también de fracaso.
Durante la primera infancia, especialmente hasta los 5 o 6 años, aceptar la derrota no es sencillo. Su forma de entender el mundo es todavía egocéntrica, y eso es completamente normal desde el punto de vista evolutivo. Pero la realidad es que el mundo no gira a su alrededor y las cosas no siempre van a salir como esperan.

Que se frustren, que se enfaden o que no sepan gestionar bien una derrota entra dentro de lo esperable. La frustración no es un error: es un aprendizaje. Y no se aprende a tolerarla si la evitamos constantemente. La única manera de desarrollar esa capacidad es viviéndola, poco a poco, con acompañamiento. Es lo que podríamos llamar entrenar los “músculos” de la frustración.
Además, en los juegos no solo se aprende a perder. También se aprende a ganar. Y aquí el ejemplo adulto es clave. Si cuando ganamos nos burlamos, nos regodeamos o minimizamos a los demás, estamos transmitiendo un modelo poco saludable de éxito. Si cuando perdemos mostramos enfado, trampa o culpamos al resto, estamos enseñando cómo no gestionar una derrota.
Los niños aprenden mucho más de lo que ven que de lo que les decimos.
Cuando dejar ganar impide aprender
Dejar ganar a los niños no solo afecta a su tolerancia a la frustración. También interfiere directamente en el aprendizaje.
Cuando perdemos una partida, nuestro cerebro se activa: analizamos qué ha pasado, qué decisión tomamos, qué podríamos haber hecho diferente. Ajustamos estrategias, observamos al otro jugador, sacamos conclusiones. Todo eso es aprendizaje.
Si ante un error, la persona adulta “perdona” la jugada para no ganar, está impidiendo ese proceso. Sin mala intención, pero con consecuencias: le roba al niño la oportunidad de aprender del error.
En esta línea, un estudio realizado por investigadores de la Universidad de Massachusetts Amherst y la Universidad de Virginia con 112 niños y niñas de 4 y 5 años analizó qué ocurría cuando los adultos manipulaban el resultado de los juegos. Los resultados fueron claros: los niños a los que no se les dejaba ganar de forma artificial —es decir, que ganaban o perdían según el desarrollo real del juego— mostraban después mejor criterio, más capacidad de análisis y mejores decisiones cuando volvían a enfrentarse a la misma tarea.
Dicho de otro modo: perder, cuando es acompañado y no humillante, enseña.
Entonces… ¿qué hacemos? ¿Les ganamos siempre?
No. Igual que no tiene sentido dejarles ganar siempre, tampoco lo tiene no dejarles ganar nunca.
La clave está en elegir bien los juegos y adaptar el contexto. Podemos optar por juegos donde el azar tenga un papel importante, juegos cooperativos en los que el objetivo sea común, o juegos de estrategia ajustados a su edad, donde realmente exista la posibilidad de ganar o perder.
Si hay hermanos mayores y el juego no es adecuado para el más pequeño, podemos jugar por equipos, adaptar reglas o simplificar mecánicas. No se trata de falsear el resultado, sino de equilibrar las oportunidades.
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Con sentido común
Si alguna vez alguien has dejado ganar a tu hijo o hija, no pasa absolutamente nada. No se va a romper su capacidad para gestionar la frustración por una partida concreta. Pero si tomamos conciencia de lo importantes que son estas experiencias a lo largo de la infancia, la respuesta a la pregunta inicial es clara: no, no es buena idea dejar ganar siempre a los niños en los juegos.
Jugar es mucho más que ganar. Es aprender, equivocarse, volver a intentarlo y sentirse acompañado en el proceso.
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¡Feliz juego familias!
