Un nuevo estudio dirigido por investigadores de Penn State ha revelado que la crianza agresiva, ya sea física o psicológicamente, como los azotes o los gritos, puede alterar el patrón de desarrollo emocional en detrimento tanto del niño como de la madre, ya que el niño requiere más regulación externa, en lugar de menos, a medida que crece.
La investigación, dirigida por el estudiante de doctorado Jianing Sun y la profesora de psicología Erika Lunkenheimer y publicada en Child Development, valida parte de una teoría de larga data que postula que los padres actúan como los principales reguladores fisiológicos de sus hijos pequeños.
La crianza dura no enseña a los niños a calmarse: puede hacer que les cueste más regular el estrés
Cuando un niño pequeño se frustra, se bloquea, se enfada o se desborda, no está “portándose mal” sin más. Está intentando gestionar una emoción que todavía le queda grande. Su sistema nervioso aún está en construcción. Por eso necesita adultos que le ayuden a volver a la calma.
No adultos perfectos. No adultos que nunca se enfaden. Pero sí adultos capaces de acompañar, contener y recuperar la calma suficiente como para no añadir más miedo al momento.

Un nuevo estudio liderado por investigadores de Penn State ha observado algo muy importante: los niños criados con más dureza —por ejemplo, con gritos, castigos físicos o respuestas psicológicamente agresivas— muestran un peor desarrollo de la regulación fisiológica del estrés. Es decir, les cuesta más que su cuerpo vuelva a la calma después de una situación difícil.
Qué significa regular el estrés
Regular el estrés no es simplemente “portarse bien”. Es que el cuerpo pueda activarse ante un reto y después recuperar el equilibrio.
Cuando estamos ante una situación difícil, el sistema nervioso responde: aumenta la activación, cambia la respiración, el corazón se adapta y el cuerpo se prepara para afrontar lo que ocurre. En un adulto sano, esa activación debería poder subir y después bajar.
Pero en los niños pequeños este sistema todavía no funciona de forma autónoma. Necesitan mucha co-regulación: una persona adulta que les ayude a organizar lo que sienten desde fuera.
Por eso una frase calmada, una presencia segura o una respuesta sensible pueden cambiar mucho lo que ocurre dentro del cuerpo del niño.
Los padres actúan como reguladores externos
El estudio parte de una idea que la psicología del desarrollo lleva años defendiendo: durante los primeros años, los padres no solo cubren necesidades físicas. También ayudan a regular el sistema nervioso de sus hijos.
La investigadora Erika Lunkenheimer explica que los niños pequeños dependen de las respuestas de sus padres no solo para que se atiendan sus necesidades, sino también para aprender los ritmos adecuados de regulación física y emocional.
Cuando los adultos responden de forma sensible y consistente, el niño se siente seguro y su sistema nervioso puede asentarse mejor.
Esto es muy potente. Porque significa que la calma no se enseña diciendo “cálmate”. La calma se aprende viviéndola en relación con alguien que ayuda a recuperarla.
Qué investigó el estudio
Los investigadores observaron a 129 parejas madre-hijo consideradas de riesgo en dos momentos: cuando los niños tenían 3 años y un año después, cuando tenían 4.
Antes de las observaciones, las madres respondieron cuestionarios sobre su estilo de crianza, incluyendo conductas como gritar o recurrir al castigo físico. Después, madres e hijos participaron en una tarea desafiante: los niños tenían que resolver un puzzle difícil, mientras las madres podían orientar verbalmente, pero no hacerlo por ellos.
Durante la prueba, ambos llevaban monitores para registrar corazón y respiración. Los investigadores midieron un indicador fisiológico llamado arritmia sinusal respiratoria o RSA, que refleja cómo cambia el ritmo cardíaco con la respiración y sirve para observar la regulación del sistema nervioso.
Qué encontraron
En las madres menos duras, ocurrió lo esperable: a medida que los niños crecían de los 3 a los 4 años, dependían menos de la regulación externa materna. Es decir, iban desarrollando más capacidad propia para regular su activación fisiológica.
Pero en las madres con estilos de crianza más duros ocurrió lo contrario. Sus hijos no se volvían más autónomos en la regulación del estrés. Al contrario: mostraban más dificultades fisiológicas y necesitaban más regulación externa con el paso del tiempo.

Este es el hallazgo clave del estudio: la crianza dura parece alterar el patrón esperado de desarrollo de la autorregulación.
El cuerpo tarda más en volver a la calma
Otro dato muy importante es que los niños expuestos a crianza más dura mostraban mayor “inercia” fisiológica. Dicho de forma sencilla: cuando se activaban ante una situación difícil, tardaban más en volver a su nivel basal.
Esto ayuda a entender algo que muchas familias ven en casa: hay niños que, una vez se desbordan, parecen no poder salir de ahí. No es que no quieran. No es que “se empeñen”. No es que manipulen.
A veces su sistema nervioso se queda atrapado más tiempo en la activación. Y si el entorno responde con gritos, amenazas o castigos, esa activación puede hacerse todavía más rígida.
Los gritos no enseñan autocontrol
Durante mucho tiempo se ha defendido que la disciplina dura “prepara para la vida”, “enseña respeto” o “pone límites de verdad”. Pero cada vez tenemos más evidencia de que el miedo no construye una regulación sana.
Puede frenar una conducta en el momento, sí. Un niño puede obedecer porque tiene miedo. Pero eso no significa que haya aprendido a gestionar lo que le pasa por dentro.
De hecho, este estudio sugiere justo lo contrario: cuando los adultos responden con dureza, el niño puede tener más dificultades para desarrollar sus propios recursos internos de regulación.

No se trata de culpar a las madres
Este punto es imprescindible. El estudio no debería utilizarse para señalar a las madres o padres que a veces gritan, se desbordan o responden peor de lo que les gustaría.
La propia investigación recuerda que las madres con más riesgo de usar una crianza dura suelen haber vivido ellas mismas crianza dura o maltrato en la infancia, y que ese riesgo aumenta cuando hay estrés, problemas económicos, conflicto familiar, dificultades laborales o síntomas de salud mental.
Es decir: muchas veces no hablamos de “malos padres”. Hablamos de adultos sin red, con heridas propias, agotamiento y demasiada carga. Pero entender esto no significa justificar la dureza. Significa mirar el problema completo para poder intervenir mejor.
Regularse primero para poder regular
Una de las conclusiones más prácticas del estudio es que el estado fisiológico del adulto también importa. No solo importa qué dice una madre o un padre. También importa desde dónde lo dice.
Un adulto muy activado, saturado o fuera de sí difícilmente podrá ayudar a un niño a calmarse. Por eso Lunkenheimer señala que incluso algo tan sencillo como hacer una pausa y respirar antes de responder puede beneficiar al niño en su aprendizaje de la autorregulación.
No porque respirar tres veces arregle todos los conflictos de crianza. Sino porque introduce un pequeño espacio entre el impulso y la respuesta. Y a veces ese espacio cambia el tono de toda la escena.
La sensibilidad no significa permisividad
Hablar de crianza respetuosa no significa dejar que el niño haga cualquier cosa. Un niño necesita límites. Pero los límites pueden ponerse de muchas maneras.
Podemos poner un límite desde el miedo:
“¡Porque lo digo yo y punto!”
O desde la conexión:
“No voy a dejar que pegues. Estoy aquí. Estás muy enfadado, pero no puedes hacer daño.”
En ambos casos hay límite. Pero el impacto en el sistema nervioso del niño no es el mismo.
Qué pueden hacer las familias
El estudio no prueba una intervención concreta, pero sí refuerza algo que la investigación lleva años mostrando: los niños suelen tener mejores resultados cuando sus padres responden de forma sensible, sintonizada y flexible, y cuando los propios adultos pueden regularse durante los momentos difíciles.
En la vida real, esto puede traducirse en cosas muy concretas:
- Parar antes de gritar.
- Bajar el volumen.
- Nombrar lo que ocurre.
- Sostener el límite sin humillar.
- Pedir perdón cuando nos hemos pasado.
- Buscar apoyo si sentimos que estamos criando desde el agotamiento, la ira o la desesperación.
En la Tribu CSC cuentas con un equipo de expertos/as en salud infantil y crianza respetuosa que puede ayudaros en el desarrollo de vuestro peque. Podéis acceder a través de la web o descargar gratis la app de Criar con Sentido Común tanto para plataformas Apple como para plataformas Android, lo que os dará acceso una semana gratis para probar todas las ventajas de la membresía a la Tribu, realizar todos los cursos online disponibles y consultar a nuestros/as especialistas.
Porque criar no va de no equivocarse nunca. Va de reparar, aprender y crear un entorno donde el niño pueda sentirse suficientemente seguro.
Apoyo y herramientas

Los niños pequeños no aprenden a regular el estrés en soledad. Lo aprenden primero a través de los adultos que los cuidan.
Este estudio muestra que la crianza dura, incluyendo gritos, castigos físicos o agresividad psicológica, puede interferir en ese proceso y hacer que los niños desarrollen más dificultades para recuperar la calma ante situaciones de estrés.
Y quizá por eso el mensaje final no debería ser “los padres tienen que hacerlo perfecto”. El mensaje debería ser otro: para que un niño aprenda a calmarse, primero necesita haber sido calmado muchas veces.
Y para que una madre o un padre pueda calmar, también necesita apoyo, descanso y herramientas. Porque la regulación emocional no empieza en el niño. Empieza en la relación.



