¿Los colorantes alimentarios amarillos alteran el microbioma intestinal en las primeras etapas de la vida?

La tartrazina es un colorante sintético utilizado para dar un tono amarillo limón a numerosos alimentos y bebidas.

Redacción CSC8 min de lectura
¿Los colorantes alimentarios amarillos alteran el microbioma intestinal en las primeras etapas de la vida?

Un estudio en ratas jóvenes sugiere que la tartrazina, un colorante amarillo muy utilizado en alimentos, puede alterar la microbiota intestinal incluso en dosis consideradas seguras.

El colorante amarillo de algunos alimentos podría alterar la microbiota intestinal en etapas tempranas

Cuando pensamos en alimentación infantil, solemos fijarnos en el azúcar, la sal, las grasas, la cantidad de proteína o si un producto es más o menos saludable. Pero hay otro elemento que aparece en muchos ultraprocesados y que a menudo pasa bastante desapercibido: los colorantes alimentarios.

Están en cereales de colores, chucherías, bebidas, snacks, salsas, postres, productos lácteos saborizados y muchos alimentos que llaman la atención precisamente por su aspecto brillante, intenso o "divertido".

Uno de esos colorantes es la tartrazina, también conocida como Yellow 5 o FD&C Yellow No. 5. (EE.UU.) o E102 (Europa). Es un colorante sintético utilizado para dar un tono amarillo limón a numerosos alimentos y bebidas.

Y ahora, un nuevo estudio presentado en el American Physiology Summit 2026 sugiere que podría alterar la microbiota intestinal durante etapas tempranas de la vida, incluso cuando se consume en niveles considerados seguros por las agencias reguladoras.

Qué es la tartrazina y dónde se encuentra

La tartrazina es un aditivo alimentario muy usado en la industria para aportar color amarillo. Puede encontrarse en productos muy distintos, no solo en dulces o golosinas: puede aparecer en bebidas refrescantes y saborizadas, patatas fritas y snacks, chicles, postres instantáneos, gelatinas, bollería, mostaza, pepinillos, salsas, lácteos de sabores e incluso algunos productos como miel coloreada.

Y este punto es importante, porque muchas familias asocian los colorantes artificiales solo con chucherías. Pero no siempre es así. A veces están en productos que parecen bastante cotidianos o que incluso se consumen sin demasiada conciencia de que contienen aditivos de este tipo.

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La tartrazina está autorizada y las agencias de seguridad alimentaria la consideran segura cuando se consume dentro de los niveles de ingesta diaria admisible. Es decir, no estamos hablando de una sustancia prohibida ni de un producto que se esté usando al margen de la regulación.

Precisamente por eso el estudio resulta interesante: porque los cambios observados aparecieron con niveles de exposición considerados aceptables.

Qué ha encontrado el estudio

La investigación, realizada en ratas jóvenes, analizó qué ocurría en la microbiota intestinal tras la exposición a tartrazina.

La microbiota es el conjunto de bacterias y otros microorganismos que viven en el intestino y que participan en funciones tan importantes como la digestión, la regulación inmunitaria, la producción de determinados metabolitos y la maduración del sistema digestivo.

Los investigadores observaron que, en machos jóvenes, la exposición a tartrazina se asociaba con cambios en el equilibrio de las bacterias intestinales. En concreto, aumentaban algunas bacterias relacionadas con inflamación de bajo grado. Además, estos animales no ganaban tanto peso como se esperaba.

En las hembras también se observaron cambios en la composición de la microbiota: algunas bacterias aumentaban y otras disminuían. En este caso, los autores señalan que esos cambios no parecían claramente perjudiciales, pero recuerdan que una mayor diversidad microbiana suele considerarse, en general, una señal de salud intestinal.

Dicho de otra manera: el colorante no tuvo exactamente el mismo efecto en machos y hembras, y eso apunta a una posible respuesta diferente según el sexo.

Un estudio en ratas, no en niños

Este matiz es fundamental. El estudio no se ha hecho en niños, sino en ratas jóvenes. Por tanto, no podemos concluir directamente que la tartrazina en niños produzca los mismos efectos ni con la misma intensidad.

Los estudios en animales sirven para detectar señales, explorar mecanismos y generar hipótesis, pero después hace falta más investigación en humanos para saber qué implicaciones reales tienen esos hallazgos.

Así que el mensaje no debería ser: "este colorante daña la microbiota de los niños". El mensaje más prudente sería: "en un modelo animal joven, la tartrazina alteró la microbiota intestinal incluso en dosis consideradas seguras, y esto plantea preguntas sobre el impacto a largo plazo de algunos aditivos alimentarios durante etapas tempranas del desarrollo".

Y eso ya es suficientemente relevante.

Por qué importa la microbiota en la infancia

La microbiota intestinal infantil no es un detalle menor. Durante los primeros años de vida se está formando y estabilizando. Depende de muchos factores: el tipo de parto, la lactancia, la alimentación complementaria, los antibióticos, las infecciones, el entorno, el contacto con animales, la dieta familiar y, probablemente, también la exposición frecuente a determinados aditivos.

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Una microbiota equilibrada no garantiza por sí sola una salud perfecta, porque la salud nunca depende de un único factor. Pero sí sabemos que el intestino y sus microorganismos tienen una relación estrecha con el sistema inmunitario, la inflamación, el metabolismo y la salud digestiva.

Por eso cualquier sustancia capaz de modificar de forma significativa ese equilibrio durante la primera infancia merece ser estudiada con calma. No para generar alarma, sino para comprender mejor qué ocurre cuando los niños consumen con frecuencia productos ultraprocesados que contienen colorantes alimentarios sintéticos.

Lo que dicen los autores

El destacado médico e investigador turco, especializado en Fisiología Médica y autor del correspondiente estudio, Ali Doğan Dursun, explicó que cualquier cambio importante en el equilibrio microbiano durante etapas tempranas, especialmente cuando ocurre con niveles considerados seguros, merece atención.

También señaló que la tartrazina puede alterar de forma significativa la microbiota y los patrones de crecimiento físico, y que estos efectos parecen depender del sexo y de la etapa del desarrollo.

Los autores plantean, por tanto, la necesidad de reevaluar el posible impacto a largo plazo de algunos aditivos alimentarios comunes sobre la salud infantil.

Esto no significa que haya que entrar en pánico cada vez que un niño toma un alimento con colorante. Pero sí invita a una reflexión bastante sencilla: si un producto necesita muchos colores artificiales para resultar atractivo, quizá no debería formar parte habitual de la alimentación infantil.

No se trata de demonizar un ingrediente aislado

A veces caemos en la trampa de buscar "el enemigo" en un único ingrediente: el azúcar, el gluten, los conservantes, los colorantes, los edulcorantes, el aceite de palma… Y la alimentación infantil es más compleja que eso.

Un colorante puntual no define la salud de un niño. Lo que pesa de verdad es el patrón global: qué come habitualmente, qué presencia tienen los alimentos frescos, cuántos ultraprocesados consume, qué disponibilidad hay en casa, cómo son las comidas familiares y qué relación se está construyendo con la comida.

Pero dicho esto, también es verdad que los colorantes artificiales suelen aparecer en productos que, nutricionalmente, no aportan demasiado: bebidas azucaradas, snacks, bollería, cereales muy procesados, chucherías, postres industriales o alimentos diseñados para llamar la atención de los niños.

Así que reducir su presencia suele ser una buena idea, no solo por el colorante en sí, sino porque normalmente implica desplazar productos poco interesantes y dejar más espacio a alimentos reales.

Qué pueden hacer las familias

La recomendación más sensata no es obsesionarse leyendo cada etiqueta hasta perder la tranquilidad. La recomendación es más simple: cuanto más basada esté la alimentación familiar en alimentos frescos o mínimamente procesados, menos exposición habrá a aditivos innecesarios.

Fruta, verdura, legumbres, cereales integrales, frutos secos cuando corresponda por edad y formato seguro, huevo, pescado, carne, aceite de oliva, lácteos naturales si se consumen, agua y comida de casa. No hace falta que sea perfecto. Hace falta que lo habitual sea razonable.

Y cuando se compran productos envasados, sí puede ser útil mirar la lista de ingredientes. Si aparece tartrazina, Yellow 5 o E102 —su denominación habitual en la Unión Europea—, al menos sabremos qué estamos comprando.

No para prohibirlo todo. Pero sí para decidir con más criterio.

El mensaje importante

Este estudio no demuestra que la tartrazina sea peligrosa para todos los niños ni que un consumo puntual vaya a causar un problema. Tampoco sustituye a los estudios en humanos ni permite sacar conclusiones definitivas sobre salud infantil.

Pero sí añade una señal de prudencia: algunos aditivos alimentarios que consideramos seguros podrían tener efectos más sutiles sobre la microbiota intestinal durante etapas tempranas del desarrollo, y quizá necesitamos estudiarlos mejor.

Mientras tanto, el consejo de fondo sigue siendo el de siempre: menos productos que parecen diseñados por el marketing y más comida de verdad. Porque la infancia no necesita alimentos de colores imposibles para comer bien. Necesita alimentos sencillos, variados, seguros y ofrecidos sin presión.

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