Los adolescentes suelen ser presionados por alguien que conocen para que envíen fotos de contenido sexual

La sextorsión a menores suele llevarse a cabo por personas conocidas por la víctima.

Redacción CSC7 min de lectura
Los adolescentes suelen ser presionados por alguien que conocen para que envíen fotos de contenido sexual

Un estudio internacional publicado en JAMA Network Open, sondeó a más de 6.200 jóvenes de entre 18 y 28 años sobre las experiencias vividas antes de cumplir la mayoría de edad. Los investigadores alertan de que muchos adolescentes se sienten presionados para enviar imágenes sexuales. Los expertos piden más educación afectivo-sexual y menos culpabilización.

Muchos adolescentes se sienten presionados para enviar fotos sexuales

La adolescencia siempre ha sido una etapa compleja. Necesidad de pertenecer, descubrimiento del cuerpo, primeras relaciones, inseguridades, deseo de aceptación y miedo al rechazo. Pero las redes sociales y los móviles han cambiado profundamente cómo viven todo eso los adolescentes.

Ahora la intimidad también circula por pantallas. Y eso ha traído nuevas formas de presión que muchas familias no terminan de ver del todo.

Un nuevo estudio internacional alerta de que una proporción importante de adolescentes se siente presionada para enviar imágenes sexuales o participar en prácticas digitales que no desean realmente.

El problema no es solo el envío de imágenes. El problema es el contexto emocional en el que ocurre: presión, miedo a perder la relación, necesidad de validación, insistencia de la pareja o temor a quedar excluidos.

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Qué investigó el estudio

La investigación analizó experiencias relacionadas con el llamado sexting coercitivo, es decir, situaciones en las que adolescentes sienten presión, manipulación o insistencia para compartir fotos o vídeos íntimos.

Los investigadores encontraron que muchos jóvenes no enviaban estas imágenes de forma completamente libre o espontánea, sino condicionados por dinámicas de presión interpersonal. Y esa presión podía venir de distintas formas:

  • insistencia constante;
  • chantaje emocional;
  • amenazas de ruptura;
  • presión grupal;
  • necesidad de aceptación;
  • o miedo a decepcionar a la otra persona.

Es decir, no siempre hablamos de violencia explícita. A veces hablamos de adolescentes que sienten que "deben" hacerlo para mantener el vínculo o encajar socialmente.

El consentimiento también existe en lo digital

Uno de los mensajes más importantes es este: el consentimiento no desaparece porque la interacción ocurra por móvil. Una imagen enviada bajo presión no deja de ser problemática porque haya habido un "sí" verbal o digital. Si un adolescente siente miedo a perder la relación, presión insistente o incapacidad real para negarse, el consentimiento está condicionado.

Y esto es algo que necesitamos enseñar mucho mejor. Porque muchos jóvenes han crecido recibiendo mensajes contradictorios:

  • hiperexposición sexual en redes;
  • presión estética constante;
  • validación basada en la atención;
  • y poca educación emocional y sexoafectiva real sobre límites y relaciones sanas.

El problema no es solo la tecnología

A veces los adultos simplificamos demasiado: "El problema son los móviles". Pero el móvil no crea por sí solo las dinámicas de presión. El problema tiene más que ver con:

  • cómo entendemos las relaciones;
  • cómo se construye la autoestima;
  • qué se espera de chicos y chicas;
  • y cómo se maneja el consentimiento y el rechazo.

Porque detrás de muchas situaciones de sexting adolescente hay necesidad de aceptación emocional.

Las chicas suelen sufrir más presión y consecuencias

Aunque cualquier adolescente puede verse afectado, distintos estudios muestran que las chicas suelen experimentar más presión para enviar imágenes sexuales y también más consecuencias negativas cuando esas imágenes circulan.

Existe todavía una doble vara de medir muy fuerte: al chico se le puede reforzar socialmente; mientras que la chica suele ser más juzgada, culpabilizada o humillada. Y esto agrava muchísimo el impacto emocional.

El problema no se resuelve diciendo simplemente: "No mandes fotos". Porque la raíz también está en cómo educamos el respeto, la presión de grupo y la sexualidad.

La vergüenza hace que muchos adolescentes no pidan ayuda

Muchos jóvenes viven estas situaciones completamente solos. No cuentan lo que ocurre por miedo a ser castigados, a que les quiten el móvil, a decepcionar a sus padres o a sentirse juzgados.

Y ahí aparece otro problema importante: cuando los adultos reaccionan solo desde el enfado o el control, el adolescente aprende a esconder más las cosas, no a protegerse mejor.

Por eso es tan importante construir espacios donde puedan hablar sin miedo.

La educación afectivo-sexual importa muchísimo

El estudio insiste en la necesidad de mejorar la educación sexual y emocional en adolescentes. Y aquí conviene aclarar algo: educación sexual no significa enseñar únicamente anatomía o anticoncepción. También significa hablar de:

  • consentimiento;
  • presión;
  • autoestima;
  • vínculos sanos;
  • intimidad;
  • límites;
  • manipulación emocional;
  • y respeto digital.

Muchos adolescentes saben usar perfectamente una app, pero no saben identificar una relación manipuladora.

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Qué señales pueden alertar

No siempre es fácil detectar estas situaciones, pero algunas señales pueden hacer pensar que un adolescente está viviendo presión digital o malestar relacionado con imágenes íntimas:

  • cambios bruscos de ánimo;
  • ansiedad;
  • aislamiento;
  • miedo intenso al móvil o a las redes;
  • irritabilidad;
  • vergüenza;
  • rechazo a ir al instituto;
  • o preocupación constante por lo que otros puedan ver o compartir.

En algunos casos puede aparecer acoso digital, difusión no consentida de imágenes o humillación pública. Y el impacto psicológico puede ser enorme.

El problema de culpar siempre al adolescente

Cuando ocurre una difusión de imágenes íntimas, todavía es frecuente escuchar: "¿Y para qué envió la foto?". Pero esa pregunta desplaza el foco. La responsabilidad principal está en quien presiona, manipula o difunde contenido sin consentimiento.

Eso no significa ignorar los riesgos. Claro que hay que enseñar privacidad y protección digital. Pero educar no puede convertirse en culpabilizar a quien ha sido presionado o expuesto.

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Los chicos también necesitan otra educación emocional

Otro aspecto importante es cómo educamos a los chicos en torno al deseo, la masculinidad y el consentimiento. Muchos adolescentes varones crecen con mensajes que normalizan la insistencia, la presión o la validación basada en conseguir imágenes íntimas.

Por eso prevenir no pasa solo por proteger a las chicas. También pasa por enseñar a los chicos:

  • empatía;
  • respeto;
  • límites;
  • gestión del rechazo;
  • y relaciones igualitarias.

Qué pueden hacer las familias

Las familias no necesitan convertirse en policías digitales permanentes. Pero sí ayuda:

  • hablar del tema antes de que haya problemas;
  • evitar reaccionar solo desde el castigo;
  • interesarse por cómo viven las relaciones;
  • y enseñar que nadie tiene derecho a presionar para obtener imágenes íntimas.

También es importante que los adolescentes sepan que pueden pedir ayuda incluso si han cometido errores. Porque el miedo al castigo a veces los deja atrapados en situaciones muy dañinas.

Qué concluyen los investigadores

Los autores del estudio destacan que el sexting coercitivo es una realidad frecuente y que hace falta abordarlo desde la educación, la prevención y el apoyo emocional, no solo desde el control tecnológico.

También señalan que las dinámicas de presión digital pueden afectar seriamente al bienestar psicológico de los adolescentes y que es necesario seguir investigando cómo proteger mejor a los jóvenes en entornos digitales.

Más conversación y menos juicio

La adolescencia necesita más conversación y menos juicio. Muchos jóvenes están creciendo en un entorno donde la validación social, la sexualidad y las relaciones pasan constantemente por una pantalla. Y eso genera vulnerabilidades nuevas que no siempre saben manejar solos.

Por eso el objetivo no debería ser solo prohibir o vigilar. El objetivo debería ser ayudarles a entender algo fundamental: que el consentimiento también existe online, que nadie tiene derecho a presionarlos, y que una relación sana nunca debería depender de enviar algo que no quieren compartir.