El síndrome de la mala madre: ¿Qué pasa cuando no encajo en el rol maternal impuesto socialmente?

El síndrome de la mala madre es un conjunto de sentimientos asociados a un autoconcepto negativo como madre

Tania Losada4 min de lectura
El síndrome de la mala madre: ¿Qué pasa cuando no encajo en el rol maternal impuesto socialmente?

Ser madre es una experiencia profundamente transformadora. No solo cambia tu vida en lo práctico, sino también en lo emocional, en lo corporal y en lo identitario. En mi caso, vivir mi embarazo y mi lactancia me conectó con una parte muy primitiva, muy instintiva, casi salvaje. Con esa naturaleza animal que habita en nosotras y que, durante siglos, ha sostenido la supervivencia de la especie.

Pero no todas las mujeres viven la maternidad del mismo modo. Y no todas la sienten igual. Aun así, hay una frase que se repite con demasiada frecuencia: “Siento que no lo hago bien como madre”.

Hoy hablamos de estereotipos en la maternidad, de cómo nos atraviesan y de qué es eso que se conoce como el síndrome de la mala madre.

¿Por qué me siento una mala madre? ¿Cómo saber si sufro el síndrome de la mala madre?

Vayamos por partes. Durante siglos, la maternidad ha sido presentada como la finalidad social principal de la mujer: parir, cuidar, sostener, procurar bienestar. Ese mandato no es neutro. Tras tantos años de repetición, ha calado hondo en el imaginario colectivo y también en la construcción de nuestra identidad.

Una “buena madre” tradicional exigía abnegación, sacrificio, dulzura constante y una renuncia casi absoluta a las propias necesidades, deseos o proyectos personales. Incluso antes de la incorporación masiva de las mujeres al mercado laboral, este ideal ya era profundamente injusto. Pero hoy, en un contexto en el que muchas mujeres trabajan fuera de casa —por deseo, por necesidad o por ambas cosas—, ese modelo se ha convertido directamente en una utopía inalcanzable.

¿Qué es el síndrome de la mala madre?

El llamado síndrome de la mala madre no es un diagnóstico clínico, sino un conjunto de sentimientos persistentes ligados a un autoconcepto negativo como madre. Es esa sensación constante de que deberías estar más, hacer más, hacerlo mejor. Tener más paciencia, más energía, más disponibilidad emocional. Ser más cariñosa, más creativa, más calmada.

El primer gran problema aparece cuando el ideal de buena madre no se revisa, sino que se amplía. Si hace décadas implicaba invisibilizarse por completo para cuidar, hoy exige, además, hacerlo todo bien en todos los ámbitos. Ser una madre presente y entregada como si no trabajaras fuera de casa, y desarrollar al mismo tiempo una carrera profesional sólida como si no tuvieras responsabilidades de cuidado.

Pero la lista no termina ahí. También deberías cuidar la relación de pareja, mantenerte activa y atractiva, tener vida social, viajar, ir al gimnasio, formarte continuamente, cultivar aficiones, cocinar de forma saludable e innovadora… y, por supuesto, hacerlo todo con una sonrisa. Si además puedes mostrarlo en redes sociales y proyectar una imagen de plenitud constante, mejor.

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Aquí surge el verdadero conflicto: las horas del día siguen siendo 24. No se han ampliado en proporción a las exigencias. Y cuando las cuentas no salen —porque no pueden salir— aparece la culpa. La sensación de no llegar. De estar fallando.

El pediatra y psicoanalista Donald Winnicott hablaba de la madre suficientemente buena, una figura muy alejada de la perfección. Para él, una madre no necesita hacerlo todo bien, sino estar disponible de forma realista, humana y posible. El problema es que el modelo social actual no deja espacio para esa suficiencia: empuja directamente a la exigencia imposible.

¿Qué hacer si me siento una mala madre?

En los últimos años incluso se ha puesto “de moda” reivindicarse como mala madre. Y conviene aclararlo: no se trata de justificar negligencias ni de normalizar el maltrato. En nuestra Tribu CSC defendemos una crianza respetuosa y consciente. Pero si tener sueños propios, disfrutar del trabajo, mantener amistades, salir alguna noche sin criaturas o necesitar momentos de silencio te convierte en una “mala madre”, entonces muchas lo somos.

Adoro a mi hijo. Disfruto profundamente de la maternidad y encajo bastante bien en el modelo maternal que socialmente se espera. Y aun así, disfruto cuando no estoy con él y tengo tiempo para mí. Porque, como mujer y persona, hay momentos en los que necesito mi espacio.

Nada de eso me convierte en una mala madre. Porque ser madre no anula a la mujer que soy. Porque mi hijo no necesita a una madre perfecta, sino una madre viva, con deseos, con límites, con emociones reales. Una madre que se equivoca, que pide perdón, que se levanta y vuelve a intentarlo.

También me gusta que me vea imperfecta. Mostrar vulnerabilidad, fallar, reparar. Porque solo así aprenderá que no tiene que ser perfecto para ser querido.

Así que, si tú también te sientes una “mala madre”, quizá lo único que te esté pasando es que no encajas en un modelo imposible. Las madres perfectas no existen. Y, lo más importante, ningún niño o niña las necesita. Nos necesitan suficientemente buenas, conscientes de nuestros límites, capaces de acompañar sin anularnos. Nos necesitan libres, no exhaustas intentando encajar en un rol que nunca fue pensado para un ser humano.