Regulación emocional: Cómo y cuándo trabajar las emociones con los peques y qué tipo de materiales pueden servirnos de apoyo

Durante la infancia y la adolescencia nuestros hijos necesitan nuestro acompañamiento para entrenar el autocontrol

Armando BastidaArmando Bastida5 min de lectura
Regulación emocional: Cómo y cuándo trabajar las emociones con los peques y qué tipo de materiales pueden servirnos de apoyo

Durante los últimos años escuchamos hablar cada vez más de educación emocional, de regulación emocional, de inteligencia emocional… y no es una moda pasajera. Es la respuesta —tardía, pero necesaria— a generaciones enteras que crecimos sin que nadie nos enseñara qué hacer con lo que sentíamos.

Aprender a reconocer las emociones, a ponerles nombre y a transitarlas sin dañarnos ni dañar a los demás es una de las tareas más importantes en la crianza. Y, paradójicamente, también una de las más difíciles para madres y padres que fuimos educados en la represión emocional.

Porque a muchos de nosotros no nos enseñaron a sentir. Nos enseñaron a callar: “Los niños no lloran”, “No es para tanto”, “Deja de hacer numeritos”, “No te pongas así.”

Frases que no buscaban acompañar, sino apagar. Y cuando apagas una emoción no la eliminas: la desplazas, la enquistas o la conviertes en otra cosa.

Las emociones no son buenas ni malas

En la Tribu CSC lo repetimos a menudo: las emociones no son buenas ni malas. Todas cumplen una función adaptativa. El miedo nos protege, la tristeza nos conecta con la pérdida, la ira marca límites, la alegría refuerza vínculos.

Lo que a veces resulta incómodo no es la emoción en sí, sino lo que nos remueve como adultos. Pero negar una emoción no la hace desaparecer. Al contrario: la intensifica.

Daniel Siegel, psiquiatra y referente en neurobiología interpersonal, lo explica con claridad: "Name it to tame it" (nombrarla para calmarla). Cuando un niño puede identificar lo que siente y se siente entendido, su sistema nervioso desciende de la alerta al equilibrio.

¿Qué es la regulación emocional?

Las emociones varían en intensidad. Cuando permanecen dentro de la llamada “ventana de tolerancia”, podemos manejarlas sin perder el control. Pero cuando esa intensidad sobrepasa ciertos límites, se produce lo que se conoce como secuestro emocional: la amígdala toma el mando y la corteza prefrontal —responsable de la reflexión, la planificación y el autocontrol— queda prácticamente offline.

En ese estado, ni los adultos pensamos con claridad… y esperar que un niño lo haga es simplemente injusto.

Ayuda a tus hijos a conocer y regular sus emociones para formar una sana autoestima y relacionarse adecuadamente con su entorno con nuestro Seminario Online "Regulación Emocional"

El cerebro infantil aún está en construcción

El cerebro de un niño no es una versión pequeña del cerebro adulto. Es un cerebro inmaduro en pleno proceso de desarrollo. La corteza prefrontal, implicada en la autorregulación, no termina de madurar hasta bien entrada la adultez (alrededor de los 20-25 años).

Esto significa que el autocontrol no es una decisión, sino una habilidad que nuestros hijos no tienen desarrollada en absoluto, y que deben ir entrenando con acompañamiento, repetición y vínculo seguro.

Averigua cómo es el mundo emocional de tu hijo/a adolescente y cómo lidiar con sus emociones, con herramientas y claves para tener una buena comunicación con él/ella en el Seminario Online "Las emociones en la adolescencia"

Así, aunque mucha gente aún no lo entiende, cuando un niño se desborda emocionalmente no está manipulando. Está pidiendo ayuda, aunque no sepa cómo hacerlo con palabras.

Acompañar no es permitirlo todo

Acompañar una emoción no significa justificar cualquier conducta. Validar no es permitir. Se puede entender la emoción y, al mismo tiempo, poner límites claros a la conducta dañina: "Entiendo que estás muy enfadado, pero no puedo dejar que pegues", es una manera perfecta de validar una emoción y ayudarles a transitarla de manera más saludable.

Estrategias respetuosas para entrenar la regulación emocional

Tiempo fuera positivo

No se trata de aislar ni castigar, sino de ofrecer una pausa reparadora. Con el tiempo fuera positivo ayudamos al niño a recuperar la calma antes de actuar. Es el clásico “contar hasta diez”, pero adaptado con consciencia. Podemos presentarla como transformarnos en una tortuga que se mete un momento en su caparazón para recogerse, respirar profundamente varias veces y esperar. No es una evasión: es ayudarle a integrar lo que está sintiendo.

Rincón de la calma

Tener un espacio pensado no para castigar, sino para reconectar. Cojines, libros, botellas sensoriales, pelotas antiestrés… Elementos que ayudan al sistema nervioso a bajar su activación.

Lo importante no es el rincón en sí, sino que el niño sienta que ese espacio es seguro, no punitivo.

Canalizar la ira desde el cuerpo

La ira provoca una descarga de adrenalina, así que el peque necesita movimiento. Golpear un cojín, correr, saltar, empujar una pared, apretar una pelota… permiten liberar sin dañar.

No se trata de reprimir la energía, sino de darle una salida segura.

Meditación y respiración consciente

La evidencia muestra que ejercicios breves de respiración y atención plena ayudan a disminuir la activación fisiológica en niños y adolescentes, favoreciendo el autocontrol y la regulación del estrés.

Cinco respiraciones profundas pueden cambiar toda una tarde.

Cuentos como herramienta emocional

Los cuentos permiten identificar, simbolizar y normalizar las emociones. Historias que muestran que sentir es humano.

Algunos clásicos imprescindibles:

El monstruo de colores

Emocionario

El gran hotel de las emociones

Pero lo verdadero ocurre después del cuento: cuando dialogamos, preguntamos y escuchamos.

Educar en emociones es sembrar autoestima

Un niño que aprende que sus emociones importan, que no tiene que esconderlas para ser querido, que puede sentirse acompañado incluso en su desborde… construye una autoestima sólida y relaciones más sanas en el futuro.

No se trata de criar niños que nunca se enfaden. Se trata de criar niños que sepan qué hacer cuando lo hacen. Regular las emociones no es reprimir, sino comprender, acompañar y permitirse acompañar. Sostener y dejar que te sostengan. Y, sobre todo, es confiar en que el vínculo, una vez más, es la base de todo.