No tengo que perdonarte que no me dieras pecho, mamá (ni tú tampoco)

Por qué es tan importante que los profesionales de la salud sepamos de lactancia (o sepamos que no sabemos)

Armando BastidaArmando Bastida5 min de lectura
No tengo que perdonarte que no me dieras pecho, mamá (ni tú tampoco)
Sé que lloraste. Sé que lloraste mucho. Lo sé porque te vi. Lo sé porque lo sentí. Lo sé porque más de una de tus lágrimas cayeron sobre mi piel, y las noté resbalar hasta perderse; todas, excepto aquellas que rescatabas con tus dedos, mirándome apenada, sintiéndote culpable por el simple hecho de haberme mojado con tu sufrimiento. Lloraste antes, y lloraste después. Al principio de dolor, de angustia, de cansancio y de desesperación, como única válvula de escape de un grito que crecía en tu interior pero no te atrevías a dejar salir, y luego de culpabilidad, de sentir que podías haber hecho más, aguantado más y luchado aún más. Y lloré contigo, porque te necesitaba, y no eras suficiente. Aunque no me soltabas, nunca eras suficiente. Lo que empezó como amor, calor líquido y caricias, pronto acabó siendo dolor, hambre y desesperación. Incluso sangre, cuando tu piel se quebró en forma de grietas. Nuestros corazones, días atrás sincronizados en una armoniosa melodía celestial, se aceleraban al unísono en un estruendoso ruido lleno de jadeos, tuyos y míos. Yo por no recibir más, tú por no poder más. Yo de hambre, tú de dolor. Y apareció el rechazo, ese que duele más que un puñal directo al pecho, porque de repente empezaste a desear que me callara, que no llorara más, que dejara de necesitarte. Como la campana de los perros de Pavlov, que los hacía salivar porque sabían que llegaba la carne, mi llanto te hacía saber que llegaba el momento de amamantar, de dar el pecho. Eso que iba a ser tan bonito, ese dar a tu bebé lo mejor de ti misma, ese sentir que de tus entrañas nace el amor líquido que hace crecer a tu pequeño. Orgullo, fuerza, amor, pasión, naturaleza viva y poderosa. Pero no era eso. Era dolor, estremecimiento, miedo… un cuerpo erizado y asustado cada vez que me oía llorar. Incluso de noche despertabas en una inspiración forzada y profunda, de vuelta a la consciencia, arrancada violentamente del descanso, creyendo haberme oído llorar sin ser cierto. Las bonitas imágenes que evocaste durante el embarazo no aparecían. Esa madre que habías imaginado cientos de veces no existía. Ni ese bebé. Se suponía que iba a ser mágico. Se suponía que iba a ser precioso. Se suponía que iba a ser todo un poco más fácil. Se suponía que no ibas a sentirte tan sola. Se suponía… Y de repente sentiste el dolor del amor, o del desamor. El de darte cuenta de que me cuidabas porque más que enamorada te sentías responsable: “Yo decidí tenerte, yo debo cuidarte; yo decidí ser tu madre, y ahora debo serlo”.   Todo el apoyo y el cariño que necesitas lo encontrarás en nuestra Tribu CSC. Apúntate ya: el Primer Mes es Gratis.   ¿Cómo amarme si solo era un bebé llorando? Llorando por encima de mis posibilidades, llorando por encima de las tuyas. Llorando hasta hacerte creer que no se puede llorar más. Llorando sin dormir, y sin dejarte dormir; sin descansar y sin dejarte descansar. Llorando en tus brazos, llorando en tu pecho, haciéndote llorar. Los dos. Llorando los dos. Sé que agotada, pálida, ojerosa, despeinada y abatida, prácticamente rota, ahí donde nadie es capaz de llegar sin caer en la locura, decidiste ayudarte para ayudarme. ¿Cuántas personas lo intentaron? Ya ni lo recuerdo. Fueron tantas, y tantas las soluciones que no funcionaron, que perdimos la cuenta, tú y yo. Cada idea era una esperanza, y cada día te hundías más y más, al ver que siempre acabábamos igual: tú llorando, yo llorando. Y un día, ese en el que ya no sabías si era lunes o jueves, si era de día o de noche, si eras madre o solo una parte de mi cuerpo, adherida a mis labios, sudando con cada succión, gritando y jadeando entre las mandíbulas cerradas, sintiendo que la vida ya se te escapaba, decidiste que era el momento de cambiar. Y lloraste de nuevo. Lloraste antes, y lloraste después. Antes por no poder, ahora por no haber podido. Antes porque apenas comía, ahora porque sí lo hacía. Y me pediste perdón, pero no debías.     No me debes nada, pues me diste la vida, y no solo al nacer, me la diste cada día. Cada día… o como te oí decir: “Cada puñetero día”. Con sus horas, sus minutos y segundos, como uña y carne, madre y bebé, piel con piel, aún juntos, como si el cordón siguiera unido. Pasarán meses hasta que te lo perdones. Quizás pasen años. Quizás no suceda nunca. Pero tampoco deberías, porque yo no te quería por tu leche; yo… simplemente, te quería. Te quería como ahora te quiero, como tú debes quererte, imperfecta, como todos, como siempre. Ahora nuestros corazones laten de nuevo tranquilos, sosegados y a la vez. Ahora vuelven a hablar de amor. Hablan cuando me abrazas y de nuevo se toca la piel, y me aferro con mis manos al pecho que pudo ser y no fue, mientras mis labios se dirigen hacia ti, en un beso de babas y risas desdentadas. No me pidas perdón y no te pidas perdón. No fue nuestra culpa. No fue tu culpa. Yo no supe más, y tú tampoco. Y quien debió saber, no supo, porque ni siquiera fueron capaces de saber que no sabían, aunque te lo hicieron creer. Ahora queda amor, risas y babas.  Yo no necesito más. Espero que tú tampoco. Te quiero, mamá. Te quiero mucho.