Las rabietas son, sin duda, uno de los grandes retos de la crianza. No es casualidad que en este blog tengamos varias entradas dedicadas a ellas ni que, en la Tribu CSC, recibamos tantas consultas relacionadas con cómo gestionarlas. De hecho, contamos también con un seminario específico sobre rabietas que las familias miembro pueden ver sin coste adicional.
A lo largo del tiempo hemos hablado mucho sobre cómo acompañar una rabieta de forma respetuosa, sin castigos, gritos ni amenazas. Pero hay una pregunta que aparece una y otra vez: “¿No se pueden evitar las rabietas?”
Y aquí toca empezar con honestidad. No existe ninguna varita mágica que haga desaparecer las rabietas. Y, de hecho, tampoco sería deseable.

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Las rabietas forman parte del desarrollo infantil. Están íntimamente ligadas a la inmadurez neurológica, especialmente de las áreas del cerebro encargadas del control de impulsos y de la regulación emocional, que no maduran por completo hasta bien entrada la adolescencia. Como explican autores como Daniel Siegel o Allan Schore, el cerebro infantil siente mucho más de lo que puede gestionar.
¿Entonces no se puede hacer nada?
Que las rabietas sean normales no significa que tengamos que resignarnos a vivir en una explosión constante. Las rabietas son una expresión de frustración, de cansancio, de hambre o de necesidad no satisfecha. Y cuando aparecen, alguien lo está pasando mal: el niño… y también el adulto que acompaña.
Por eso, aunque no podamos evitarlas todas, sí podemos reducir muchas de ellas adelantándonos a las situaciones que las provocan.
Evitar las rabietas adelantándose a ellas
Asumiendo que no existen garantías al 100%, tener en cuenta ciertos factores del día a día puede marcar una gran diferencia. Si estás en una etapa en la que las rabietas forman parte habitual de vuestra rutina, estas ideas pueden ayudarte:
Elige las batallas
Durante esta etapa, niñas y niños están construyendo su identidad y su autonomía. Necesitan sentir que tienen cierto control sobre su vida. No pueden decidirlo todo —eso lo sabemos—, pero sí pueden decidir algo.
No pueden elegir comprar toda la tienda de juguetes, pero quizá sí pueden decidir qué camiseta ponerse o qué cuento leer antes de dormir. Cuantas más decisiones adecuadas a su edad puedan tomar, menos frustración acumulada habrá.
Pregúntate: ¿Esto es realmente innegociable? ¿O puedo flexibilizar sin que pase nada grave?
Elegir las batallas reduce conflictos innecesarios.

Evita la ocasión (cuando sea posible)
Hay situaciones que sabemos, casi con total seguridad, que acabarán en rabieta. Si cada mañana hay un drama porque quiere quedarse en el parque y no entrar al cole, quizá durante una temporada pueda funcionar cambiar de ruta. Y no pasar al lado del parque.
No es rendirse. Es adaptar el entorno al momento evolutivo de tu hijo.
Establece rutinas y horarios
El hambre y el sueño son grandes detonantes de rabietas. Cuando el cuerpo está agotado, el cerebro emocional toma el mando y la capacidad de autocontrol desaparece.
Puede ser útil observar patrones:
- ¿A qué hora suelen aparecer las rabietas?
- ¿Después de un día largo?
- ¿Antes de comer o de dormir?
Ajustar rutinas, adelantar comidas o respetar más los tiempos de descanso puede reducir muchas explosiones emocionales.
Anticípate y pon palabras antes
Hay escenarios “de riesgo” que conocemos bien: el supermercado, las tiendas, las salidas largas… Anticipar no es amenazar, es informar y preparar.
Por ejemplo: “Vamos al súper a comprar fruta y pan. Hoy puedes elegir una cosa que te apetezca, solo una. Piensa cuál será.”
De esta manera, el niño no se enfrenta a una sorpresa constante ni a límites improvisados en caliente, que suelen disparar la frustración.
Prueba a desviar la atención (sin insistir)
Cuando notes que la rabieta está a punto de aparecer, a veces funciona cambiar el foco: proponer un juego, hacer una pregunta inesperada, introducir humor. El humor, de hecho, es una herramienta muy potente de regulación emocional.
Eso sí: si no funciona y el interés sigue ahí, no pasa nada. No hace falta forzar la distracción, y en muchas ocasiones, distraerlo evitará que aprenda a tolerar la frustración. Así que, si urge tratar de evitarla, inténtalo. Si no, tocará acompañar la rabieta cuando llegue.

Mantén la calma (aunque no sea fácil)
Probablemente sea el punto más complicado… y el más importante. Las neuronas espejo hacen su trabajo constantemente. El estado emocional del adulto influye directamente en el del niño. Si nosotros gritamos, nos tensamos o perdemos el control, su sistema nervioso se activa aún más.
Mantener la calma no significa no sentir nada, sino no desbordarnos.

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Y si la rabieta finalmente aparece, esa calma será clave para acompañarla con respeto, presencia y seguridad.
Porque las rabietas no se educan. Se acompañan. Y cuando un niño siente que no está solo en su tormenta emocional, poco a poco aprende a atravesarla mejor.
Si quieres profundizar más en este tema, en la Tribu CSC tienes cursos y seminarios específicos sobre rabietas y regulación emocional, pensados para ayudarte a comprender qué pasa en su cerebro… y también en el tuyo.
Criar con sentido común también es entender que no todo se puede evitar, pero sí acompañar mejor.
