Y mi cicatriz se convirtió en sonrisa (por Sofía Ribes)
La herida que puede tardar meses o años en sanar, de la que tanto se puede aprender
Criar con Sentido Común7 min de lectura

Una imagen vale más que mil palabras, sin duda alguna.
Esta fotografía fue tomada en el momento que Rocío (íntima amiga), nombraba orgullosa, con un amor y un respeto inmenso, mi cesárea.
Ahí fui consciente de cuánto dolor llevaba en mi alma por esa cicatriz y que desde luego, no superaba.
Mi deseo de parir y gozar el parto, sabiendo de la naturaleza de su curso y confiando en mi cuerpo como mujer, no me permitió jamás pensar que necesitar una cesárea fuese una opción. ¿Por qué iba a pensar en esa opción? ¿Quizás idealicé excesivamente mi parto? No, simplemente lo deseaba y lo esperaba calmada (precisamente no soy una persona tranquila ni paciente), tan calmada que no me preparé, ni para el parto ni para cualquier contratiempo que pudiese surgir.
Mi parto-cesárea surgió en la semana 38 de gestación, esa tarde casualmente se puso de parto mi perra, fue una situación horrible pues no sabemos por qué pero se puso muy nerviosa y murieron dos cachorros, empezó a destrozar todo lo que estuviese a su alcance, botes de cristal de una caja, cajas de cartón..., en el garaje, sacaba a un cachorro y se lo llevaba lejos, cogía a otro y se lo llevaba a otra punta de la finca aún sin lamer, y un sinfín de actos que a mí por querer ayudarla me generaron bastante trajín y estrés hasta que mi suegra vino a ayudarme.
De repente comencé a darme cuenta que tenía contracciones de Braxton Hicks (sabía que no eran de parto porque eran totalmente indoloras y duraban segundos largos), pero me extrañó que me sucedían cada 10 minutos. Esto ocurrió como a las 18:00h. Estuve así dos horas y de repente noté que mojaba mi ropa interior. Era un líquido claro, y rápido pensé en que sería líquido amniótico. Así me ocurrió hasta en seis ocasiones en una hora.
Mi pareja me recomendó tumbarme. En ese momento pensé en Iago y le hablé en alto, le dije: "Mándame una señal que me oriente", y rompí aguas. Ambos nos quedamos alucinados por esa complicidad y comunicación que tuvimos, esto nos obligó a asistir al hospital, según las indicaciones de rotura de bolsa (vivimos a 60 km).
Una vez allí nos dieron la opción de quedarnos ingresados por la lejanía, y aceptamos. Me valoraron y me informaron: "Tienes el útero como un puño cerrado". Así, tal cual, la expresión. Me fueron haciendo tactos cada tres o cuatro horas; cada vez que iba a un tacto me frustraba más porque no había dilatado prácticamente nada y nadie me animaba ni me guiaba.
Pasaban las horas y seguía con contracciones cada cinco a siete minutos. Habían pasado treinta horas desde el inicio de la rotura de la bolsa. De repente sentí un dolor horrible en el coxis, sentí que mi cuerpo se partía en dos (literal), rápido me bajaron a la sala de partos, seguía con tres centímetros de dilatación y con cada contracción las constantes vitales de Iago eran anormales, así que me comunicaron la necesidad de realizar la cesárea.
En ese momento se me escaparon unas lágrimas, quise aparentar fortaleza ante mi pareja pero lo que no sabía, era como iba a ser aquello, tan frío.
Estar durante treinta y tres horas de proceso arropada y acompañada de mi amor (gracias Charly), y repentinamente encontrarme sola ante diez personas con mascarilla y batas que no articulaban palabra, una camilla alumbrada por enormes focos deslumbrantes que parecía estar metida en una nave espacial y una anestesista que pretendía tenerme quieta en el momento que me sacudía una contracción. Diez minutos tardé en escuchar el llanto de mi niño, rápido me lo acercaron y atontada por los anestésicos le di un beso y se lo llevaron rápidamente, qué dolor dar vida a un hijo de una forma tan fría, desvinculada y deshumanizada. Ni tan siquiera su papá le pudo dar su calor.
El dolor que he llevado durante estos tres años no ha sido únicamente por la forma de haber traído a la vida a mi hijo, por no haber pasado el proceso de parir tan necesario para afrontar y ser consciente de lo que la naturaleza te ha dado, no, ni por cómo me sentí o el dolor físico que no te deja ni tan siquiera atender las necesidades de tu hijo horas después. Parte de ese gran dolor, el haber pasado una cesárea, era por él, mi bebé también sufrió, no pasó por su canal, ese proceso tan importante que le ayudaría a afrontar la salida al nuevo mundo de forma progresiva activando cada parte de su cuerpo. Pasó de su calmada y maravillosa vida intrauterina a la vida extrauterina de forma brusca, separado de su madre, sin su olor, su calor, su respiración, ni lo más evidente y reconocible, sin su voz.
Y yo pensaba, si yo como persona formada, experimentada en la vida exterior, con capacidad de entendimiento y capacitada para afrontar la soledad, me siento como me estoy sintiendo, cómo debió sentirse esta criatura al nacer y no sentir a su madre.
En algún momento, en mi relación con mi hijo, he llegado a veces a sentir una pequeña desvinculación entre ambos; momentos sutiles y que quizás sólo perciba yo como madre y él como hijo, los que nos vimos afectados por el nacimiento por cesárea.
Tras la sutura, me llevaron a reanimación. Qué desamparo, sola, sin hablar con nadie, sin mi acompañante de camino, y lo más doloroso, sin mi hijo en mis entrañas ni fuera de ellas, un vacío que nunca olvidaré. Hasta que no pasaron tres horas no pude conocer a mi niño ni abrazar a Charly.
Mi hijo no estaba preparado para nacer, no era su momento, lo que implica que tampoco mi cuerpo estaba preparado para parir. Factores externos llevaron a mi cuerpo a un estado de estrés que favoreció la presencia de contracciones que nada implicaban y que terminaron por fisurar mi bolsa y en consecuencia pasado el tiempo su rotura, desencadenando un parto sin fluidez y obligado, sin pasar por su proceso natural bloqueando mi cuerpo y mente, lo que me llevó a no dilatar y por ende, a la no progresión del parto. Estas son mis propias conclusiones desde el primer momento que fui consciente de lo que había ocurrido y cómo había ocurrido. Establecer una lactancia maravillosa desde el momento que pude estar con mi bebé me dio fuerza y me ayudó con el vínculo con mi pequeño gran amor.
Ahora un nuevo camino recorremos, a unas semanas de mi fecha de parto, nos estamos preparando para una nueva experiencia.
Meses de lecturas ("Guía de la mujer consciente para un parto mejor" de Henci Goer, "¿Nacer por cesárea?" de Ibone Olza, "Guia del nacimiento" de Ina May Gaskin, "La maternidad y el encuentro con la propia sombra" de Laura Gutman) me están enseñando a saberlo todo sobre las instituciones, sus protocolos y aplicación de técnicas, ayudando a entender el proceso del parto, a confiar en mi cuerpo y en mi bebé entre otros muchos aprendizajes.
Gracias a dos maravillosas mujeres, matronas que he conocido y que por el amor a su arte y en parte forma de vida, me han apoyado, informado y animado. Gracias.
Gracias a testimonios de bellas mujeres que han pasado por partos naturales y PVDC (partos vaginales después de cesáreas), que me han animado muchísimo a creer, imaginar, soñar, idealizar sobre mi próximo parto. Ahora he aprendido a ser consciente de mi cuerpo, mente y alma escuchando mi interior y dejándome llevar por el positivismo y mi seguridad.
No sé cómo concurrirá el parto, pero mi fuerza, convicción e intención están con mi deseo de parir y con Oriol, aunque esta vez la cesárea ocupará una pequeña parte de mi mente para aceptarla de diferente forma en el momento que llegue, si acaso tiene que llegar.
No sé cómo, ni porqué, este camino de preparación para el nuevo parto me ha hecho conseguir lo más grande e importante en este momento para mí: acepté mi cicatriz, el nacimiento de mi hijo y puedo decir "Ama tu cesárea y honra el camino de tu hijo". Ya no me río sarcásticamente de dicha frase, ahora hablo, leo y escribo sin dolor.
Gracias a Johnny García, fotógrafo de bodas (mi cuñado). Esta imagen me recordará para siempre no el día de nuestra unión familiar, sino el nacimiento de mi hijo y la cicatriz que dejó en mi vientre y alma, ahora ya curada.
Foto | Johnny García (fotógrafo de bodas)