Cuando la epidemia de coronavirus explotó en Italia y España se confirmó lo que se sospechaba en China: al contrario de lo que pasa con muchos otros virus, donde niños y mayores son los más afectados y que suelen estar en mayor riesgo,
los niños no sufrían el virus con la misma intensidad ni gravedad que las personas adultas, ni por supuesto que las personas más mayores, que son los más afectados. De hecho, eran el grupo de edad que menos sufría la enfermedad y menos muertes sumaba.
Los niños se contagian igual que los adultos
Durante meses se pensó que no se contagiaban, hasta que el estudio
Kids Corona nos demostró que
se contagian igual que los adultos (en las familias con casos, se contagiaban igual los adultos y los niños), con una particularidad:
la mayoría de peques lo pasa asintomático o leve, y una minoría sufre el llamado
síndrome inflamatorio multisistémico en niños (MIS-C), que al principio se confundía con el síndrome de Kawasaki y que
puede ser grave (sería el equivalente a la tormenta de citoquinas de los adultos que empeoran de manera significativa).
Faltaba por ver si contagiaban igual, más, o menos que las personas adultas, y durante meses hemos creído, a la luz de los datos, que contagiaban mucho menos. El estudio Kids Corona lleva semanas estudiando a los niños en los casales de verano, y pronto tendremos más datos.
Los niños portan una carga vírica elevada
Pero saltaron las primeras alarmas el 30 de julio, cuando se publicó
un estudio que mostró que
los niños infectados tienen al menos la misma cantidad de coronavirus en nariz y garganta que los adultos infectados, y que esto podría ser incluso más significativo en los menores de cinco años, que pueden portar
hasta 100 veces más virus que los adultos.

Los investigadores avisaron entonces de que había que estudiar bien esto, porque podría ser relevante a nivel de contagios en la comunidad.
El brote de Georgia y el estudio de Massachusetts
Justo esos últimos días de julio,
llega en forma de brote otro aviso a la comunidad científica y a gobiernos: en un campamento de verano donde hacían actividades dentro de las cabañas, con los monitores con mascarilla, pero los niños (6 a 19 años) sin ellas, se hicieron pruebas a 344 de todos ellos y dieron positivo 260 (
el 76% de los analizados): no solo se contagian igual que los adultos, parece que también tienen la capacidad de contagiarse entre sí, y en consecuencia, a los adultos.
Este 19 de agosto se publicó en
The Journal of Pediatrics un estudio realizado en Massachusetts que podría confirmarlo: con una muestra de
192 niños de entre 3 y 17 años (10,2 años de media), vieron que muchos peques lo pasan leve o asintomático, y a pesar de eso tienen una carga vírica en nariz y faringe, en los 2 días previos a los síntomas,
más elevada que aquellos adultos que están hospitalizados de gravedad por el virus.
Es decir, los niños, independientemente de la edad que tengan, pueden transportar
grandes cantidades de virus en su nasofaringe cuando no tienen ningún síntoma, y sobre todo en esos días,
pueden ser muy contagiosos.

Esto quiere decir que
pueden coger el virus en el cole y llevárselo a casa, y como dicen los investigadores: en las familias de pocos recursos, donde hay hogares con
varias generaciones conviviendo, esto es especialmente peligroso.
Y no te das cuenta, porque los niños pueden estar jugando, saltando, corriendo... tan felices, con una temperatura normal, sin un moco ni una tos,
y estar contagiando. Como el resto de los asintomáticos, claro...
Exterior vs interior
Esto parece que no ha cambiado todavía:
el 99% de los contagios se producen en interior. De esto nos enteramos allá por abril, cuando
un estudio hecho en China sobre
318 brotes demostró que
todos los contagios se habían producido en los hogares, excepto uno. Un contagio que dio entre dos personas que estuvieron un rato conversando al aire libre.
Esto quiere decir que la capacidad de contagio de los niños, en exterior, no es muy problemática, porque se relacionan de una manera muy peculiar. Aunque hablan entre sí, sobre todo los peques, establecen poco contacto visual, y están siempre desviando la mirada hacia sus juguetes, hacia lo que se estén trayendo entre manos, o salen corriendo... y así
es muy difícil contagiarse entre sí, o que te contagien.

Pero en interior, como bien dice la evidencia, todo cambia. En mayo
supimos que 1 minuto de conversación es suficiente para que una persona con el virus genere al menos 1.000 núcleos de gotas que contienen viriones (partícula vírica morfológicamente completa con capacidad de infectar), que
pueden permanecer en el aire de 8 a 14 minutos en espacios cerrados.
Si no es una persona sola la que habla, sino que hay varias, que además tienen una carga vírica elevada en su nasofaringe, que quizás tosan, que canten, que griten... en un espacio en el que hay poca distancia entre sí, es fácil pensar en que
más de un contagio se va a producir.
La vuelta al cole
Sí, claro. Estoy pensando en las aulas de los colegios de España,
con 25 peques de 2-3 años (y en adelante),
sin mascarilla (porque sería una locura imprudente ponerles mascarilla),
sin distancia (porque la socialización debe suceder así, en realidad, sin nadie que te diga que tu cuerpo es potencialmente infecto y que los demás no deben tocarte), y siento que
algo estamos haciendo mal de nuevo. Y eso que vamos avisados (¡Israel avisó! —ahora os lo cuento—).
Dinamarca se atrevió a dar el primer paso. Creó
grupos burbuja de 10 peques y un maestro (o maestra), y estableció horarios y espacios delimitados para que no hubiera contacto entre grupos. Todas las ciudades y la comunidad entera se volcó por y para los niños, y
se puso horarios a los parques (había momentos en que los ciudadanos no podían usarlos, para que fueran de uso exclusivo de los grupos burbuja), y se hizo uso de
museos, hoteles, bibliotecas y centros de conferencias como añadidos a las escuelas, de manera que los centros escolares pudieran descongestionarse.

Aunque en un primer momento vieron que los casos aumentaban, pronto observaron que se debía a un aumento de casos general en la comunidad, y que
lo que sucedía en las aulas era un reflejo de lo que sucedía fuera de ellas. Si lo controlaban fuera, estaría controlado dentro, y viceversa.
En España se ha decidido hacer grupos burbuja también, pero las ratios no se han modificado, ni parece que se vaya a hacer uso de otros espacios.
Las mismas aulas, los mismos niños, lavado de manos, mascarilla la profe y a ver qué pasa. No parece que el resultado vaya a ser el mismo.
En Dinamarca, con grupos burbuja tan pequeños pueden confinarse enseguida y controlar más o menos bien los contactos. En España, me vais a perdonar la expresión pero, un grupo de 25 niños en una clase no es un grupo burbuja:
es la fiesta de la espuma. Un solo caso pone en jaque a 25 peques y un docente. Dos casos en dos grupos diferentes, a 50 peques y dos docentes. Si tienen hermanos, quizás afecten a 3-4 grupos burbuja:
100 peques y cuatro docentes. Ponte a rastrear y buscar contactos y positivos. Imposible.
Israel avisó
Así lo confirmaron desde Israel a finales de mayo. Convencidos de que ya tenían el virus controlado y deseosos de recuperar la economía, los niños volvieron a las escuelas.
En pocos días tenían brotes inmensos en aulas y escuelas (algunos tremendamente llamativos a nivel internacional). El virus saltó a los hogares y se propagó entre las escuelas. Tuvieron que cerrar varias escuelas y
decenas de miles de estudiantes y profesores acabaron confinados, con cientos de contagios incluso entre los familiares.
Tras el resultado espantoso lanzaron un aviso al resto de países,
aconsejando que no hicieran lo mismo que ellos, pues lo consideraban
un gran fracaso y una mala idea.
Estamos a pocos días de la vuelta de niños y niñas a las escuelas de España. Todos pensábamos que haríamos un Dinamarca, o algo parecido, y
parece que vamos directos a hacer un Israel. Un Israel con un poco de España, claro, porque
aquí la conciliación familiar son los abuelos y las abuelas, que a menudo cuidan de los niños y niñas de sus hijos e hijas, primos entre sí, que por supuesto no formarán parte de la misma burbuja.
O sea, vamos a juntar, varias horas cada día, a niños y niñas que pueden contagiarse fácilmente en la escuela y ser positivos asintomáticos (o sintomáticos),
con las personas que más riesgo tienen de enfermar gravemente.

Y lo peor es
esa extraña sensación de incertidumbre y confusión que se nos queda al darnos cuenta de que tiempo han tenido para prepararlo, y no lo han hecho; como tiempo tuvieron para preparar la app de rastreos y aún no está completamente operativa; como tiempo tuvieron de preparar los equipos de rastreadores para la nueva normalidad, y tampoco tenemos los que se necesitarían para mantener al virus a raya.
Estamos en el inicio de la segunda ola, y
da la sensación de que a finales de septiembre se convertirá en un tsunami.