Cómo el cerebro autista procesa las caras de forma diferente: qué significa para niños, familias y escuela

Un nuevo estudio con casi 400 niños autistas muestra diferencias en cómo el cerebro procesa las caras.

Redacción CSC8 min de lectura
Cómo el cerebro autista procesa las caras de forma diferente: qué significa para niños, familias y escuela

Un nuevo estudio con casi 400 niños autistas muestra diferencias en cómo el cerebro procesa las caras. Te explicamos qué significa, por qué no hay que forzar el contacto visual y cómo apoyar mejor.

El cerebro autista procesa las caras de forma diferente: qué significa para niños, familias y escuela

Una de las características que muchas familias observan en algunos niños autistas es que miran menos a la cara, evitan el contacto visual o parecen fijarse en otros detalles antes que en los gestos faciales.

Durante años, esto se ha interpretado muchas veces como falta de interés, mala educación, desconexión o incluso desafío. Pero la ciencia lleva tiempo mostrando algo mucho más interesante y respetuoso: el cerebro autista puede procesar la información social de forma diferente.

Un nuevo estudio publicado en Nature Mental Health ha analizado cómo los cerebros de casi 400 niños autistas responden al ver caras y objetos. Los investigadores utilizaron electroencefalografía (EEG) con 128 electrodos repartidos por todo el cuero cabelludo y encontraron que las señales cerebrales asociadas al procesamiento de caras eran menos diferenciadas en los niños autistas que en los niños neurotípicos.

Esto no significa que los niños autistas “no quieran” mirar caras. Tampoco que no les importen las personas. Significa que el modo en que su cerebro registra, organiza e interpreta esa información puede seguir una trayectoria distinta.

Qué investigó este estudio sobre autismo y procesamiento facial

El estudio utilizó datos del Autism Biomarkers Consortium for Clinical Trials (ABC-CT) y comparó la actividad cerebral de niños autistas y neurotípicos de distintas edades mientras miraban imágenes de caras y objetos.

Hasta ahora, muchos trabajos se habían centrado en zonas concretas del cerebro o en marcadores específicos, como el N170, una respuesta cerebral que aparece aproximadamente 170 milisegundos después de ver una cara y que suele estar retrasada en personas autistas.

La novedad de este estudio es que los investigadores analizaron la actividad eléctrica de todo el cuero cabelludo y utilizaron aprendizaje automático para comprobar si podían predecir, a partir de las señales cerebrales, si el niño estaba mirando una cara o un objeto.

El resultado fue claro: era más fácil identificar que un niño neurotípico estaba mirando una cara que hacerlo en el caso de un niño autista. Es decir, la señal cerebral específica para caras aparecía menos diferenciada en los participantes autistas.

Las diferencias aparecen antes de lo que se pensaba

Otro hallazgo importante es que las diferencias no se limitan al marcador N170. Los autores observaron que, al analizar un rango temporal más amplio, las diferencias en el procesamiento facial en niños autistas aparecían incluso antes de lo que señalaban estudios previos centrados solo en ese marcador.

Esto es relevante porque procesar una cara no es una única acción. Es una cadena muy rápida que empieza cuando los ojos reciben información visual y continúa cuando el cerebro interpreta quién es esa persona, qué expresión tiene, si está enfadada, triste, contenta, atenta o disponible.

Si esa cadena funciona de otra manera, es comprensible que algunas situaciones sociales resulten más difíciles, más cansadas o más confusas para algunos niños autistas.

El desarrollo no sigue la misma trayectoria

En los niños neurotípicos, los investigadores observaron que las señales cerebrales relacionadas con el procesamiento facial se volvían más refinadas con la edad. En los niños autistas, en cambio, no encontraron esa misma evolución. El procesamiento específico de caras no parecía seguir la misma trayectoria de especialización.

Este dato ayuda a entender por qué algunas dificultades sociales no son simplemente una cuestión de “madurez” o de “falta de práctica”. Si el cerebro procesa las caras de forma diferente desde etapas tempranas, insistir en que el niño se comporte como si procesara la información igual que los demás puede ser injusto y poco eficaz.

Por qué no deberíamos obligar a mirar a los ojos

Durante mucho tiempo, muchas intervenciones intentaron mejorar las habilidades sociales de los niños autistas obligándoles a mirar a los ojos. Hoy sabemos que esa estrategia puede ser contraproducente.

Los investigadores consideran que forzar el contacto visual no funciona y que comprender las diferencias cerebrales puede ayudar a diseñar apoyos más adecuados.

Para muchas personas autistas, mirar directamente a los ojos puede ser incómodo, sobrecargante o distraerles de lo que se está diciendo. Algunas escuchan mejor mirando a otro punto. Otras miran brevemente y luego apartan la vista para poder procesar.

Por eso, en lugar de exigir “mírame cuando te hablo”, puede ser más útil preguntar:

“¿Me estás escuchando?”
“¿Prefieres que te lo diga de otra manera?”
“¿Quieres que lo escriba?”
“¿Necesitas un momento?”

La comunicación no debería medirse solo por la mirada.

Leer caras no siempre es fácil

Muchas personas neurotípicas interpretan las caras de forma bastante automática. Ven una expresión y deducen enfado, tristeza, ironía, sorpresa o aburrimiento. Pero para algunos niños autistas, esas señales pueden ser menos evidentes, más ambiguas o más difíciles de integrar con el tono de voz, el contexto y las palabras.

Esto puede afectar a situaciones cotidianas:

  • un recreo;
  • una conversación con compañeros;
  • una broma;
  • una discusión;
  • una clase;
  • una entrevista;
  • una relación de amistad.

Como explica uno de los investigadores, para algunas personas autistas puede ser difícil navegar situaciones sociales cuando cuesta percibir la información que transmite una cara, desde un patio escolar hasta una entrevista laboral.

Esto no significa que todas las personas autistas necesiten intervención

Este matiz es fundamental. No todas las personas autistas viven estas diferencias como un problema. No todas quieren o necesitan intervención. No todas tienen dificultades importantes con las caras, las emociones o la comunicación social.

El artículo también recoge que muchas personas neurodivergentes no están limitadas por su autismo y pueden no necesitar ni querer intervención. Pero para otras, las dificultades para percibir caras o emociones sí pueden afectar a su calidad de vida.

Por eso, el apoyo debe ser individualizado.

La pregunta no debería ser:

“¿Cómo hacemos que parezca menos autista?”

La pregunta debería ser:

“¿Qué necesita esta persona para comunicarse, entender mejor el entorno y participar con menos esfuerzo?”

Qué pueden hacer las familias

En casa, algunas estrategias pueden ayudar:

  • No obligar al contacto visual.
  • Decir explícitamente lo que sentimos, en lugar de esperar que el niño lo deduzca solo por la cara.
  • Usar frases claras: “Estoy enfadado porque ha pasado esto”, “Estoy preocupado”, “Estoy contento”.
  • No interpretar automáticamente la falta de mirada como desinterés.
  • Dar tiempo de procesamiento.
  • Apoyarse en gestos, dibujos, pictogramas, historias sociales o explicaciones concretas cuando sea útil.
  • Validar que algunas situaciones sociales pueden cansar mucho.
  • Acompañar sin exigir una actuación social constante.

A veces, el mejor apoyo no consiste en enseñar a “mirar mejor”, sino en hacer que la comunicación sea más clara y menos dependiente de pistas sutiles.

Qué debería tener en cuenta la escuela

En el aula, esta investigación también tiene implicaciones importantes. Un niño autista puede estar escuchando aunque no mire al profesor, puede necesitar instrucciones explícitas aunque parezca que “los demás ya lo han entendido”, puede no captar que un compañero está molesto hasta que alguien lo explique con palabras y puede parecer distante cuando en realidad está procesando demasiada información.

La escuela puede ayudar mucho si deja de interpretar la mirada como única prueba de atención y ofrece apoyos concretos:

  • instrucciones claras;
  • anticipación;
  • apoyo visual con pictogramas o imágenes:
  • normas sociales explícitas;
  • menos dependencia de dobles sentidos;
  • posibilidad de mirar a otro punto mientras escucha;
  • espacios de descanso;
  • mediación en conflictos;
  • y adultos que no confundan diferencia con mala intención.

Biomarcadores: una puerta a mejores apoyos, no a etiquetar más

Los investigadores señalan que estos hallazgos podrían contribuir al desarrollo de biomarcadores para el autismo. Actualmente, el diagnóstico se realiza principalmente a partir de la conducta, y comprender mejor las diferencias cerebrales podría ayudar en el futuro a afinar diagnósticos, identificar subgrupos o saber qué apoyos pueden funcionar mejor en cada caso.

Esto debe manejarse con cuidado: un biomarcador no debería servir para reducir a una persona a una señal cerebral. Pero sí podría ayudar a comprender mejor la diversidad dentro del autismo y a evitar intervenciones genéricas que no encajan con todos.

Comprender no es corregir la neurodivergencia

Este estudio no debería usarse para decir que los niños autistas “procesan mal” las caras. Procesan diferente. Y esa diferencia puede tener consecuencias muy variadas según la persona, el contexto y los apoyos disponibles.

El objetivo no debería ser forzar a los niños autistas a imitar conductas neurotípicas a cualquier precio. El objetivo debería ser entender mejor cómo perciben el mundo para poder acompañarles con más respeto.

Porque cuando comprendemos que una conducta tiene una base neurobiológica, dejamos de interpretarla como capricho, frialdad o mala educación.

Y empezamos a hacer una pregunta mucho más útil:

“¿Cómo puedo facilitarle la comunicación sin obligarle a dejar de ser quien es?”