Universidades de Corea del Sur rechazan a grandes estudiantes por haber sido acosadores en el pasado

Varias universidades de Corea del Sur han rechazado a estudiantes con antecedentes de acoso escolar. ¿Es una medida educativa o una condena de por vida? Una reflexión necesaria sobre responsabilidad, reparación y cambio.

Armando BastidaArmando Bastida4 min de lectura
Universidades de Corea del Sur rechazan a grandes estudiantes por haber sido acosadores en el pasado

Varias universidades de Corea del Sur han rechazado el acceso a decenas de estudiantes con expedientes académicos excelentes por tener antecedentes de acoso escolar. Aunque lo primero que nos nace es pensar que es una grandísima noticia, creo que merece una reflexión pausada.

Durante años, el acoso ha sido minimizado, silenciado o directamente ignorado. Así que cuando una institución potente dice “esto importa”, muchas personas sienten alivio. Por fin parece que alguien se toma en serio el daño causado.

Pero, más allá del aplauso inmediato, la noticia deja una pregunta flotando en el aire, incómoda y necesaria: ¿estamos educando… o estamos castigando sin posibilidad de reparación?

El acoso escolar no es una broma (y conviene recordarlo)

Empecemos por lo obvio, porque durante demasiado tiempo no lo ha sido. El acoso escolar no es un conflicto puntual ni una travesura de niños y adolescentes que, "ya se les pasará".

Es una forma de violencia sostenida que puede dejar secuelas profundas y duraderas. Una violencia que muchas veces se ha podido perpetuar en el tiempo por el silencio de compañeros, maestros/as, directores/as de escuelas y, en definitiva, de todos aquellos que debían defender a las víctimas.

Secuelas como ansiedad, depresión, problemas de autoestima, aislamiento, miedo. A veces, heridas que acompañan toda la vida.

Por eso es importante que el mensaje social sea claro: la conducta importa, no solo las notas. No basta con rendir bien académicamente si por el camino se vulnera a otros.

En ese sentido, la decisión de estas universidades lanza un mensaje potente a los adolescentes: lo que haces con los demás también cuenta. Y eso, bien entendido, puede tener un valor preventivo.

Cuando el castigo deja de educar

El problema aparece cuando ese mensaje se transforma en algo distinto: la sensación de que un error en la adolescencia puede convertirse en una condena permanente.

La adolescencia es una etapa compleja. El cerebro aún está en desarrollo, especialmente en las áreas que regulan el impulso, la empatía y la toma de decisiones. Es una etapa atravesada por inseguridades, presión social, búsqueda de identidad y, muchas veces, por contextos familiares difíciles.

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Muchos chicos y chicas que acosan no lo hacen desde la maldad consciente, sino desde la carencia: carencia de límites, de acompañamiento emocional, de modelos adultos saludables. Eso no justifica el daño, pero sí obliga a entenderlo si de verdad queremos prevenir que vuelva a ocurrir.

La pregunta no es si debe haber consecuencias. Debe haberlas. La pregunta es qué tipo de consecuencias y con qué horizonte.

Responsabilidad no es exclusión

Hay una diferencia importante entre responsabilizar y excluir. Responsabilizar implica asumir el daño causado, reconocerlo, repararlo en la medida de lo posible y cambiar. Excluir, en cambio, suele cerrar el proceso con una etiqueta que puede pesar años: “esto es lo que eres ahora, y lo que serás cuando te gradúes”.

Si como sociedad afirmamos que creemos en la educación, en la maduración y en la capacidad de cambio, necesitamos sistemas que lo permitan. Sistemas que no borren el pasado, pero que tampoco lo conviertan en una losa imposible de levantar.

Porque si no hay posibilidad de reparación, ¿qué incentivo real hay para cambiar?

¿Y la reparación? La gran ausente

En muchos de estos debates se habla poco de reparación, y es una lástima. No es lo mismo un adolescente que niega, minimiza o justifica el daño, que otro que ha pasado por un proceso serio de reflexión, que ha reconocido lo ocurrido y ha trabajado para no repetirlo.

La educación debería preguntarse no solo "qué hiciste", sino también "qué hiciste después".

Si hubo acompañamiento. Si hubo aprendizaje. Si hubo cambio sostenido en el tiempo. Si alguien ayudó a la víctima del abuso. Y entre ellos, su abusador. Si alguien ayudó a su abusador, con las carencias que le hicieron comportarse así.

Castigar sin proceso educativo no transforma. Solo aparta.

Educar también es sostener la complejidad

Admito que este no es un tema cómodo. Y que no es tan simple como decir "blanco" o "negro". No admite respuestas simples. Hay muchos matices. Y hay muchos chicos y chicas, muchos casos, que creo que deben tratarse con muchísima delicadeza, en todos los sentidos.

Podemos —y debemos— condenar el acoso con firmeza, proteger a las víctimas y dejar claro que no todo vale. Y al mismo tiempo, debemos recordar que educar no es seleccionar a los que nunca se equivocaron, sino acompañar procesos de crecimiento.

La vida adulta está llena de errores. La diferencia la marca si alguien tuvo la oportunidad de aprender de ellos.

Quizá la pregunta final no sea si esos estudiantes merecen entrar o no en la universidad. Quizá la pregunta real sea si estamos construyendo sistemas educativos que enseñen a convivir mejor… o sistemas que solo saben excluir cuando algo falla.

Y esa pregunta, deberíamos ser capaces de reflexionarla, y responderla, todos: docentes y progenitores.