Los tres pilares del éxito en Montessori (II): el adulto preparado

Te explicamos cuál es tu papel como adulto en el método Montessori y cómo acompañar el desarrollo de tus peques de la forma más respetuosa posible

Este es el segundo de tres artículos en los que explicamos los pilares del éxito a la hora de aplicar la filosofía Montessori. Anteriormente habíamos hablado sobre el ambiente preparado y nuestra mirada al niño.

Tal y como contaba, cuando hablamos de Montessori parece que lo más importante son los materiales, y es cierto que son una de las bases del método de la pedagogía científica; pero de nada sirve que gastemos el dinero en materiales si no nos trabajamos nuestro interior.

 

Los tres pilares del éxito en Montessori (III): El adulto preparado

 

El adulto preparado

Este punto es el mayor reto de los tres, pero al mismo tiempo el que más satisfacciones nos puede dar. De hecho, cuando te formas como Guía Montessori, lo que más te llama la atención es el profundo cambio interior que realizas.

Así que como todo en la vida, podemos decir que se cumple la regla de Pareto: el 20% son materiales y el 80% es nuestra intención.

No gastes el dinero en querer tenerlo todo, de hecho los materiales están pensados para las escuelas (ya que se conectan entre sí), pero sí lee mucho e infórmate, también asiste a cursos y talleres si te es posible. Hoy en día puedes hacer algunos muy interesantes sin tener que moverte de casa y de una forma más económica.

 

Los tres pilares del éxito en Montessori (III): El adulto preparado

 

Recientemente entrevisté a varias guías en activo para el Congreso Internacional Montessori, y en concreto hicimos una ponencia sobre la preparación del adulto con Clara Carrasco, que forma parte del Equipo Pedagógico de Casa de Niños en el centro Asociación Montessori Sevilla.

Tal y como comenta ella, en Montessori es de gran importancia el ambiente preparado, pero ese ambiente preparado no solo hace referencia al ambiente físico, sino que también engloba el ambiente psíquico y ahí es donde entra la preparación del adulto.

De nada sirve decir a los niños que hay que ser educado y tratar a los demás con el máximo respeto, si luego no saludamos a un vecino porque nos llevamos mal con él, elevamos el tono de voz a nuestro hijo o recurrimos a las amenazas del tipo “te cuento tres” para que nos haga caso.

 

 

Además, cuando nosotros no estemos ahí para contar hasta tres, ¿cómo actuarán nuestros hijos? ¿No será mejor explicarles las razones de las cosas para que vayan formando su juicio propio? En este sentido me parecen muy acertadas todas las herramientas que propone la Disciplina Positiva, de la que hemos hablado varias veces en Criar con Sentido Común.

Somos su ejemplo inmediato

Cuando tomamos conciencia de que somos su ejemplo 24 horas al día los 365 días del año, ponemos la máxima atención a cada uno de nuestros actos: desde cómo caminamos, cómo nos sentamos, cómo comemos, cómo nos sonamos la nariz, cómo pedimos las cosas a otros…

En una escuela Montessori, el adulto o guía es justo el nexo de unión entre la niña y los materiales. Su función es preparar el ambiente para que el aprendizaje pueda suceder de forma natural y espontánea aprovechando al máximo la curiosidad natural de la infancia, así como los periodos sensibles; por eso es tan importante la observación.

 

 

El adulto pierde su protagonismo en el aula para dar la máxima atención a cada uno de los niños y niñas. No se trata de dar una clásica clase magistral en la pizarra y pedir que todos atiendan a la vez, independientemente de si les interesa o de las emociones que estén fluyendo en el grupo. Tampoco consiste en que todos hagan determinadas fichas, sino más bien dar a cada niño lo que necesita en cada momento, permitir que construyan su propio aprendizaje en base a la libre elección y al desarrollo de su voluntad.

De hecho, tal y como dice una de las citas más conocidas de María Montessori: “La mayor señal del éxito de un maestro es poder decir: ahora los niños trabajan como si yo no existiera”.

En casa la filosofía es la misma. Lo mejor que podríamos hacer es aprender a observar desde un punto de vista montessoriano, que no es nada fácil, porque tiene que tratarse de una observación pura, libre de juicios y prejuicios, así como de las famosas etiquetas.

 

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No se nace sabiendo, pero se puede aprender y el solo hecho de tomar conciencia de la importancia que tienen nuestras palabras y expectativas ya es mucho.

Observar y aprender

Tenemos que entrenarnos también en “no intervenir”, en dejarles que experimenten, que prueben a hacer las cosas solitos (no pasa nada si se equivocan), y mostrarles que estamos ahí para cuando necesiten ayuda.

Es decir, podemos mostrar con nuestros actos lo que queremos que aprendan, descomponiendo los movimientos como a cámara lenta y poniendo toda nuestra intención, ya que es así como despertaremos su interés por imitarnos.

 

Los tres pilares del éxito en Montessori (III): El adulto preparado

 

No hacen falta muchas palabras, ni tampoco señalar el error, se trata más bien de “enseñar poco y observar mucho”.

¿A qué niño no se le ilumina la mirada de alegría cuando por ejemplo aprende a vestirse solito? El sentimiento de logro es muy importante y hace que se creen conexiones neuronales “de las buenas” en sus pequeños cerebros.

Tal y como decía María Montessori: “Cualquier ayuda innecesaria es un obstáculo para el desarrollo”, así que podemos dar un paso atrás y permitirles que lo intenten.

Y, en los momentos duros de la crianza en los que nos sentimos desbordados, volver a dar un paso atrás, y “contar hasta tres” para nosotros mismos, recordando que somos nosotros los adultos y que la forma en la que regulemos nuestras propias emociones es también otro aprendizaje.

Nadie dijo que fuera fácil, pero desde luego merece la pena intentarlo.

 

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