Junto a ellas

Cuando tus hijas necesitan tu presencia y comprendes que tú también las necesitas a ellas

Cuando nació nuestra hija mayor decidimos prolongar mi estancia en casa más allá del permiso de maternidad. Nuestras circunstancias no eran las más favorables pero, precisamente esa falta de estabilidad nos ofrecía la oportunidad de permanecer más tiempo juntas. Fue un periodo incierto pero tremendamente enriquecedor. Nunca, en todos estos años, lo he lamentado.

Con la llegada del bebé se nos presentó una realidad más cercana y palpable de lo que trasmite la sociedad. El universo del recién nacido es muy amplio y caben toda serie de aparatos y sus consecuentes necesidades ligadas, las dudas pueden ser muchas y cambiantes y lo consejos, remedios y referencias campan a sus anchas ante nuestra vulnerabilidad y desconcierto.

Había ciertas premisas que teníamos claras de antemano, como la lactancia materna y el colecho, pero aún así, sucumbimos a adquirir una serie de artículos los cuáles empleamos muy poco o nada. En la práctica, nos dimos cuenta que lo realmente imprescindible era la presencia, el contacto y la contención.

Recuerdo sentirme invadida por la sensación de estar en el lugar exacto que me correspondía, al amamantarla sin horarios ni imposiciones y esa sensación resultó mucho más reveladora que cualquier consejo leído o recibido. Mis hijas necesitaban contacto, necesitaban de mi cuerpo, mirada, caricias y voz. Y, a su vez, necesitaba entregarme a ello.

Nuestra segunda experiencia fue contrapuesta, las circunstancias eran bien distintas y la separación temprana debió darse. Esto supuso una lucha continúa en mi interior, por la crudeza de tomar una dirección que confronta fuertemente con lo que mandaba el cuerpo, y no me refiero en sentido figurado, sino físico, la necesidad de contacto y entrega es una realidad para la madres también.

Bien es cierto que nos acostumbramos a las situaciones, bien es cierto que se crean otros lazos y vínculos y que los arrullos y caricias no entregados se devuelven multiplicados en intensidad, que los momentos compartidos se convierten en un tesoro. Sin embargo, la separación en esos meses tan tiernos conlleva para mí un tiempo robado a los bebés, principalmente a ellos, pero también a sus padres. Y, al menos para mí, implicó un fuerte zarandeo emocional.

 

 

El contacto es la principal vía de comunicación entre una madre y su cría, la expresión corporal resulta fundamental para comunicarse y comprenderse y los brazos de sus padres se convierten en el lugar más seguro y acogedor que pudiera existir. No sólo le proporcionan calor y alimento, son su hogar. Ese intercambio consolida los pilares de las relaciones humanas y se prolonga a lo largo de toda nuestra vida.

Una vez intimamos con otro individuo empleamos los sentidos para interactuar, hablamos y comprendemos también gracias a lo que nos aporta el roce con otros cuerpos. Para mí el contacto va más allá de un modo de relación, supone una necesidad y una necesidad no satisfecha genera carencias que podrían condicionarnos en nuestro modo de afrontar la vida y ofrecernos a este mundo.

Con los años la relación con las niñas ha ido madurando y esa necesidad de conexión continua se transforma. Las muestras de afecto ya son mutuas y, a menudo, buscan mi cercanía y cobijo, o bien, me siguen con la mirada para reanudar su juego. En ocasiones, se muestran ajenas a mi presencia, como si aparentemente nada cambiase si no me encontrara allí. Pero en ese aparentemente recae todo.

Precisamente el sentirse acompañadas les transmite la seguridad y confianza para ir alejándose de nosotros por voluntad propia. Nuestra presencia es esencial cuando lo precisan y así lo demuestran con pequeños gestos.

Hace unas semanas tuve unos días de vacaciones. Puesto que todo mi entorno continuaba con su rutina me había planteado esos días como un pequeño oasis para mí.

Tal vez poder pasear por la isla, que está preciosa en esa época del año, organizar algunos asuntos, leer, escribir y hacer ejercicio. Pero, al tratar de ajustarlo a los horarios y necesidades familiares, obtuve realmente poco tiempo en exclusiva. Sin embargo, ese cambio de ritmo, me ayudó a vivir el día a día con mayor quietud.

Pude implicarme en algunas actividades del colegio, colaborar en la mañana antes de salir e incluso llevarlas algún día. El resto nada cambiaba, aparentemente. En la última mañana, nuestra hija mayor me propuso que dejase de trabajar para continuar así, para estar con ellas, y la pequeña no dudó en animarme.

Siendo prácticos, tan sólo me veían una hora más al día, pero el hecho de abrazarnos por la mañana, que las peinase para salir de casa y las acompañase algún día había marcado la diferencia.

 

 

En realidad, lo verdaderamente importante es que estaba allí, viviendo junto a ellas. Puede que precisen menos de mi atención y cuidados pero lo reconfortante que resulta nuestra presencia y el papel que juega en su desarrollo es innegable.

Sé que se trata de un complejo entramado social en el cual nos debatimos entre lo que debemos hacer y lo que deseamos. Pero tal vez sería necesario plantearnos devolver a la infancia la importancia que le corresponde.

Mis hijas crecen sanas y fuertes, quiero pensar que emocionalmente también lo hacen, pero siento que tratamos de hacerlo lo mejor posible con las cartas que nos han tocado. Que, sin duda, hay otros modos y otras oportunidades y que el tiempo no compartido en la niñez es mucho más que un conjunto de minutos relativamente vacíos.

Son ellas quienes, en su espontaneidad, nos muestran día a día la trascendencia de la labor que desempeñamos, son ellas quienes nos devuelven ese cuidado y cariño entregado con sutiles gestos de gratitud: en sus miradas, cuando nos toman de la mano sin esperarlo, en esos abrazos espontáneos o con esa gran agilidad para colgarse a nuestra espalda al agacharnos.

Ellas son las que dan valor a la palabra madre. ¿Y qué garantía podemos ofrecerles a cambio? En mayor o menor medida, estar ahí.

Presencia,escucha y contacto.

 

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