Diario de un hombre embarazado (V): ¿Quiero ser padre?

La pregunta de si quería ser Padre me asaltó cuando se produjo la confirmación de que iba a serlo...

De: Papá

Para: Guisante

Asunto: ¿Quiero ser padre?

Adjunto: Nacimientos.xls; 20-maneras-preciosas-de-anunciar-el-embarazo.com

La elección de un nombre quedó aplazada a la espera de las próximas citas del calendario. Te llamaríamos Guisante, que es neutro y vale para todos los géneros biológicos. Una vez confirmada La Noticia, tocaba relajarse, sobre todo después de meses de intentos, pero en mi interior se abrió un agujero de súbito que me llevó a preguntarme: ¿quiero ser Padre?

La pregunta no tenía mucho sentido porque debiera estar decidido desde mucho antes, a lo mejor desde que comencé el despliegue de plumaje como maniobra de seducción reproductiva cuando apenas me comenzaba a salir el bigote y, sobre todo, cuando decidí emparejarme con una persona procreadora compatible con el rol de Madre, pero quien la lleva la entiende y a mí la pregunta de si quería ser Padre me asaltó cuando se produjo la confirmación de que iba a serlo.

Sé que la respuesta fácil es pues haberlo pensado antes, pero la velocidad de los acontecimientos me llevó a hacerme esta pregunta en un periodo valle, cuando había dominado la presión y el estrés. No se trata de un caso sui generis. Tengo a un amigo que me cogió del brazo por la calle, agobiao perdío, y me dijo: «Tíooo, que voy a ser padre, qué fuerteeee», y le contesté: «Sí, me lo dijiste hace seis meses».

Tengo la teoría de que los Padres toman conciencia de lo que serán a su tiempo. Para las madres supongo que es más inmediato, porque ellas van notándose los cambios, vomitan, están insoportables y esas cosas que les pasan. Pero a los Padres nadie les quita el jamón, ni la cerveza, ni las partiditas de la Play, y eso está bien, pero retrasa la percepción. Nueve meses son un montón de semanas, y creo que el proceso se alarga tanto no sólo por la formación del feto, sino por la necesidad de que el Padre asimile su estado.

En esta adaptación juegan un papel esencial los amigos. Las reacciones se dividen entre los que ya son padres y los que no. De los primeros, los comentarios más frecuentes son los que meten el miedo en el cuerpo, del tipo “prepárate”, “duerme ahora que nunca más vas a dormir”, “se te acabó lo bueno” o “vas a estar un año sin meterla en caliente”. Supongo que la profundidad de los comentarios varía según la tipología de amigos que uno tenga, pero estos son comunes. Las reacciones de los que no son padres pueden ser algunas de estas, pero introducen matices nuevos. Mi favorita es: «¿Otro niño? ¡Con todos los que ya hay!». Bien, con independencia de la insensibilidad del emisor del mensaje y de que a ti poco te importan los niños y niñas de los demás porque bastante tienes con el tuyo que ni siquiera lo es aún, este tipo de reacción tiene su sentido.

En el momento en que te escribo, somos 7.400 millones de personas en un único planeta habitable. Está demostrado que nos encontramos al límite de la explotación de los recursos naturales a la espera de que se popularice el consumo de quinoa, que ya me gustaría ver a tu abuelo metiéndose eso en la boca pero, con todo, sigue viéndose como una buena idea concebir criaturas nuevas. Cada segundo nacen cuatro bebés en el mundo. «Total respondo al amigo, uno más tampoco se va a notar tanto». Hay otro comentario popularizado de las personas que no son amigos, con hijos y sin hijos, por lo general compañeros de trabajo, que cuando se enteran de La Noticia, dicen: «Muy bien, otro más para pagarme la pensión», una preocupación, por lo que se ve, muy extendida en este país.

Una vez compartida La Noticia con algunos amigos, e incluso con algunos compañeros de trabajo, llega la comunicación a la familia. Este es el orden que seguimos nosotros, pero es configurable. La semana en la que se anuncia también es cuestión de cada uno; lo habitual es esperar a la primera ecografía, pero somos españoles y nos va la vida en contarlo cuanto antes. En nuestro caso, llevé la prudencia al extremo.

No es que temiera un incidente, pero me entró una especie de pánico escénico y retrasé el anuncio todo lo posible. Era conocedor de las consecuencias: en cuanto se lo dijera a mis padres, estos dejarían de serlo para pasar a ser los abuelos y, en ese tránsito, me quedaría un poco huérfano. Las últimas tres décadas había sido el hijo, independizado, pero de vuelta a casa los fines de semana a conveniencia. Esa casa era «mi casa», aunque tu madre me reprochara que «mi casa» era la que pagaba el alquiler a medias con ella.

Eras un nieto esperado y deseado, por tanto una buena Noticia, pero en una rivalidad no escrita con tu abuelo que se remonta al inicio de los tiempos prefería retrasarle la alegría. De todos es conocido que un abuelo se quita pronto de encima la responsabilidad de ser padre, porque ya es abuelo, y después de tres décadas no iba a pasar nada por unos días de más. Ser padre requiere una adaptación; ser abuelo es automático.

A la espera de mi evolución, tu madre aprovechó para comenzar con su parte, que tarea le quedaba. Cuando nazcas, conocerás a tres pares de abuelos, uno por parte de padre y dos por parte de madre. Eso debiera ser una suerte para un Guisante como tú, por la cantidad de regalos y atenciones que recibirás. Y lo es, pero en ese momento tu madre y yo sólo veíamos inconvenientes. De cada cuatro fines de semana, uno trabajábamos y los otros tres se dedicaban a las visitas familiares. Temíamos que, con tu llegada, el calendario de visitas iba a ser aún más exigente, y tu madre tiene una habilidad congénita para encenderse cuando la presionan con esas supuestas obligaciones, por lo que consensuamos dejarlo al azar, que ya se irían enterando.

Y acabó por suceder. Una tarde estábamos en la casa que tus abuelos llamémosles X1 tienen en la sierra de Galaroza (“Agua, peros y buenas mozas”), y tu madre dijo que no a un ofrecimiento de cerveza. Esto no era tan infrecuente, lo hubiese sido si se hubiese negado a un pastel de chocolate, pero a tu madre le dio la risa floja y lo soltó casi sin querer, que bueno, que estábamos embarazados y que todo iba bien. El anuncio puso a correr el reloj de los abuelos. Al fin de semana siguiente, corrimos a por los demás. Para mis padres, X2, la prueba requería una habilidad especial porque tu abuela paterna, mi madre, se las sabe todas y tiene un refrán para casi todo.

Llamé entre semana por teléfono y tu abuela que todavía no sabía que lo iba a ser preguntó por el tipo de tarta que podría gustarle a tu madre. «Ninguna», contesté. Tu abuela, mi madre, que jamás se ha cansado de repetir la frase donde tú vayas, yo ya he llegado, olfateó que algo pasaba, y acertó. La confirmación del anuncio trajo una felicidad contagiosa a todas las casas, pero a tu madre le sentó fatal. El rechazo a la tarta evidenció que comenzaba el tiempo de la náusea.

 

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