Diario de un hombre embarazado (IV): La confirmación

A mediados de mayo, te vimos por primera vez. Medías unos dos centímetros y eras increíble

De: Papá

Para: Para nada Julita

Asunto: La confirmación

Adjunto: Primera.eco

A mediados de mayo, te vimos por primera vez. La polémica de los palitos había remitido y, tras unos falsos negativos o positivos dudosos, la cienciología palística concluyó que estabas ahí, así que fuimos a verte. Ignoro cuándo leerás estos correos, pero te informo de que, en los tiempos en los que te hablo, la cobertura pública facilita la primera ecografía sobre la semana 16. Resultaba comprensible por tanto que algunas madres y padres corriéramos desesperados para certificar el anuncio a una consulta privada, donde os hacían unas fotos monísimas en cuatro dimensiones en las que aparecíais dormidos y acurrucados como ovillos de otra galaxia.

Tu madre conocía a una amiga de la infancia, ginecóloga, y desde este momento su gurú en el embarazo, con tanto ascendente sobre ella que mi opinión pasó de valer cero a menos uno. Y casi mejor, ya que todo mi conocimiento sobre las embarazadas consistía en que no podían comer jamón ni otro tipo de embutidos y que, a menudo, se les metían las bragas por la rajilla del culo. De lo primero sabía por esa compañera de la redacción que odiaba el fútbol tanto como yo, que se quedó embarazada y sufría cada vez que otro compañero, todas las tardes, se comía un bocadillo de salchichón turón a dos mejillas. De lo segundo me basaba en el conocimiento empírico, es decir, basado en la experiencia o en la percepción; no es que fuera por la calle fijándome ni nada de eso, digamos que era un conocimiento que un día me asaltó y se incorporó a mi corpus de pensamiento.

Con una mezcla de curiosidad e inquietud, fuimos a la consulta de la ginecóloga. Lo primero era lo primero: tu madre podía comer jamón y, prácticamente, lo que le viniera en gana. Pude derrumbarme en ese momento por el desplome de uno de los pilares de mi pirámide conceptual sobre el embarazo, pero solo arqueé una ceja. Comencé a comprobar que la presencia masculina en una consulta de ginecología tiene la misma relevancia que la de una palmera de plástico en una pecera.

En este punto, el hombre corre el riesgo de considerar que el embarazo de su compañera le es ajeno, ya que su función más importante la realizó con éxito y, en adelante, estimará que con no meter la pata es suficiente, ya que comprobará que su presencia pasará desapercibida y no volverá a ser requerido hasta que la embarazada vuelva a la posición que dio origen a todo, una vez acceda a acompañarla en el paritorio. Esta fue una de las primeras teorías que decidí recopilar sobre el proceso del hombre «embarazado», para algún día contarte, a mi modo, cómo me sentía en este momento previo a tu nacimiento, porque también soy un ser humano que siente, padece y fuma a veces.

Tu madre comenzó a desnudarse sin que fuese necesario, una práctica que le sale con una naturalidad inquietante. La amiga le aplicó un gel en la barriga, y me cambió de posición para que viese una televisión que se encontraba a mi espalda. Entonces te vimos por primera vez.

Eras del tamaño de un guisante y no parabas de moverte. Me recordaste a mí, incapaz de dejar las sábanas en su sitio una sola noche, aunque de fisionomía eras más parecido a la familia de tu madre, con mucha cabeza y poco cuerpo. Medías unos dos centímetros y eras increíble, no esperaba que tuvieras una forma tan reconocible. Parecía que estabas desperezándote, y tu madre adivinó que con las manos estabas haciendo los cuernos rockeros para saludar (los efectos del consumo de jamón comenzaban a manifestarse).

A continuación, la ginecóloga te midió el ritmo del corazón: te latía a 157 cuando lo normal es una horquilla de entre 120 y 150. El corazón me dio un vuelco a mí, el primero de los trillones que me esperaban. La ginecóloga nos tranquilizó, y dijo que iba a cabrearte un poco. Apretó la barriga de tu madre y yo arqueé la otra ceja, reprimiendo el instinto de gritar que no se le ocurriese tocarte. La médica terminó el análisis, nos informó de que todo iba bien y de que nos encontrábamos en la semana número 8 de gestación, unos dos meses. En adelante, las cuentas se harían en semanas, otra de las características de los embarazos diseñadas para confundir a los padres. Boquiabiertos, nos despedimos de ti. Existes.

 

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