Diario de un hombre «embarazado» (II): Por qué no te casas

Hasta en la más improvisada de las bodas, hay preparativos...

De: Papá

Para: Julia

Asunto: ¿Por qué no te casas?

Adjunto: Fotos-boda.rar

En nuestra sociedad, una boda ha sido siempre, principalmente, una acumulación de tradiciones. Ha sido tradición que el novio tome la iniciativa. Ha sido tradición que el enlace se celebre en el municipio de nacimiento de la novia. Ha sido tradición el arroz, algo azul, algo prestado, algo usado, el ramo, las alianzas, el velo de novia, el baile nupcial… Y durante mucho tiempo atrás fue tradición que, sin boda, no había descendencia oficial. Así somos, hija. Pero en la Cutre Rock Wedding poco hubo de tradicional, para desgracia de las familias. Dijeron que era un boda desganada, forzada, clandestina… y hasta tu abuelo paterno, mi padre, en un último esfuerzo, llegó a proclamar: «Para mí, no estaréis casados». Hasta a los amigos, cuya única obligación era venir a bailar y pasarlo bien, les dio por preguntar por los no-regalos, los no-sobres, los no-trajes-ni-corbatas, y venga tu madre y yo a dar explicaciones a unos y a otros, salvo a nosotros, que lo teníamos claro:

Tenía que decírtelo, antes de unirnos para siempre: tú eres mi amor infinito, mi artista preferida, los años felices, un lugar en el mundo, la demostración de que la suerte existe.

Perdóname si a veces soy huraño, si no te miro a los ojos y te digo cada día cuánto te quiero, si me enredo con tonterías y te doy mucho menos de lo que mereces, ya sabes que prefiero decirte las cosas escribiendo.

Tú eres la musa de mis noches, la solución a mis teorías, la princesa de mis cuentos, la prima de Keith Richards; sé que tengo menos detalles que el salpicadero de un panda y me conquistas a diario por eso: por nunca pedir a cambio, nada.

Son sólo palabras que utilizo para aproximarme a una descripción que se quedará lejos de la emoción que siento cuando entras por la puerta y te veo, y me sonríes, y sé que eres mía porque me siento tuyo, y no me hace falta más.

Cuatro años más tarde eres la misma de entonces, la chica que todo lo sabe, mi sol y mis estrellas, mi carita de mollete, la que anhela acurrucarse en la cama; me encanta tu manera de moverte, me fascina tu huequito en el diente, tu tatuaje en el vientre, tus strip-tease, tu nariz y tu pendiente, tu batín rosa de hello kitty, tu último suspiro cuando vas a correrte.

Los besos como oxígeno, la risa como vida, titulé un texto sobre nuestros inicios la pasada década; si aún existe o desapareció, si fue verdad o mentira, si esas palabras fueron premonitorias y por esa razón están hoy proscritas, lo sabrás si me haces un favor: quédate junto a mí el resto de la vida.

Comprobarás que en las fechas que tu padre considera especiales, aparezco con un texto escrito y lo leo. Sucederá cuando cumplas tu primer año, tu entrada al cole, cuando se te caiga el primer diente, y otros eventos aún no programados. Me sale de esta manera, como un regalo. Tú solo tienes que fingir que te gustan, y con eso me doy por satisfecho, pero no exageres en la celebración que me doy cuenta. Comprobarás que en la familia hay más de un artista, así que te lloverán este tipo de «regalos» mientras esperas puzzles o legos. Por ejemplo, el padre de la novia nos escribió un soneto, porque él no iba a pasar por alto el tradicional discurso:

Como Cervantes, manco, pasó el reto

el desafío yo cojo y en la boda,

espero dicha, felicidad toda.

Por ellos va este soneto.

Y aunque números más que letras meto

y aunque para premios no brille esta oda,

y aunque del hogar la paz incomoda,

apuesto que pronto tendremos nieto.

Marido, sé que es ley de vida.

Mas hoy me alegro y me entristezco.

Y no miento,

yo deseo que llegue vuestro sueño.

De rojos vienes; con rojizo vas, hija.

Perdón, si digo lo que siento: Me la quitan, me hurta el roteño.

Hasta en la más improvisada de las bodas, hay preparativos, tenlo en cuenta. Cuando me desperté a las 8:30 tras dormir la noche como un bendito, tu madre estaba en el salón de casa dando instrucciones a una peluquera encargada de no-peinarla. Su madre, tías y primas de tu madre que llegaban a casa seguían pensando que estábamos de broma y, cuando llegó mi turno de vestirme, una de sus tías comenzó a gritar: «Espera tú a este, que todavía va de cowboy». Pero no. Había comprado por internet una chaqueta de terciopelo de Kenneth Cole, un diseñador neoyorquino que conocí en mi primer viaje a la Gran Manzana y al que he convertido en mi patrocinador. Camisa blanca, corbata negra, pantalón pitillo vaquero, botas de punta y sin sombrero, pese a que la amenaza previa pareció tan verosímil que el muñeco de tarta que nos regaló una amiga lo llevó entre sus complementos.

Llegamos a los juzgados, listos para una ceremonia de tres minutos y encartados entre varias parejas de presos. Lástima que las fotos para la posteridad no captasen la cara de tu abuelo paterno, mi padre, cuando vio a tu madre, que iba guapísima vestida de cisne, con un corpiño negro, tul blanco, diadema, y una chaqueta negra de tachuelas ideal para el infarto de tus abuelas. Tu abuelo, mi padre, preguntó si estábamos en carnaval, primero; luego dijo que se había olvidado la escopeta de caza, pero que si tu madre echaba a volar, disparaba… y otras más que no recuerdo porque a cada segundo mi madre me daba tirones en la corbata para ponerla recta.

Cuando sin darnos casi cuenta el juez Eduardo Algomás decretó el fin del acto, los asistentes tuvieron que recordarme el beso a la novia, rápido porque nos echaban de la sala, aunque tardamos más de la cuenta porque a tu madre le dio por ponerme un collar de Los Rolling Stones como alianza y no daba con el broche. De tan rápida que fue la boda casi me la pierdo, te lo prometo. De ahí, rápido al convite, donde uno de cada tres invitados disfrutaron de la paella, la cerveza corrió sin cautelas y las tartas caseras volaron ante una audiencia hambrienta. El resto, mejor te lo imaginas, porque lo siguiente que recuerdo es acostarme en una cama que no era la mía junto a mi flamante esposa, gracias al regalo de unos amigos, empeñado él en que la noche de bodas no se podía pasar en el domicilio habitual. En la no-boda, cualquier tradición cabía, y cada cual llegaba con la suya. Pero a todos se les escapó una de las tradiciones más increíbles y maravillosas que se dan en este tipo de celebraciones… la boda había sido de penalti. Tu madre estaba embarazada.

 

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