Diario de un hombre embarazado (III): ¿Ha sido gol?

Tu madre subió por la escalera muy seria con un palito en la mano como quien sostiene una batuta de orquesta, de lo bien que había entrenado los siete meses de intentos de preñado

De: Papá

Para: Juli-Julita

Asunto: ¿Ha sido gol?

Adjunto: Latigazo-Diego-Ribas.avi

Ella no lo sabía. Unas semanas más tarde echamos las cuentas y comprobamos que te colaste en la no-boda como no-invitado cuando apenas tenías un par de días.

Resultó que, harto de los no-preparativos, me escapé a la casa de tus abuelos a relajarme (traducción poética de lo que realmente hice, jugar a la Playstation), y regresé tan pelaíto y tan guapo que, claro, fue inevitable que me saltaran encima en modo procreación. Así que todo el mundo riéndose y jiji jaja con una boda tan cutre, y resulta que el fiestorro tenía su justificación porque era de penalti, como todas aquellas que se celebran deprisa y corriendo antes de que a las novias se les note la barriga. La novia-con-ganas-de-estar-embarazada-sin-saber-que-ESTÁ-embarazada continuaba triste y llorona hartándose de cerveza y, en la luna de miel en Roma, de limoncello, ajena a que ya estabas ahí, agazapado. Tu padre, yo, en horas bajas también porque, justo antes de volar, empotré un coche recién salido del concesionario contra la puerta del garaje. Casi media hora había aguantado sin rallarlo, toda una proeza. En fin.

Todo esto que te cuento sucedió como preámbulo de una noche de abril en la que llegué a casa de trabajar después de diez días sin descanso (también soy periodista, pero no de radio como tu madre, sino de periódico) con la única voluntad de hundirme en el sofá cubierto de una manta. Los astros se habían alineado para que saliese de trabajar a buena hora, sobre las nueve y media de la noche, lo que me permitiría seguir la segunda parte de los octavos de la Champions League entre el Fútbol Club Barcelona y el Atlético de Madrid. Es verdad que algunas noches de martes y miércoles salía antes para ver el fútbol, pero no siempre. Jamás en el periódico habían sospechado de esta afición, que conseguí mantener oculta durante más de una década. Recuerdo una vez que una compañera se sorprendió al ver a tu madre sola, porque antes de fugarme del periódico le había dicho que había quedado con ella. Cuando se la encontró, le preguntó dónde estaba yo y, claro, tu madre no entendía nada, y mi compañera optó por callarse, creyendo haber metido la pata e imaginándose otras citas clandestinas por mi parte, hasta que tu madre aclaró a tiempo que estaba con los amigos bebiendo cerveza y comiendo cacahuetes, lo que todavía llamamos, no sé bien por qué, la dieta del mono.

En el periódico, mi compañera y yo soportábamos a diario los debates futboleros de los demás redactores, desde las cinco de la tarde hasta la hora de cierre, esos de los que yo me ausentaba a propósito porque la polémica giraba permanentemente sobre el Sevilla y el Betis, a mi parecer, dos equipos menores sobre los que yo no tenía fundamentada ninguna opinión. A menudo algún redactor venía y preguntaba por qué no participaba de las amenas tertulias, si parecía yo un tipo corriente. Alguna vez concedí que me gustaba ver un partido de fútbol suelto, para desconectar, como distracción desapasionada y por el placer del arte, pero dudo de que esa versión convenciera a alguien. La realidad es que soy un forofo fanático radical del Real Madrid desde la Quinta de El Buitre que en gloria esté, y en aquella redacción era una minoría cobarde. Ahora comprenderás que esa noche quisiera ver el partido, porque se aventuraba que el Barça iba a pasarlas canutas, uno de los mayores placeres terrenales para tu padre.

Justo cuando entraba por la puerta, el mediapunta brasileño del Atlético de Madrid Diego Ribas (Ribeirao Preto, 1985) soltó un latigazo desde 30 metros que acabó entrando por la escuadra del portero del Barcelona. Feliz, me senté en el sofá, descamisado y con una cerveza en la mano, preparado para el espectáculo, cuando tu madre subió por la escalera muy seria con un palito en la mano como quien sostiene una batuta de orquesta, de lo bien que había entrenado los siete meses de intentos de preñado. Adiviné al instante de qué se trataba, pero aún así pregunté, por la costumbre: «¿Eso qué es?». Tu madre se había quedado muda. De reojo, miré al palo, y sondeé su color, indescifrable, por lo que de nuevo insistí: «¿Qué significa?».

Me negaba a la evidencia de que la primera prueba de tu existencia fuese un palito orinado pero, sobre todo, me negaba a que La Noticia se produjera en plena retransmisión deportiva de alto nivel, como si los periodistas no estuviésemos acostumbrados a este tipo de inoportunidades.

«Cariño, estamos embarazados…», dijo tu madre, que necesitó otros tres palos para confirmar que la pelota había entrado. El sistema VAR había hablado. Abrí otra cerveza, puse el palo sobre un cojín bien orientado hacia la televisión, y pensé en la urgencia de ir a la mañana siguiente a la tienda a por un body con los colores de mi equipo.

 

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