Diario de un hombre «embarazado» (X): El Tiempo del Hambre

Tu madre era capaz de pesar menos de lo habitual incluso embarazada, pero yo me había puesto en 84kg

De: Papá

Para: 1/2 Limón

Asunto: El Tiempo del Hambre

Adjunto: Revisión-médica.pdf

Por suerte, la disputa conyugal por la colada representó el fin de la semana 15 y el inicio de una nueva etapa del calendario ovino, o como se llame. Esta cronología no es tan fácil como pueda parecer, que muere un rey y empieza otro. Las hormonas —unas sustancias segregadas por células especializadas que se encargan de comunicarle al cuerpo qué tiene que hacer están disparatadas, por lo que una embarazada puede pasar de una fase a otra en ciclos muy cortos de tiempo, con un grado de fusión de géneros que ríete de lo que hicieron Bebo y El Cigala.

La tendencia apuntaba al fin de la etapa del asco, porque tu madre volvió a comerse un dulce cada tarde para envidia de sus compañeros de trabajo, la mayoría con más kilos en el fardo de los que desearían. Entre las ventajas de estar embarazada está la de ponerse como un tonel, aunque tu madre era capaz de pesar menos de lo habitual incluso embarazada, según le hizo saber la ginecóloga de la Seguridad Social: era peso minimosca, por debajo de los 50kg.

Sin embargo, este tiempo tuvo una consecuencia inexplicable, porque mientras tu madre no lograba aumentar de talla, yo me había puesto en 84kg, récord absoluto en mi categoría.

La redacción del periódico al completo consensuamos que la báscula de la clínica donde nos hicieron la revisión médica se había desajustado. Nunca se habían escuchado ni se volvieron a escuchar más chasquidos de manzanas que en las semanas posteriores a esa revisión. Tu madre, todavía herida por la disputa del cesto naranja, aprovechó para vengarse: «No entiendo nada, la embarazada soy yo, pero el que engorda es el padre», dijo a quien quiso escucharla.

Relacioné este incremento de peso con un estrés sobrevenido, ya que me autoimpuse una hora de cierre en el periódico, como límite para cuando tú llegases. La gestión natural en la redacción era llegar sobre las 16:30-17:00, darle una vuelta a lo preparado-encargado en la mañana, tomar un café, charlotear un poco, merendar, darle otra vuelta a los apuntes, merendar de nuevo sobre las 19:00, poco a poco meterse en ambiente para empezar a escribir y terminar nunca antes de las 22:00. Me propuse salir al menos media hora antes de lo habitual, y me estresé. Uno, porque merendaba solo, dos veces, y me alargaba más de lo necesario sin compañía. Y dos, porque con tantas prisas, al llegar a casa me relajaba y cenaba como si no existiese un mañana.

Esta situación se agravó con la llegada de las vacaciones. Nos fuimos dos semanas con amigos a Londres, y con esta información bastaría, porque es conocido que, todo el que regresa de allí, vuelve hinchado. Me inflé de cerveza y, sobre todo, me aficioné al desayuno inglés (english breakfast), compuesto por salchichas, bacon, huevo frito y judías beans con pan tostado. Tu madre minimosca me miraba con asco, y con razón. Del idioma no se me pegó nada, pero los desayunos fueron directos a acompañar a las costillas. El cruasán no engorda, es lo que le eches.

Esos pequeños flotadores fueron desvelados en un trayecto de metro. Tu tito César-cervezas, que camparía por este territorio a sus anchas si no fuera porque carece del mínimo sentido de la orientación, se me quedó mirando cuando logramos sentarnos, y fue casualidad que en ese gesto me asomó un trozo de piel de la barriga, un flotadorcillo de nada que achaqué a la estrechez de mi camiseta verde. Comenzó a reír, pero no quiso decir por qué. Tu madre reparó en mis centímetros de desnudez y se sumó a la fiesta. En adelante, cada vez que apuraba una jarra de cerveza, uno u otro me echaba mano a la barriga.

El martirio fue a mayor, porque tu madre amenazó con abandonarme en una gasolinera si continuaba en esa tendencia. He de anunciarte que tu madre es la presidenta del Club de los Gordófobos, y el tito César, vicepresidente primero. Ambos por separado son implacables, imagina juntos. «Los niños no pueden estar gordos de chicos, porque serán gordos de mayores», repetía tu madre a modo de profeta del biomanan.

En esa tesitura, tuve que ponerme a dieta. Comencé a correr por las mañanas, y me apunté a la dieta de la endivia. Recordé el dicho de tu abuela X2: «La endivia es muy mala». Aposté con tu madre que en unos dos meses, antes del 30 de septiembre, bajaría cinco kilos hasta ponerme por debajo de los 80. Quien perdiese, compraría de su bolsillo las cinco temporadas de The Wire. A priori, ambos conocíamos el resultado: tu madre sabía que gracias a mi constancia supero cualquier reto, y yo sabía que tu madre nunca paga las apuestas que pierde.

Los ataques gordófobos hicieron mella en mi confianza, pero conseguí reparar el daño. Sucedió que, cuando comencé a anunciar que sería padre, advertí cierto interés en las pupilas de las muchachas. Pensaba entonces que, por contradictorio que parezca, el hecho de ser padre añade un plus de atractivo, por aquello de la seguridad, la madurez o por el simple hecho biológico de ser fértil.

En el caso de la madre, la reacción sería la contraria: si ya de por sí es complicado despertar el interés de una mujer, es casi imposible si esta ha accedido a avanzar en su relación con otro (la prueba es evidente). Ignoro si esta teoría encuentra algún respaldo científico, pero lo cierto es que el anuncio de paternidad me deparó multitud de felicitaciones femeninas, oleadas de admiración y, por qué no decirlo, señales de decepción en alguna becaria despistada.

A esta felicidad se unió el comentario de algunas compañeras de que a ellas les hubiera encantado tener un hijo o hija pelirrojo/a, deseo que, de haberlo conocido con antelación, tendría que haber rentabilizado en mi dilatada etapa de soltería. Habría impreso camisetas, tarjetas de visita y postales en varios idiomas con el motivo: «¿Quieres un hijo/a pelirrojo/a?». A estas alturas era tarde, porque como te he contado en correos anteriores, tu madre y yo nos habíamos comprometido a sernos fieles con excepciones: Mónica Bellucci y Johnny Deep.

En mi caso, debido a que la mujer parece que no envejece pero lo hace, a Mónica quise incorporarle a su hija, cuando cumpla edad legal si no lo ha hecho ya. Petición denegada. Por parte de tu madre, Johnny Deep paseaba por la acera de enfrente en la Quinta Avenida, durante la estancia de tu madre para trabajar en la ONU, en Nueva York.  Me callé, y no lo confesé hasta que estuvo de regreso. Nunca hay que fiarse de los imposibles.

Así que sobre tu pelirrojosidad (un misterio al cierre de esta edición) había debate. La teoría de tu abuela X2 sobre la descendencia genética prevé que te tocará si eres niña. Como su hermano es moreno, tu abuela Mari pronosticó que si eres niño no serás pelirrojo, y si eres niña, pelirroja como ella y su hermana. «Si es niño, ¿qué será, negro?», pregunté medio en broma, pero nadie se rio.

La teoría oficial consistía en que, siendo yo blanco como la leche, e incorporando los matices de la piel de tu madre, nos arruinaríamos en cremas solares. Para ti, y sobre todo para mí, era tarde para buscar a la Bellucci. Que tampoco es que sea mulata, verás. Esto no se le exige, es lo que toca.

 

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