Diario de un hombre «embarazado» (VI): El Tiempo de la Náusea

En esta fase, decayó cualquier ofrecimiento por mi parte, porque la respuesta más habitual era una amenaza: "¿A que te vomito?"

De: Papá
Para: Guisante cotizante
Asunto: La metamorfosis (El tiempo de la náusea) Adjunto: Gol-Gareth-Bale.avi

Una mañana, al despertar tras salir de parranda con tu tito César-cervezas (adviértase el uso de la sinécdoque), me fue imposible saber qué le ocurría a tu madre.

Descubrirás que cuando te habla pero en realidad mira al armario que tienes a tu espalda, las palabras caen sobre la mesa secas y frías, y los silencios se alargan entre las preguntas, significa que arrecia tormenta. Has hecho algo que le ha disgustado y es tu responsabilidad, así que descubre pronto de qué se trata porque ella está preparada para mantenerse vegetativa hasta tres días.

En mi caso, repasé el permiso de salida, intuí la hora de llegada (porque no me la sabía) y comprobé la hora real que marcaba el reloj, que parecía una hora oportuna. En ese punto, cuando lleves un buen rato buscando razones que expliquen su imperturbabilidad, dudarás si realmente la causa de su enfado es por tu culpa, y preguntarás: “¿Qué te pasa?”.

Guisante querido, abstente de hacerlo, porque no encontrarás respuesta y solo conseguirás que si, por ejemplo, preguntas un viernes por la tarde, ya no será hasta el domingo por la mañana cuando al fin te enteres de qué ha pasado. Te tentará preguntar durante el fin de semana para que la furia se desate al fin cual bomba volcánica, pero ella no te dará ese placer sin haber descubierto los motivos por ti mismo, utilizando tus propios medios de súperpredicción. Como los humanos somos seres curiosos y sabemos que no hay ensayo sin error, en un ejercicio temario y de riesgo incalculable pregunté, oye, que qué te pasa, y encontré respuesta. Tu madre me respondió: “¿Tú, esta taza… la has fregao?”.

Miré la taza y, evidentemente, dije que sí. Ella siguió escrutando la taza buscando motas de polvo, huellas dactilares o vete a saber, y concluyó que no, que eso no estaba bien fregao. Entonces reparé en ese tono de voz que me resultó familiar, porque era el mismo tonito de mi madre, tu abuela. Y me dije: esto no es una circunstancia, esto es un estado… La transformación de muchacha a madre había comenzado.

Una de las pruebas que nos permite comprobar a los neófitos que se ha iniciado este proceso es que la mutación conlleva cambios. En este momento, entre la semana ocho y hasta más o menos la 12, la primera consecuencia fue que a tu madre se le puso cara de asco. Todo le revolvía por dentro, desde el libro que estaba leyendo, la serie que dejamos por la mitad, y hasta la emisora de radio para la que trabajaba. Yo le decía: “¿Te apetece algo?», arrimándome con el capote, y ella contestaba: “Nada… y nada, es nada”. Así que en esta fase, que denominé El Tiempo de la Náusea, decayó cualquier ofrecimiento por mi parte, porque la respuesta más habitual era una amenaza: “¿A que te vomito?”, decía.

A la espera de que la madre de Niña Pota pasara de fase, yo entraba en una de felicidad plena, porque me tocó una suerte que le deseo a todos los padres de este mundo, que consiste en que su anunciada criatura le sirva de talismán. Agarrado a su barriga mientras tu madre me mordía el brazo, el extremo izquierdo del Real Madrid Gareth Bale corrió como un galgo en el minuto 129 ante el Barcelona dejando atrás a un defensa impotente y marcando en tiro cruzado el gol del título. Pocas semanas más tarde, en racha y con idéntico ritual, es decir, tocando la barriga de tu madre mientras ella repasaba uno a uno cada utensilio de la cubertería en búsqueda de manchas, ganamos por primera vez en el campo del Bayern de Munich (Arena Stade), nada menos que por 0-4. Los besos que te di fueron de sincero agradecimiento, porque ni Florentino ni Cristiano ni leches, fuiste tú la responsable de los éxitos. Tu madre le cogió asco al Madrid.

En el Tiempo de la Náusea, tu madre aborreció la distribución de nuestro cuarto, por lo que durante semanas fui incapaz de adivinar dónde estaban guardados los calcetines. Lo movió todo de sitio, y yo sin rechistar, colaborador por si hacía falta mover alguna caja. En esas, sin saber la causa, tu madre decretó el destierro de todos mis calzoncillos largos, lo que me veo en la obligación de avanzarte para explicar por qué cuando nazcas me verás pasear por la casa en slips. En cuanto a la comida, el asco de tu madre era pleno y permanente. En estas semanas solo pudo comer los melones esos de piel amarilla a los que por aquí llamamos cocas, por lo que la transformación, de paso, te afectó a ti, porque de Guisante y Niña Pota pasamos a llamarte Niña Melón.

A saber: tres de cada cuatro madres tienen antojos, y el de tu madre no fue de los más difíciles. El melón, sobre todo el de piel amarilla, es un producto de temporada, pero se puede encontrar en cualquier superficie comercial. Tu abuela X2, mi madre, sí que se lo puso difícil a tu abuelo X2. Le hizo buscar caracoles una noche en la serranía madrileña, y tu abuelo se los encontró, o vete a saber qué fue lo que le llevó. Dio lo mismo, porque la misión de un futuro padre es encontrar el antojo deseado para la madre y que esta se lo coma, conocedor de que el producto ambicionado no admite demora, no se sacia con un sucedáneo y provoca una satisfacción que va allá más de lo alimenticio. Esta búsqueda hay que hacerla no solo con presión, que da igual si te sales en una curva porque la historia escribirá que estabas de misión, sino, además, acojonado por un temor de discutible rigor científico que promulga que un antojo insatisfecho provoca una mancha en la piel de forma similar al deseo no proporcionado. Aviso: esta teoría es una patraña que se han inventado las embarazadas para someter a los padres y que les da resultado desde la prehistoria. Tú, por si acaso, no tendrás un melón amarillo tatuado en el culo, a excepción de que te lo tatúes tú misma cuando te dé la soberana gana.

Como te he explicado, tu madre le tenía asco a todo, salvo al melón de piel amarilla, pero esta regla tenía una excepción: ella odiaba hasta la muerte todo lo que se le pusiera por delante, salvo si lo cogía yo. Me apetecía una pera y comenzaba a pelarla, pues esta era inmediatamente arrebatada. Que me echaba unos cereales con leche en un cuenco, pues este era al momento apartado de su pretendiente. Al parecer, este fenómeno de apropiación indebida lo extendió a su centro de trabajo, y sus compañeros comenzaron a esconderse si querían desayunar.

Creí ver que a El Tiempo de la Náusea le sucedería el Tiempo de la poca Vergüenza, porque no había naranja pelada en su presencia de la que ella no se incautara. Entre tanto, tu madre daba cuenta de su tajá diaria de melón, aunque pareciera que lo que iba a traer al mundo era una niña pimiento, porque no paraba de repetirse.

Te reconozco, querida, que esta fase se me hizo eterna y me planteó un inquietante dilema. A la pregunta de ¿quiero ser padre?, se unió la de ¿quiero ser padre… con Ella?

 

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