Diario de un hombre «embarazado» (I): El precalentamiento

"Una no-embarazada-con-ganas-de-estar-embarazada es, probablemente, uno de los seres más peligrosos del planeta habitado"

Esta historia comienza un 11 de septiembre. Aún no lo sabes, pero pronto descubrirás que esta es una fecha fatídica en nuestro mundo. En esta ocasión, en un palacio se celebraba la ceremonia de proclamación de una líder política cuando una juez imputó a sus dos antecesores en el gobierno. Si, con la que se armó, no se le bajaba la regla a una periodista, eso solo podía significar que tu llegada estaba anunciada.

Tu madre entró en el cuarto de baño, y yo cogí un libro de cuentos de Hemingway para relajarme sin conseguir leer una línea. Ella tardó exactamente cuarenta y cinco minutos cuando el tiempo marcado en el prospecto marcaba apenas unos cinco. Estábamos agotados, un poco por el trabajo, y otro poco por los nervios, así que me quedé dormido y solo desperté al escuchar pasos sobre el parqué en dirección al salón. Tu madre entró en escena sonriente y anunció: «No sé de qué color es».

Prueba inválida. Se me había olvidado la torpeza congénita de tu madre para la mecánica, aunque se tratase de un palito de plástico, incapaz de interpretarlo como si fuese una partitura de Chopin. Me hubiese gustado ayudarla, pero compartía su falta de conocimiento y, además, cierta repugnancia a escrutar un palo orinado. Pensé en una alternativa para superar el desconcierto: la prueba del palito-palote (te la explicarán dentro de 15 años). No obtuvimos resultados concluyentes, pero conseguimos relajarnos.

El anuncio de tu llegada al útero se posponía otro par de días hasta un nuevo test, y aproveché para imaginar cómo serías. Intuí que indecisa e imprevisible. En femenino, porque una de las certezas que tenía sobre el proceso era que serías niña. Mis amigos llevaban años pronosticando el género de mi descendencia, así que acabé por asumirlo. Para otra ocasión quedaría el nombre elegido para niño, Drogba, como mi jugador favorito en la play. Te llamarías Julia, o Juli, un poco menos Julieta, y para nada Julita. La elección, que compartía con tu madre, se debía a Palabras para Julia, de José Agustín Goytisolo, un poco más por Los Suaves y un poco menos por la versión de Paco Ibáñez.

La segunda prueba, dos días más tarde, resultó negativa. Eso fue un buen palo, y tu madre entró en una espiral de dudas. Por mi parte, me había activado en modo macho reproductor, e iba a abanderar la causa hasta el límite de mis posibilidades, en deuda y solidaridad con aquellos que carecían de mis oportunidades, incluidos mis antiguos yo. En octubre celebramos nuestros cumpleaños. Llegó noviembre, y viajamos a París, pero no por la cigüeña, sino por Nick Cave & The bad seeds. En diciembre, Navidad, pero tú tampoco fuiste el regalo. Tu madre comenzó a ver embarazadas por las esquinas y apenas refrenaba su instinto de tirarse a cuello navaja. Por mucho que yo insistiera con el palito-palote, la técnica seguía sin funcionar, y eso que a veces nos pasamos de quince días de retraso.

Así, la vida cotidiana comenzó a dar vueltas sobre el eje de tu ausencia. La mejor manera de ilusionarla -a día de hoy de plena efectividad- pasaba por la compra de entradas para conciertos de rock o heavy hasta doce meses vista. Tu madre es lo que en el argot musical se conoce como una rockera de las duras, como seguro tus pequeños tímpanos conocen. En enero del nuevo año ordenó a tu abuelo Luis comprarle entradas para Los Rolling Stones en el Bernabéu, previo pago, claro, y tu abuelo cumplió con el encargo, atemorizado por la reacción de una no-embarazada-con-ganas-de-estar-embarazada, probablemente, uno de los seres más peligrosos del planeta habitado.

«¿Y cómo no te mandó a ti?», preguntarás. Porque ese día, uno de los que más llovió en la historia de esta ciudad casi desértica, me quedé en casa esperando al escayolista, que venía a hacer unos arreglos en el piso nuevo. Ese año que recién se estrenaba también trajo entre sus novedades una mudanza de casa, lo que conllevaba una dosis extra de estrés que para nada ayudaba a tu concepción. Tu madre comenzaba a preparar el nido y, para continuar con el enigma reinante, anunció en un viaje de autobús: «¿Y si nos casamos?». Y digo bien anunció, porque ya comprobarás lo poco de pregunta que tienen algunas preguntas.

Este deseo de enlace nupcial me había pasado desapercibido desde los inicios de nuestra relación, pero se manifestaba ahora por la clave burocrática, es decir, la unión tenía sentido por el fin de darte una mayor seguridad para cuando llegases. Admití ante los amigos que sí, que me la habían colado con papas, que todo iba demasiado rápido, que en cuestión de meses habíamos cogido una velocidad de torpedo, y convoqué a la ceremonia en cuanto el juzgado civil nos dio fecha solo unas semanas más tarde.

El anuncio a las familias no quedó atrás en intensidad. Tu otro abuelo, mi padre, se quedó blanco cuando de pronto le asaltó la idea de desplazar a 150 primos y primas segundos, con sus respectivos tíos y tías de segundo grado de consanguinidad, e iba el hombre calculando el número de autobuses necesarios desde el pueblo a la capital cuando interrumpí los preparativos: «Papá, la familia no está invitada». Me faltó añadir que, vale, hemos calentado lo suficiente, todo el mundo a sus puestos que viene lo bueno.

 

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1 comentarios en "Diario de un hombre "embarazado" (I): El precalentamiento"

  1. Me encanta… me siento tan identificada con ella 😂 y seguro que mi marido con èl…. Tengo ganas de seguir leyéndote!! Al final pasa lo que tenga que pasar… yo ahora casi en puertas de tener a mi pequeño arcoíris 🌈

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