Diario de un hombre «embarazado» (XII): El nombre (Primera parte)

Hasta ahora había cedido en otros frentes relacionados contigo, pero en este de tu identidad mi firmeza era inexpugnable. Como padre, mi misión residía en buscarte un nombre único para cuando llegases al instituto

De: Papá.

Para: ¿Antoñito?

Asunto: El nombre (Primera parte)

Adjunto: nombres-mas-frecuentes-por-provincias.xls; señal-de-ok. eco

Tu madre fue la primera en tomar posiciones. Juró y perjuró que Antonio sería el último nombre que le pondría a su hijo, precedido de Satán. De esta manera, dejó claro que ella no refugiaría en su vientre a ningún descendiente con el nombre más tradicional de este país, y escupió sobre las estadísticas, esas mismas que aseguran que 34 hombres de cada mil en España se llaman Antonio; que es el nombre más habitual en ocho de 17 autonomías y 17 de 52 provincias, y que todavía sigue en el top ten de los favoritos para recién nacidos.

Además, dos de cada diez hijos heredan el nombre de sus padres. Conste que tu madre no me llama por mi nombre a menos que me regañe o que un coche se meta en un radio de acción de medio kilómetro alrededor, que entonces sí grita ¡Antonio!, en el ejemplo número uno, y ¡Antonio!, ¡Antonio!, ¡Antonio!, en el ejemplo número dos. Pese a las generaciones de Antonio primogénitos en mi familia (dije que eran siete, pero en realidad son tres), tu madre siempre tuvo claro que hasta aquí alcanzaba la cadena genealógica. No estaba dispuesta a ponerle al niño el mismo nombre que su padre y dos de los abuelos, y aún menos a que, en casa, no se tuviese claro a quién estaba ella llamando a voces, si al niño, o al padre.

Descartado Antonio, comenzó la odisea. Yo carecía de preferencia alguna, pero sí que a lo largo del proceso manifesté que, para ponerle un nombre irrelevante, se le ponía el nombre del padre, y punto. Cuando se mencionaba Marcelo, Rodrigo, Darío o Julio, yo decía «qué cojones, para eso Antonio, como su padre». Como tu madre seguía planteando propuestas anodinas, utilicé la misma estrategia que cuando luché y vencí por Julia como nombre de niña. Si tu madre decía Paula, respondía que había tenido una novia que así se llamaba. Que decía Clara, pues una buena amiga. ¿Alfonsina? Una amante de una noche. Hasta que nos quedamos con Julia, cortando cualquier tipo de avance de otras posibilidades.

Ante su estrategia anti-Antonio, replique con la negativa de ponerle a mi hijo nombres de tipos que conociera, repasando desde la primera lista de clase del colegio hasta llegar a los actuales novios de mis ex novias. Descalificados de antemano estaban los nombres de los ex novios de tu madre, aunque sólo conociera a un par de ellos y uno fuese El Negri, sobrenombre que se explica por sí mismo.

Qué paradojas tiene la vida, culoblanco, qué sería de ti si hubiese prosperado esa relación…

Con el paso de los días, la lista de nombres vetados fue en ascenso. Bastaba con que me recordase a alguien que hubiese conocido para que lo rechazara, porque cómo mi hijo iba a compartir nombre con un tío corriente. Por si fuese poco, sumé una estrategia Anti-Bromitas, en previsión para cuando fueras al colegio. Hijo, nunca me lo agradecerás bastante. Descarté Tomás, porque todo el mundo te dirá ‘toma esto’ o ‘toma lo otro’; Ben, pues ‘ven tú’; Marco, ‘¿cuál, el de la puerta?’; Eloy, ‘¿y el mañana?’; y todas las rimas fáciles, como Simeón, Saladino o Latoya. También Moco, que es un nombre birmano que comienza a ponerse de moda.

Tu madre comenzó a impacientarse, y se puso amarilla intermitente casi roja. Se decidió por Martín, y dije que no. Quiso saber la razón, y dije que no, porque en estos tiempos hay muchos Martín. A tu madre no le convenció la explicación, pero contrapuse un argumento contundente. Pongamos por caso que una chica de su instituto dice: «Me he tirado al Martín» , y otra chica, amiga de ella, le responde: «¿A cuál Martín?». Es evidente, la amiga querrá saber a cuál de los diez que habrá en su clase.

Como padre, mi misión residía en buscarte un nombre único para cuando llegases al instituto. De nada, hijo. Tu madre en cambio me dijo de imbécil para arriba, y me prohibió repetir este paradigma que yo, sin embargo, repetí cuando propuso otros nombres que no recuerdo.

La situación encalló. Tu madre seguía deprimida, y encima ignoraba cómo llamarte. Hasta ahora había cedido en otros frentes relacionados contigo, pero en este de tu identidad mi firmeza era inexpugnable. De primera mano, sabía cosas que tu madre ni siquiera sospechaba. Si tu abuela X2 se equivocaba en su predicción y eras pelirrojo, había que encontrar un nombre con personalidad para evitar que te conociesen como el butanito, el zanahorio, o el mohoso. Tuve que reconocer para mis adentros que llamándote Antonio, como mal menor, lo normal es que te llamasen Pumuki, de todos, el mote menos injurioso. Un padre tiene que ponerse en el lugar y, si bien no debe intentar que un hijo sea una continuación de sí mismo como una nueva oportunidad para conseguir lo que uno no ha conseguido, sí debe aprovechar su experiencia para prevenirlo de las amenazas del futuro.

Era previsible que tu madre apareciese un día con un nombre bajo el brazo como solución al bloqueo. Y lo hizo: Silvio.

Tu tito César-cervezas no podía haber sido más claro en su deseo: «Por favor, nombres de rockeros muertos, no». Pero ante la senda que tomaba el proceso, tu madre saltó la valla de alambre y comenzó a deambular por el cementerio. Previniendo mi resistencia, comenzó con un toque flojo a la mandíbula. «Silvio es un nombre bonito». A continuación, un par de intentonas sin éxito, para medir la distancia. «No solo es el nombre de un rockero muerto, sino el del gángster secundario de Los Soprano y guitarrista de Bruce, el de “Creía que estaba fuera, y me vuelven a meter dentro”», dijo. Calló lo de Silvio Rodríguez, e hizo bien, porque los cantautores me son indiferentes. A continuación, lanzó un uppercut izquierdo que sólo encontró aire. «Es un nombre querido en esta ciudad, lo llevan otros niños». Tenía razón, esta provincia es la segunda con más Silvio por metro cuadrado, empatada con Ourense y sólo superada por Burgos. De los Silvio nacidos en esta década, uno de cada cuatro es sevillano.

Tu madre necesitaba un nombre para consolarse de La Noticia de que fueses niño, y comenzó a tocarse la barriga, susurrándote Silvio. Habíamos quedado en que la elección fuera consensuada, y ella estaba empezando a saltarse el pacto. Le dije que no hacía mucho que me había enrollado con alguna Silvia, pero esa mano ya se había jugado. Estoy poco orgulloso de lo que hice, pero estuvo justificado.

 

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