Diario de un hombre «embarazado» (VIII): El desorden de tus cuentas

Continuaba ansioso por adivinar qué me tocaría en adelante, que sólo podía ser mejor. Por suerte, el ibuprofeno se lo quitan a ellas y no a los allegados

De: Papá

Para: Niña Melón

Asunto: El desorden de tus cuentas

Adjunto: Resumen-Final-Champions.avi

«¡En la semana 12, dice, un carajo, estamos en la 15!», me chilló un día tu madre mientras yo me hacía un lío con el calendario.

Aprovechando que tú todavía no tenías capacidad para escuchar, tu madre se aficionó a los insultos y a las palabrotas, ella que se ponía tan fina para hablar por la radio. Me preguntaba en qué consistiría la próxima etapa una vez finalizaba el Tiempo de la Náusea. Pensé en llamarlo el Tiempo de la Verdulera, pero duró tan poco que no merece entrar en la cronología.

Aunque te llamásemos Niña Melón y no Niña Melona, se había consolidado la intuición de que serías niña. Esta percepción venía apoyada por el comentario popular de que las embarazadas de un niño se ponen más lustrosas y el pelo les brillaba. Tu madre se pasaba el día chillando frente al espejo «esta niña melón me está robando la belleza, ¡y la vida!», mientras yo continuaba ansioso por adivinar qué me tocaría en adelante, que sólo podía ser mejor. Por suerte, el ibuprofeno se lo quitan a ellas y no a los allegados.

En estas semanas abdicó un rey en nuestro país, pero eso te dará igual porque pusieron a otro y, en casa somos republicanos, aunque eso era más cosa de tu madre que mía. Lo realmente importante que debes saber es que el Real Madrid ganó la Champions. En lo relativo a tu próxima llegada al mundo y debido a que, a buen seguro, pronto ganaremos más con este equipazo, te destaco que por primera vez fuimos a un ginecólogo que no era colega de tu madre.

Nos tocó un hombre grande, gordo, calvo y serio, lo que interpreté como un anticipo de diagnóstico neutral. Las visitas a la ginecóloga amiga de tu madre iban rodeadas del ambiente festivo de encuentro entre dos amigas de la infancia, y yo ya estaba un poco harto de tanta algarabía porque lo que teníamos entre manos era cosa seria.

En la consulta, a tu madre se le notaba a la legua que esta experiencia clínica no le estaba haciendo ninguna gracia, y yo deseaba el momento de meter en la conversación el tema de los Embutidos Free, porque no las tenía todas conmigo de que se zampara todas las mañanas un bocadillo de caña de lomo. Al fin, un doctor atendería mis inquietudes en una consulta de ginecología. Me veía así, de charleta con él, mientras tú madre asistía ofuscada a nuestra puesta en común de las Nuevas Instrucciones para el Embarazo.

Por el momento, todos en la sala permanecíamos callados, hasta que la enfermera rompió a toser como un motor gripado. Le recomendé ventolín, como me había prescrito el alergólogo en esta primavera tremenda de gramíneas, pero declinó la oferta por el riesgo asociado de infarto. «El médico, el médico, céntrate en el médico», me recordé.

Permanecimos en silencio otros diez minutos mientras ellos tomaban notas no sé de qué, hasta que el señor calvo y gordo ordenó a tu madre pasar detrás de un bidón y desnudarse. Ahora no se la veía tan suelta. Yo me quedé mirando a la pantalla y al rato saliste tú. Estabas más grande, medías unos 3,5 centímetros, estabas hecha toda un limón. El médico nos informó de que tendríamos que regresar otra vez a la semana siguiente para hacerte más pruebas. Pero como eres muy inteligente, no quisiste obligarnos a montar otra vez en autobús, porque tus papis no se atrevían a coger esa extraña máquina que se habían comprado por una pasta y que dormitaba en el garaje llamada coche y, de repente, te estiraste hasta el límite de tus posibilidades y pudimos ver al limón de cuerpo entero. El médico comprobó que tenías la medida necesaria para la prueba, y empezó a medir, un poquito más, un poquito más, un poquito más… y te acurrucaste de nuevo cual oruguita. El médico dijo que, bueno, que no había visto nada anómalo, tampoco en las pruebas de sangre, así que nos mandó a casa tranquilos.

Esa noche, tu madre, en transición a una nueva etapa, soñó contigo. Se le había adelantado el parto, y tú salías deshidratada de la barriga, pidiendo agua. «Mami, agua», rogabas, algo normal si eras un limón. Tu madre se desvivía por encontrar una botella, y caminando kilómetros por un desierto, se despertó angustiada. La pesadilla había pasado, pero ella continuaba inquieta porque reveló que en el sueño había conseguido verte la cara. El limón tomaba forma, pero según el sueño de tu madre, eras un niño, de piel oscura, casi negra.

 

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