Diario de un hombre «embarazado» (IX): Amor de madre

Tu llegada implicaba una nueva asignación de roles, porque traías nuevas e incómodas tareas asociadas

De: Papá

Para: Limón

Asunto: Amor de madre

Adjunto: Cuadrante.doc

Los últimos coletazos del Tiempo de la Náusea coincidieron con la primera pelea dialéctica entre tu madre y yo. Estuvo relacionada con el asunto más estúpido que cualquier mente imaginase, pero sucede que, en asuntos de pareja, de cualquier grano de arena se hace montaña. No te preocupes que nada tenía que ver contigo, porque el objeto de la polémica era anterior a tu gestación, aunque el anuncio de tu llegada precipitó la disputa.

Tu madre llevaba años obsesionada con la organización de las tareas de la casa y yo, como puedes entender, aplicaba una lógica muy sana: escuchar un poco y desconectar, porque entendía que la máxima era que cada uno se ocupase de sus cosas y, sobre las comunes, las obligaciones mínimas y necesarias, aderezadas con mucha dosis de voluntad individual. Tu llegada implicaba una nueva asignación de roles, porque traías nuevas e incómodas tareas asociadas.

Nos sentamos para el reparto, en mi opinión, con demasiada premura y en circunstancias no deseadas, porque todavía no era el tiempo ese que dicen de que a las embarazadas les entra la neura del orden y la limpieza. Antes de pasar a un nuevo punto, hicimos balance. Para tu madre, yo era un egoísta-hijodemamá-inmaduro, y todo por la colada. Alegué que esa era una materia que solo a mí y a tu abuela Mari nos ocupaba, porque si entre el 70-90% de la ropa me la quería lavar ella cuando íbamos de visita a «micasa», ese era un asunto que para nada le aumentaba la carga de trabajo a tu madre.

Además, no tenía a mano las estadísticas pero, según una consulta no vinculante a mis amigos, a un gran porcentaje de ellos sus madres les planchaban las camisas. Tu madre habló de las sábanas, las toallas, y otros elementos comunes, y lancé una propuesta que tu madre rechazó, y de esa manera tu abuela Mari se libró de lavarlas. Enrocados en nuestras posiciones, formulé una nueva propuesta sobre la ropa de cama, porque las toallas también podían dividirse, es decir, tu toalla la lavas tú, si quieres una vez al año. Acepté mi absoluta falta de sensibilidad sobre cuándo había que cambiarlas, y confirmé que no sabía cuándo se habían cambiado por última vez. Para cerrar el debate, me quedé yo encargado de lavarlas cuando ella decidiera que era el momento.

Bien, era mi turno. En el balance expresé que tu madre es una feminista enfermiza que advierte dominaciones de género en cualquier esquina. Nada más, y volvimos al tema de la colada. Cuando comencé a cohabitar con tu madre años atrás, había dejado claro que mi ropa me la lavaría yo (o por extensión, mi madre, como unidad indivisible) y por lo tanto mantendría mi querido cesto de la ropa naranja para la ropa sucia.

Tres años tres llevaba tu madre con una sentencia firme contra mi cesto naranja. “¿Qué vamos a tener, dos cestos?”, clamaba indignada, como si no tuviésemos dos paraguas, dos tazas de cereales o dos cepillos de dientes. Tres años tres presentando recursos en defensa de mi soberanía sobre el cesto de mi ropa, y ella aprovechando cualquier momento para abogar por el cesto común único (CCU). Pues bien, cuando el debate parecía aparcado, preguntó con el único objetivo de desarmarme: «Y ahora, ¿qué hacemos, compramos otro cesto para el bebé y así tenemos tres?». En ese momento, me enfadé y puede empezar a hablarse de lucha dialéctica, pelea o Gran Bronca Gorda.

Que conste que hasta entonces había esquivado cualquier invitación al enfrentamiento, apoyado en mi proverbial regate y en mi paciencia, tolerancia y detección de peleas estúpidas. Pero esta vez fui incapaz, porque a mí la propuesta no me parecía descabellada, pero tu madre empezó a reírse y no hay cosa que me moleste más en el mundo que alguien se tome a broma una conversación seria.

Todo saltó por los aires. Tu madre sacó a relucir su tesis de que la crianza del limón se haría en condiciones de igualdad y se acababan en ese mismo momento las discriminaciones heredadas del niño mimado al que su madre le lava la ropa. Dijo que la herencia del sistema de educación empuja a la niña a colaborar en las tareas de la casa y eximen al niño occidental de hacerlo. Muy molesto, repliqué que a ver dónde ella iba a encontrar más igualdad que en la decisión de lavar la ropa al 50%, pero acepté que la llegada de un tercer miembro desnivelaba el modelo.

Abrimos una nueva negociación, ambos con el cuchillo entre los dientes, y yo con el cadáver de las sábanas sucias sobre la mesa, pero fue imposible un acuerdo porque las posturas estaban enconadas. Ella insistía en el discurso del agravio y en el esfuerzo adicional que le había supuesto encargarse de las tareas comunes estos tres años, buscando de forma maquiavélica una compensación a modo de deuda histórica.

En una pelea a calzón quitado, respondí que ese reparto me había librado de ser víctima de un abuso, porque por la excepcionalidad de mi horario laboral me hubiese pasado todas las mañanas hasta que fuese al periódico emparejando calcetines desparejados, sin contar con la dificultad añadida de tender esas piezas minúsculas llamadas tanga brasileño. Este comentario equilibró la balanza, porque ahora la que estaba muy enfadada era tu madre, que estalló en modo songoku, de cero a cien en un segundo. (Son irreproducibles los próximos minutos o, como dicen los transcriptores parlamentarios, audio indescriptible).

Muy digna, tu madre concluyó la conversación con una muestra de Amor de Madre, proclamando que de tu ropa se encargaría ella en exclusiva, y fin del debate.

Tu madre se retiró de la mesa como nunca debe permitirse en un proceso de mediación, exaltada y maldiciendo ancestros, y suerte de que no hubiesen platos sobre la mesa. Yo me quedé con una sensación triste, y con la plena seguridad de que tu ropa, depositada convenientemente en el CCU, la lavaré yo… hasta que cumplas cinco años y puedas hacerte cargo por ti mismo.

 

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