Las conductas alimentarias de riesgo y el modo dieta que copian de nosotros/as nuestros/as hijos/as

Hacer dietas restrictivas, saltarse comidas, prohibirse alimentos o hacer deporte para compensar son conductas de riesgo

Las conductas alimentarias de riesgo (CAR) son aquellas conductas alteradas o disfuncionales relacionadas con la alimentación, pero que no llegan a cumplir los criterios diagnósticos de un trastorno alimentario. Estas CAR están muy asociadas al “modo dieta” en el que muchas personas, sobre todo mujeres, están instaladas para mantenerse delgadas.

Muchas están tan interiorizadas, que quien las realiza no es consciente de que es un comportamiento arriesgado. Pero tener esas conductas puede afectar a nuestros hijos e hijas, sobre todo en la adolescencia.

El ideal de la delgadez y la presión social

Llega el verano y de inmediato nos bombardean con imágenes de cuerpos moldeados y delgados, ideales, como símbolo de felicidad, salud y bienestar. Pero no solo ocurre en verano. Vivimos en una sociedad superficial e individualista que premia la delgadez y la equipara a la salud y éxito.

Muchas mujeres (principalmente, aunque cada vez más hombres) se ven arrastradas por esos mensajes subliminales (y no tanto) y acaban realizando dietas o asumiendo comportamientos de riesgo que repercuten en su salud y afecta a los que las rodean. La maternidad supone un proceso de transformación físico y mental. Y en esta vorágine de perfección, muchas madres se sienten a disgusto con su nuevo cuerpo. Y acaban cayendo en conductas alimentarias de riesgo.

“Están tan normalizadas ciertas conductas relacionadas con la alimentación, que son disfuncionales y peligrosas, que acaba retrasando el pedir ayuda ante un trastorno alimentario. Las conductas alimentarias de riesgo se consideran la antesala de los trastornos alimentarios. Si no se atienden, se cronifican y se agravan. El problema es que ya se han extendido tanto, y están tan arraigadas que para muchas personas se ven como normales. Y para nada lo son”.

 

Las conductas alimentarias de riesgo y la adolescencia

 

Son reflexiones de nuestra psicóloga, Mamen Bueno, con la que os podéis asesorar online a través de la Tribu CSC. Se trata de una profesional especializada en los riesgos de los trastornos alimenticios en distintas facetas de nuestra vida. Entre ellas, los TCA durante el embarazo.

¿Cuáles son las conductas alimentarias de riesgo y el modo dieta?

Se trata de comportamientos o acciones que entrañan un riesgo para la salud de la persona que las realiza, pero que pasan desapercibidas porque las tenemos muy interiorizadas. Según Mamen Bueno, algunas de las conductas alimentarias de riesgo son las siguientes:

  • Hacer dieta restrictiva ante eventos o fechas señaladas.
  • Ayunar o saltarse comidas para compensar otras, obviando la sensación de hambre.
  • Prohibirte alimentos por engordar o muy calóricos; o solo permitirlos durante los fines de semana.
  • Hacer más deporte para compensar comidas copiosas.
  • Recurrir a laxantes, diuréticos, batidos

Según nuestra psicóloga, “el problema es que ya se han extendido tanto y están tan arraigadas que para muchas personas son normales, aunque no sea así”. Vivimos, según ella, en una sociedad donde el pesocentrismo y la gordofobia hacen que para muchas personas eso forme parte de la rutina.

 

Las conductas alimentarias de riesgo y la adolescencia

 

Y el problema es que esa idea preconcebida de que es normal estar preocupados por el peso o por la celulitis “pasa de generación en generación”, perpetuando la idea de que nuestra relación con los alimentos, con el cuerpo o con los ejercicios ha de ser así. 

Precaución: Somos los modelos de nuestros hijos e hijas

Este “modo dieta constante” se convierte en el día a día de muchas personas. Y cuando esas personas tienen hijos e hijas, esas conductas alimentarias de riesgo pueden verse como algo cotidiano por parte de los niños y niñas.

Somos “sus modelos”, dice Mamen Bueno; de modo que si estamos continuamente preocupadas/os por el peso y nuestro cuerpo, nuestros hijos e hijas lo verán como algo normal. Y durante la adolescencia, ese periodo tan difícil a veces, las conductas alimentarias de riesgo pueden contagiarse a ellos/as. Y, de pronto, puede sorprendernos que una niña de 12 años, o incluso antes, suelte un “qué gorda estoy” o “tengo que hacer ejercicio porque he comido mucho”.

“Si tenemos hijos e hijas, esto se convierte en algo peliagudo, y deberíamos tener especial cuidado. Somos los modelos en los que se miran. Observan cómo nos tratamos, qué decimos de nuestros cuerpo, qué y cómo comemos, si hacemos dieta o no, y cuándo y con qué finalidad.

Si dejamos de ir a eventos para no comer alimentos considerados prohibidos… Y así es como se pasan de generación en generación conductas alimentarias de riesgo. Todo ello con la mirada complacida de toda una industria que vive gracias a nuestros complejos e inseguridades.”

Porque esa es otra. Vivimos rodeados de una industria de la estética “que alimenta y alienta” este tipo de conductas de riesgo

 

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“La primera vez fue con 14 o 15 años, pero no le quise dar importancia”

Reyes Calvillo es periodista y una persona comprometida sobre los trastornos alimenticios. Ella ha tenido anorexia nerviosa y conductas purgativas. Aún hoy reconoce que su relación con la comida sigue siendo irregular, pero lucha a diario por llevar una vida normal.

El peor momento lo vivió con 20 años. Esa relación tóxica con la alimentación y su cuerpo la llevó a una depresión y a crisis de ansiedad.

“Estaba siempre de mal humor, con depresión y ansiedad. Toda mi vida giraba en torno a la comida. Dejé de salir con amigas y evitaba ir a sitios donde había que comer. Hubo un día en que conseguí no comer nada y me sentí super bien. Pero no llegué a vomitar por sistema. Eso era un límite”.

Su primera conducta alimentaria de riesgo, sin embargo, fue mucho antes; con 14 o 15 años, “pero no le quise dar mucha importancia”. Eran “episodios esporádicos”. Reyes ha crecido en un ambiente exigente, con un colegio que exigía mucho y un ambiente familiar que también. A ello se suma que ella también era “muy exigente consigo misma”: buenas notas, diferentes premios en su colegio, etc.

“Cuando era pequeña no me gustaba comer y vomitaba a veces. Pero fue a partir de los 11 o 12 años, cuando me vino la regla y mi cuerpo empezó a redondearse, cuando este dejó de gustarme y empezó a cambiar mi relación con la comida. Poco después, tras una excursión de senderismo en la que vine más delgada, me vi bien y tuve mi primer episodio”.

 

Las conductas alimentarias de riesgo y la adolescencia

 

Para Reyes vivimos en una sociedad que culpabiliza constantemente a las personas por estar gordas o por no cumplir con el canon de delgadez establecido. “No sabemos por qué una persona desarrolla conductas compensatorias y come sin control. Además, los mensajes que nos llegan, incluso nuestro entorno, tu madre, tus amigas, etc. alientan a que estés delgada”.

¿Cómo luchar contra las conductas alimentarias de riesgo y el modo dieta?

Reyes ha necesitado terapia y ayuda profesional. “No estoy de acuerdo con cómo te tratan en algunos centros, pero creo que es importante acudir a terapia y trabajar la confianza en una misma. He perdido mucho tiempo pensando en la comida, centrándome en eso. Al final, llega un momento que logras aceptarte, aunque cuesta mucho”.

De hecho, reconoce que tiene “momentos de debilidad” y que es difícil deshacerse del sentimiento de culpabilidad. “Solo dejaba de sentirme culpable cuando estaba con personas que me querían y con las que me sentía segura. Hay que romper algunas relaciones y hablar claramente de lo que te pasa, de tus miedos“.

 

Las conductas alimentarias de riesgo y la adolescencia

 

Nuestra psicóloga Mamen Bueno recomienda terapia para afrontar estos comportamientos de riesgo con la comida.

“Y aprender a tratarnos con respeto, sea cuál sea nuestra talla. Dejar de querer encajar en modelos inalcanzables. Dejar de anularnos y de tratarnos mal por no tener determinada talla”.

Las conductas alimentarias de riesgo son peligrosas, insiste la experta en psicología. No las normalicemos. Salgamos del modo dieta constante. Por nosotras y por nuestras hijas e hijos. Ellas y ellos merecen tener la oportunidad de no odiar su cuerpo, sea como sea”.

 

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